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Triangulo de sólo un lado

Published by Taller de Escritura, 2015-09-25 01:04:40

Description: Triangulo de sólo un lado

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Con parsimonia Hans revisa el cargador de su Omega nueve milímetros (la nena del nueve, como él la llama), verifica que esté cargada al máximo y lo introduce nuevamente en la cacha. Acciona la corredera para cortar cartucho y dejar una bala en la recámara. —Por si existiese algún contratiempo—dice en voz alta mientras acaricia el cañón y enfunda el arma en la sobaquera. Tú haces lo mismo con la Jericho-941 y Sofía con su Glock 17. Hans se cubre con una de las gruesas chamarras de piel de nutria que recientemente adquirió en su viaje relámpago a Nuuk. Les entrega una a cada uno de ustedes. Se dirige al refrigerador y extrae una de las bolsas de carne que apenas unas horas antes depositó allí. Arenga con la que contiene la carne asada a los perros y los excita más con la que acaba de extraer. Abre la puerta y una fuerte ráfaga de viento gélido nos da la bienvenida. Nos resultan difíciles los primeros intentos por respirar. Sentimos al aire frio cortando nuestras cabezas en dos al penetrar por las fosas nasales. Nos cubrimos el rostro con los pasamontañas y, después de dos o tres minutos que tardamos en acostumbrar el tracto respiratorio al frio ambiente, obliga a sus perros a unírsenos. Los animales se resisten, pero Hans insiste hasta que logra quebrantar la resistencia de los canes. La obediencia y lealtad de sus perros ha sido más fuerte que el instinto animal de protegerse del inclemente clima. Uno a uno los seis perros se unen con su amo en el exterior aunque añoran ya el confortable calor de la casa. Todos resentimos la baja temperatura, Hans se compadece de sus perros, pero se resigna sabiendo que no habrá otra posibilidad para ejecutar nuestro plan: si no es hoy quizá mañana ya sea tarde. Llegamos a la calle en la que se encuentra la casa que Hans marcó como nuestro destino y que también es la residencia de Kettil, el hermano de Henriette. Ya en la esquina el hombre obliga a sus perros a guardar silencio, tal parece que ellos saben el riego que corre su amo. El hombre marcha al frente y los animales le siguen en silencio, esa es una de las cosas maravillosas logradas por Hans en la educación de sus perros. Cuando llegan bajo una de las ventanas de aquella casa Hans se percata de que las cortinas están cerradas. Agradece a su suerte que así sea, aunque dentro de sus planes jamás tomó en cuenta la posibilidad de que estuviesen abiertas. Él escudriña por cuanto resquicio encuentra para asegurarse de no ser sorprendido antes de concluir su tarea. Con toda precaución Sofía corta uno de los vidrios de la ventana, lo hace con la herramienta especial comprada por Hans en Nuuk, motivo verdadero de su viaje hasta tan lejana ciudad. Aunque nos confeso que a su jefe le dijo que lo hacía para visitar a sus padres, y lo cierto es que con ellos no pasó más de veinte minutos; se enteró del estado de salud de cada uno y, sintiendo un poco de remordimiento por la clase de hijo que es, les

dejó una fuerte cantidad de dinero, aunque estaba consciente de que con dinero no compensaría su ausencia y abandono. Sofía se sobresalta al sentir que el trozo de vidrio que ha retirado de la ventana está a punto de caérsele. Lo sostiene en el último segundo, antes de que se estrelle contra el suelo y revele nuestra presencia. Hans abre la ventana de par en par con la mayor velocidad de que es capaz y lanza las bolsas de carne hacia el interior. Los perros se lanzan tras ella, brincan por el hueco y se introducen en la casa. Ahora Hans se pone en guardia, ya no hay camino de regreso, el plan se inició y lo debemos continuar hasta obtener el triunfo o fracasar. La tención nerviosa aguza nuestros sentidos, nos sudan las manos y el corazón nos palpita a gran velocidad, Adentro se escuchan los ladridos y gruñidos de los perros. Uno o dos de ellos ya buscan pelea, esto provoca en Hans una copiosa descarga de adrenalina. De pronto se escucha la voz de Kettil intentando asustar a los perros. Le sigue un grito de terror que sirve de aviso a Hans (es el resultado que esperaba). Desenfunda “la nena del nueve”, salta por la ventana, tu lo sigues, el grita: —Están los tres arrestados con el cargo de intento de fraude a la compañía de seguros”. Bajo la custodia de sus perros esposa a Kettil, después lo hace con Henriette, esta trata de sobornarlo, por último esposa al marido de Henriette. Éste último yace tirado en el suelo a causa de varias mordidas propinadas por los perros cuando trató de agredir a Hans. De regreso en casa del Doctor Faruk, mientras le contamos lo sucedido, él se muestra desorientado. Al terminar nuestro relato Faruk dice: —Lamento mucho el haberlos hecho ir a Sisimiut en busca de mi amiga desaparecida, cuando en realidad ella fraguaba un fraude. Nos despedimos del doctor Faruk y nos dirigimos a tu casa en Ixtapa. .

Capítulo XI Apenas entrar en la casa atraes a Sofía hasta ti para albergar su cuerpo entre tus brazos. Saboreas el dulce néctar de sus carnosos labios, sientes el confortable calor de su cuerpo femenino y te embriagas de su delicado aroma. Me obligo a retirarme y dejarlos solos. A pesar de mi reticencia y el intento de alejarme te veo recorrer lentamente su cuello con manos y boca. Ella corresponde con besos y suspiros a tus caricias. De pronto se separa de ti y suplica: —Espera James, por favor. —¿Porqué?—reclamas. —Estamos trabajando. —Ya no, nuestro caso terminó. —No hasta la hora de comer. Disgustado te separas de ella y te diriges a la salita. Sacas tu pipa favorita y la enciendes. Entre bocanada y bocanada de humo maldices el acuerdo que ella te propuso y tu aceptaste. No haces rosquillas de humo, esas que le gusta romper a Sofía. Ahora te arrepientes de tu brillante idea de medir los casos por ciclos de veinticuatro horas, idea que en un principio te pareció correcta, pero ahora te das cuenta de que es la más estúpida que pudiste imaginar. Apenas te das cuenta que por eso no respondió a ninguna de las señas amorosas que le lanzaste durante nuestra estancia en Sisimiut. Ahora entiendes que por la misma razón tampoco aceptó ninguna de tus caricias durante el vuelo de regreso y descubres que sólo fingió estar profundamente dormida. —Malditas mujeres—exclamas entre dientes. Te lo dije, y ahora te lo repito: proponle matrimonio, así no podrá obligarte a separar lo laboral de lo personal; ya no deberás esperar a concluir ninguno de nuestros casos para poder acercarte a ella. ¡Qué maravilla! Me escuchas, lo piensas, te parece buena idea. De pronto te asalta el sentimiento de inseguridad que ella genera ti cuando haces o propones algo con lo que ella está en desacuerdo. Nunca conocerás su respuesta si no se lo propones, afirmo. Ahora finges no escucharme, te refugias en tu recuerdo, en ese recuerdo que se te ha vuelto recurrente, ahora es más vívido que antes, el recuerdo del día en que la conocimos: la ves acercarse una vez más, a cada paso de ella para llegar hasta nosotros tu corazón se acelera, es un déjà vu, la presión arterial te aumenta, la

sientes otra vez a un par de metros de nosotros, nos sorprendemos nuevamente con el hermoso color de sus ojos. Sin saber porqué, repito una vez más: 'Ojos de mar Caribe y piel canela dorada por las caricias del sol'. Duermes, hace rato ya que lo haces, no debes preocuparte de nada, yo me mantengo vigilante. Escucho los pasos de Sofía en la planta alta. Después de bañarse no ha dejado de caminar de un lado para otro, abre y cierra las puertas del closet de la recámara principal, supongo que estará guardando su ropa. Bajó dos veces, se dirigió a la cocina, la escuche guisar algo, pero jamás me ofreció nada. Se limitó a asomarse y, al ver que dormías, regreso las dos veces a la planta alta con un plato en las manos. Anochece, sigues soñando. No has movido ni un dedo en las seis horas que llevas durmiendo. Sofía hace rato que dejo de caminar, supongo que también esté dormida. Es la primera vez que estando bajo el mismo techo duermen cada uno en una habitación diferente. Parecen un matrimonio recién peleado, me causan hilaridad, ustedes, par de tórtolos, que siempre buscan la manera de estar uno encima del otro, ahora se mantienen a distancia por capricho de la chiquilla. Suena el reloj de la estancia, marca las ocho de la noche. Te desperezas. Sientes hambre. Llamas a Sofía, ella no responde. Te comunico que ella está en la planta alta, pero no me haces caso. La buscas en el comedor, en la cocina y en el medio baño. La llamas otra vez, ella responde. —Aquí, en la recámara. —¿Quieres ir a cenar?, me muero de hambre—aseveras.. —¿Sí tú quieres? Subes la escalera, no necesitas encender las luces, conoces cada palmo de esta casa, tú la inventaste, hiciste los planos y diseñaste su mobiliario. Llegamos a la recámara, vemos a Sofía, está desnuda sobre la cama. Te acuestas junto a ella, no te atreves a tocarla. Ella gira su cuerpo hacia ti y se te queda mirando a los ojos. —Eres lo mejor que me ha pasado—afirmas al tiempo que suspiras. Ella sonríe, aún bajo la penumbra que deja la luz de la luna al entrar por la ventana su figura y belleza destacan. Con su mano cálida acaricia tu frente, acomoda el cabello de tu sien y juguetea con tu oreja. Intentas tocarla pero la chiquilla se retira, no lo permite. Vuelve a colocar su mano sobre tu sien y juguetea con tus canas. No puedes más que decidir dejarla hacer lo que ella quiera, sabes bien que es imposible imponerle tu voluntad. Los dos se quedan quietos, tú

anhelante de ella, y ella tan cerca pero en sus pensamientos se le nota apartada de ti. El hambre que sentiste se disipó desde el momento en que ella puso sus dedos en contacto con tu piel. Así pasan las horas hasta que a ambos los vence el sueño. Son las seis de mañana, te levantas con sigilo y bajas a la cocina. Preparas el desayuno y, con el plato y la taza de café en las manos, te diriges al despacho con el firme propósito de enfrascarte una vez más con tus odiosas libretas. Revisas todas las notas tomadas de lo sucedido en Sisimiut. Corriges y describes cada detalle con mayor exactitud, añades algunos puntos que recuerdas y anteriormente te pasaron inadvertidos. Aunque también exageras un poco e intentas aparecer como el héroe y personaje principal sin lograrlo. Así transcurren los meses mientras tú vives en tu ensimismamiento y tu endiablada costumbre de llenar y llenar hojas con la narración de los casos en los que intervenimos. Los pocos respiros que te das los usas para tus escarceos nocturnos con Sofía. A cada día que pasa la chiquilla se apodera más y más de tu voluntad. Diariamente, mientras anotas y corriges, me obligas a repasar y revisar tus escritos, no hay una sola hoja en la que no encuentre errores y, al señalártelos, nos enfrasquemos en discusiones, ya sea por la veracidad de lo narrado, la exageración de los hechos, tu inalienable costumbre de colocar a Sofía en el centro de la narración dándole todo o, por lo menos, la mayor parte del crédito. Bueno, ahora es Sofía, antes tú te colocabas en posición de héroe invencible. Algunas noches salimos a cenar, en la mayoría de las ocasiones me veo relegado a segundo plano, tu atención se centra en la bella Sofía, hablas y brindas con ella, una y otra vez, sin importarte que alguien nos observe; pides su opinión al seleccionar los platillos o el vino que degustaremos, no entiendo por qué, aunque es notorio el conocimiento que ella ha adquirido en estos rubros, todos sabemos que tú eres experto. También, sin importar en donde estemos, ella selecciona el restaurante o el bar al que debemos de acudir. En ciertos momentos yo también me dejo llevar y espero las opiniones de la chiquilla, a veces me parece triste ver a dos adultos, ya casi ancianos, dejarse manipular por la bella Sofía, otras, en cambio, me parece lo más natural y hasta me siento alagado.

Capítulo XII Regresamos sin previo aviso al departamento de Coyoacán. Cada año, por estas mismas fechas, exacerbas tu costumbre de anotar todo y de redactar los reportes que, según tú, son indispensables para mantener al día el archivo de nuestro quehacer profesional. Algunos meses después de recibir la visita que hoy esperas, nuestro contador y representante legal se lleva los legajos correspondientes al año en curso y, por lo común, unos meses después nos visita una vez más para entregarte el depósito correspondiente al primer pago semestral del año. Llaman a la puerta, es la visita que esperabas, por eso te arreglaste (según tú) a propósito para la ocasión. Es Beatriz haciéndote la acostumbrada e inevitable visita anual. Ella se encarga, desde hace años, de revisar todos tus reportes, y gracias a su desalmada sinceridad has logrado mejorar la redacción de los mismos, por eso, ya son extrañas las ocasiones en que te regresan alguno. Ella se dedica, durante horas y días, a leer cada una de las páginas y, con su sanguinario sentido común, descubre tus exageraciones y te obliga a eliminarlas, inmediatamente se le revelan aquellos pasajes en los que dramatizas tu participación y sugiere reescribirlos para hacerlos menos presuntuosos o exagerados. Hasta el día de hoy es la única persona que se atrevió, no en pocas oportunidades, a sugerirte que elimines a Sofía de alguna de nuestras investigaciones. En cada visita Beatriz se queda en nuestro departamento el tiempo que le sea necesario. La última vez se quedó con nosotros dos meses y te obligó a redactar nuevamente todos los reportes: aseguraba que nadie podría ser tan estúpido para creer que tú fueses capaz de llevar al cabo tales hazañas y, que si lo fuese, le resultaría increíble el número de habilidades adjudicadas a Sofía. Te obligó a escribir la verdad, aunque te permitió ciertas licencias en las cuales tus exageraciones no fueron muy notorias. Aunque no la conoce en persona ni sabe su nombre Sofía ya se acostumbró a no aparecerse por aquí mientras Beatriz nos visita. Le hiciste creer que es tu hermana menor y acostumbra venir a pasarse una temporada con nosotros cada año cuando se lo permiten en el convento. También le mentiste al asegurarle que tenía gran intolerancia ante las relaciones extramaritales. A los pocos días de su llegada Beatriz anunció su deseo de irse. Lo atribuyó a lo incongruente de tu redacción. Esta vez fue agresiva, puede decirse que hasta insultante. Aseguró que le resultaba imposible entender cualquiera de los párrafos, y era muy agotador el intento por seguir el hilo de lo narrado. Se le observaba molesta, casi inconforme, entonces, te contó un caso en el que ella participó y te

obligó a prometerle que investigarías y redactarías el reporte correspondiente, así tendrían la oportunidad de comparar el tuyo con el de ella. Aseguró que se trataba de hacer un ejercicio que te facilitara entender las técnicas necesarias para producir un reporte de fácil lectura y bien hilado. Beatriz se fue ya pasada la media noche, entonces, como si lo intuyera, a eso de las dos de la mañana llegó Sofía a nuestro departamento. Sin importar que es invierno viene ataviada con un vestido estampado, corto y vaporoso que le llega a medio muslo y tiene generosas aberturas a los costados que nos permiten contemplar sus adorables muslos a cada paso. Trae zapatillas de taco alto que hacen lucir esplendorosas sus pantorrillas. No tiene medias, no las necesita gracias al color canela claro que el sol ha depositado sobre su piel . Todos tus músculos se tensan al verla entrar y te obligan a levantarte del sillón en que siempre te sientas a fumar. Su sola presencia te hace amarla más que nunca, ella lo percibe y camina hasta llegar junto a ti. Mientras se acerca exhalas rosquillas de humo, conoces su gusto por romperlas con sus dedos. Te envuelve con sus brazos y acerca su boca a la tuya. La besas y, de improviso, te separas diciendo: —No, esta vez no. No quiero tener sexo contigo, hoy prefiero amarte. Sofía parece entender cuáles son tus deseos, aunque para mí tu comentario es incomprensible. La tomas de la mano y muy despacio, sin siquiera voltear a verla, la conduces hasta la recámara. Ella Se deja llevar. La sientas sobre la cama y te hincas ante ella. Tomas una de sus piernas y la despojas de la zapatilla, besas su pie, lames el empeine, besas su tobillo y recorres humedeciendo con tus labios la parte externa de su pantorrilla hasta llegar al muslo. Haces lo mismo con la otra pierna, pero la recorres por la parte interior obligandola, por instinto, a separarla de la otra. Besas cada una de sus rodillas y acaricias con parsimonia esos muslos que se han convertido en tu representación mental de la belleza. Al acariciarlos subes la falda y dejas al descubierto las dos columnas en las que sustentas tu adoración por Sofía, dedicas varios minutos para besar, acariciar y adorar a cada una. La haces ponerse de pie y tú lo haces también. Desabotonas la espalda del vestido y lo dejas rendirse a los pies de tu musa. Besas su cuello, conviertes en mar cada una de sus orejas. Con tu boca te apoderas de sus labios, ella los entrega anhelante. Dejan a sus lenguas danzar ritmos ancestrales en pareja. Acunas en tus manos las dos joyas que, desde el primer día, advertiste generosas. Paseas tus manos por su talle y la envuelves con tus brazos. Acaricias su espalda y aprovechas el recorrido para despojarla del carcelero encaje que te impide sentir en tu pecho el calor de sus botones y te extasías en la contemplación de sus delicadas formas. Aplicas toda la atención de tu boca a ellos: los besas, lames y muerdes, de manera alterna, en repetidas ocasiones, mientras con las manos acaricias su vientre. Desciendes besando cada centímetro de piel hasta

llegar a su ombligo. Quedas hincado ante ella, lames su ombligo mientras te ciñes a su cintura y, al compás de su entrecortada respiración, recorres su derrière con las manos, marcando un imaginario sendero que recorres varias veces sobre su piel. Deslizas con ternura y extrema cautela la sedosa prenda que oculta su más íntima posesión. Sofía al sentirla caer vibra y se sofoca, su respiración se vuelve entrecortada. Cambias el objetivo de tus caricias y la sientes húmeda, sus piernas se separan ansiosas. Con la lengua acaricias la cerradura de su feminidad provocando que su excitación se insufle y deje el camino franco a tus caricias. La chiquilla te abraza con una de sus pantorrillas y te regala su aroma al tiempo que te permite degustar su sapidez. Entre jadeos con sus manos presiona tu cabeza contra su bajo vientre, se estremece, tiembla y grita. Las piernas ya no le responden, pierden la fuerza y cae acostada sobre la cama. Al verla tendida allí, sumida en arrebato emocional, entregada al paroxismo de su delirio, me sentí avergonzado por invadir su intimidad y me retiré de la habitación mientras tu dedicabas unos segundos a desnudarte.

Capítulo XIII Por fin, algunas semanas después decides llevar al cabo el ejercicio sugerido por Beatriz. Para eso llamaste a Sofía, quien ahora recorre con la mirada nuestro despacho. Aprovechas su distracción para observar cada detalle de su espléndida anatomía. Se te ve sorprendido por lo hermosa y juvenil que se conserva, aún a pesar de los más de treinta años que tenemos de trabajar juntos. Ella se sienta en el sofá que está frente al tuyo, cruza la pierna y traba la punta del pie en la pantorrilla de la otra. Siempre lo hace antes de empezar a platicar con nosotros. Es un movimiento automático en ella, pero conoce el efecto que provoca en ti. Sabe que no puedes resistirte a la belleza de sus muslos. Las horas de sol que dedica a su cuerpo le han dado el color canela claro que tanto te atrae. Estás embelesado, siempre te sucede lo mismo, hoy no podía ser la excepción. Desde hace varios años estoy convencido que ella sabe el efecto imán que sus muslos y su escote tienen para ti. No ignora que atraen tu mirada a la menor provocación y conoce el poder que ellos le dan. No en pocas oportunidades los ha usado para obtener de ti lo que desea, siempre con éxito. La risa de Sofía te saca del nirvana de recuerdos en que te introdujo su esbelta figura. La miras a los ojos y ella sigue riendo de tu ensimismamiento, ni cuenta te diste cuando ella colocó en el reproductor el C.D. que tiene la melodía 'Te para dos'. Te ruborizas y dejas atrás el placer que te significaba contemplarla. Hablas de manera atropellada, como si pensaras en voz alta y desgranaras tus recuerdos, con el mismo tono de voz con que me obligas a dictarte cuando escribes. —Estás hermosa. Visiblemente complacida ella sonríe y se forman en sus mejillas los hoyuelos que tanto llaman tu atención. —Gracias. Me ves con ojos de amor—te contesta enviándote un beso. —No es eso. Ayer, al revisar unos viejos documentos, encontré las fotografías de nuestro primer viaje a Paris. —Eso tiene...—ella medita unos segundos y añade —veinte o treinta años. —¡Sigues igual! —Mi belleza y juventud son obra tuya—afirma con un guiño. Sintiéndose halagada se arrellana en el sofá, descruza la pierna y cruza la otra provocando en ti un nuevo embelesamiento. Adoras sus muslos, los conoces

centímetro a centímetro. La contemplas en silencio fumando con parsimonia tu pipa de espuma de mar, tu preferida entre todas las que has coleccionado, la llevas hasta tu boca y percibo el temblor de tu pulso. Es notorio que te asaltan los más anhelantes pensamientos eróticos de los que eres capaz. Sin perder aplomo te obligas a dejarlos de lado. El trabajo que tienes para Sofía es urgente y prioritario. Para ti se trata de una misión especial, tiene condiciones que deberán cumplirse al pie de la letra. Por eso se la encargas a Sofía, ella es, podríamos decir, tu mejor agente. Te arrellanas en el sillón, das un corto trago a tu copa de coñac, aspiras profundo el humo de tu pipa, y dices: —Sofía, quiero que compres el vestido más caro que encuentres, deberá ser amarillo y lo pagarás con el dinero que consigas desde este momento hasta que lo adquieras. No puedes echar mano de tus ahorros, tampoco podrás usar tus tarjetas de crédito y, escucha bien, deberá ser el más caro de ciudad. Después me contarás con detalle todo lo que hiciste para poder comprarlo. Sofía se sorprende, pero como toda profesional y conociéndote como sólo ella te conoce, se limita a formular las preguntas que cree necesarias para cumplir su cometido —¿De qué talla? ¿Para quién será? ¿Qué tipo? ¿De qué material? ¿Cuál diseñador? La forma como resuenan sus palabras en nuestros oídos me da la seguridad de que ni siquiera las habías imaginado, Te tomó por sorpresa. Intentas responder a todas de la forma más fácil que imaginas. —El vestido es para ti. Cómpralo como quieras, pero deberá ser amarillo y el más caro de la ciudad. Sofía escruta tu semblante con incredulidad. Abre tanto los ojos que me es fácil adivinar su deseo por encontrar el truco de aquella misión. Ahora nosotros somos los que disfrutamos con la expresión de su cara, se le ve tensa y se mantiene en silencio varios minutos. Es lógico pensar que busca una pregunta cuya respuesta le proporcione mayores datos. Cuando la encuentra la formula intempestivamente. —¿Se puede saber a dónde iremos? —No—contestas sonriendo.

Es visible la molestia que tu respuesta causa en ella. Su expresión denota sorpresa por lo que acabas de pedirle. Coloca sus manos sobre sus caderas y, fijando en ti la mirada, anuncia: —No sé qué traes entre manos, pero lo haré. Se levanta del sillón y camina hacia ti. No te permite ponerte de pie, se despide dándote dos besos en cada mejilla. Recuerdo que alguna vez te escuche decir que no entendías de dónde había sacado esa costumbre tan europea, y que a tu juicio, dos besos en cada mejilla eran una exageración. Sofía camina a la puerta y antes de que salga, le dices: —Esta vez estoy en tus manos, es imperioso terminar esto antes de siete días. El primer y segundo día después de nuestra entrevista con la chiquilla los pasaste escribiendo miles de notas y dibujando el plano de un castillo imaginario. Es al tercer día cuando me está resultando imposible vivir contigo. Como no tienes noticias de ella estás nervioso. Hace mucho tiempo que no la llamabas para encargarle algún trabajo en solitario y, aunque sabes que ella nunca ha fallado, esta vez te sientes tenso. En forma sutil te aconsejo que te calmes. También te aclaro que estás preocupado sólo porque esta vez no tienes el control. No me haces caso, ni siquiera me prestas atención. Te pasas el día repitiendo: Quisiera recibir por lo menos una llamada de ella. Te escucho decir entre dientes: Si por lo menos me informase si ya encontró algún vestido y cuánto le costará. También piensas que podrías prestarle ayuda sin que Beatriz lo considerase trampa. Llegamos al día número cuatro, has entrado en una de tus ridículas crisis. Llamas varias veces al celular de Sofía sin obtener respuesta. Insistes con llamadas a su casa, pero, al escuchar la máquina contestadora maldices a la tecnología, a quien la inventó, a la compañía telefónica y a todo cuanto cruza por su mente. Con la mala costumbre que tienes de repetir las cosas, todo el día has molestando con la misma cantaleta: maldita suerte, me preocupa esto del vestido amarillo, el tiempo transcurre y no he redactado ni una sola línea del informe que debo entregar. Así pasas la noche, repitiendo y repitiendo tu nueva perorata. Buscas en nuestros recuerdos los errores que Sofía cometió en sus anteriores misiones. Al no encontrar ninguno en su limpísimo expediente te frustras más, no tienes argumento para acusarla de nada. Sin embargo, te maldices a ti mismo, te llamas cobarde frente al espejo del tocador y te reclamas por no haberle pedido matrimonio a Sofía. Tratas de convencerte que, de haberlo hecho, ahora otra mujer se encargaría de la misión, y ella, tu adorada Sofía, estaría durmiendo junto a ti.

Un día más, el quinto después de la entrevista con Sofía. Despiertas al borde de un ataque de nervios. Por causa del fuerte dolor de estómago decides no desayunar. En lugar de ello, lo primero que recibe tu estómago es una copa de coñac que te tomas de un solo trago. Desde las diez de la mañana has estado bebiendo y cuando dieron las doce decidiste no salir de aquí hasta que Sofía regrese. Tampoco comiste, cuando sientes hambre te sirves otra copa de coñac y ya desde las seis de la tarde has estado bebiendo sin motivo. Un día más, es la mañana del sexto día, nos sorprendió acostados en el suelo y con una resaca insoportable. Ahora me doy cuenta de habernos dormido. Nos desperezamos con una ducha de agua fría. Yo te recrimino nuestro estado de ánimo y la sed que sentimos. Intentas trabajar para distraerme, pero no puedes hacerlo, todo resulta inútil. Después de revisar varias cosas que escribiste las tiras a la basura, aseguras que estaban mal redactadas y no tenían lógica interna. En eso estamos cuando se escuchan las campanadas del viejo reloj Grand Father que heredaste de tu abuelo. Marca las ocho de la noche, escuchamos las campanadas; Las contamos: una, dos, tres... Ocho. Justo en la octava alguien llama a la puerta. Ojalá sea Sofía, te digo. Te levantas del sillón y vas presuroso a la puerta. Tomas aire para calmarte un poco, acomodas el saco de tu traje, y abres la puerta. Allí esta Sofía, tan radiante como siempre. Camina con toda la elegancia de su metro setenta y tres centímetros y te saluda sonriente. —Ansiaba llegar—afirma. Ella, ataviada con un vestido largo de color amarillo, de pronunciado escote que deja ver gran parte de sus admirables senos, sujeto con un lazó por la parte de la nuca y permitiendo a sus redondos hombros quedar al descubierto. Te deja sin habla. —Ho, ho, hola, Sofía—tartamudeas. Al caminar notamos que el vestido presenta una generosa abertura del lado izquierdo. Sin poder contener tu excitación exclamas: —¡Por Dios! ¡Qué bella estás! Ella, sabiéndose hermosa, trata de disimular el agrado que le causa el cumplido y fingiendo modestia te agradece el piropo. También te ofrece disculpas por llegar tarde. —Gracias,… y perdón por llegar tarde, pasé al salón de belleza. Ya sabes, una manita de gato a nadie perjudica.

Yo murmuro: ¡Como si lo necesitara!, ella se ve hermosa vestida de cualquier forma. Tú te quedas parado en la puerta, la grata imagen te dejó estático. Sofía se encamina hasta los sillones. Tú, para disimular, dices: —Necesito que me cuentes todo mientras yo redacto el informe. Sofía se pasea escrutando el librero, lo hace con su andar ligero y señorial. Se ve perfecta. Su delgada figura se delinea precisa bajo el vestido. La abertura deja a la vista su larga y torneada pierna. Se detiene junto a ti y te envía un beso. Esto nos sorprende a los dos, no entendemos por qué no te lo dio en la mejilla, si estaba apenas a treinta centímetros de ti. Mientras se sienta en el sillón que ocupa cada vez que nos visita en plan de trabajo, asevera: —Misión cumplida. ¿Me regalas una copa? Te acercas a la barra y sirves dos coñacs sin dejar de alternar tu vista entre ella y las copas. Yo aprovecho para aconsejarte: Pídele matrimonio, recuerda cuánto te maldijiste ayer. Tomas las dos copas, te acercas a ella y le entregas una. Decides sentarte a su lado, no quieres perderte el espectáculo, sabemos que cruzará la pierna de un momento a otro. Lo hace y la abertura del vestido deja al descubierto totalmente sus dos muslos, ella no hace el intento por cubrirlos. Ante tal visión te sumerges en tus pensamientos. Cuando noto que estas pensando en lo costoso que le resultaría aquel experimento te amonesto. Mi regaño logra concentrarte en Sofía, en la abertura del vestido, el escote, sus brillantes ojos, los delineados labios color carmín, los muslos, las piernas, la abertura, el escote… —Creo que el vestido te ha gustado—dice ella en tono de burla. Sin disimular, respondes: —Sabes perfectamente que no es el vestido lo que más me gusta. Ella sonríe y fija su mirada en tus ojos mientras se estira para tomar un cigarrillo de la mesa ratona. Noto sus pupilas dilatadas y sus ojos brillan como nunca. Con rapidez sacas el encendedor del bolsillo y le ofreces fuego. Aquella beldad enciende su cigarrillo con una larga bocanada y exhala el humo de forma lenta haciendo una rosquilla de humo en el aire sin dejar de mirarte. Ella está consciente de tenerte en sus manos. Sabe que ambos nos perdemos en el luzagua de sus ojos. Otra vez fuma. Nos percatarnos del estilo francés con que ha arreglado sus uñas. Expulsa el humo y te pregunta: —¿Qué quieres saber?

Al escucharla regresas de golpe a la realidad. Sus palabras te extrajeron del cálido y suave lugar en el que te encontrabas. Te ves obligado a responderle: —Todo lo que hiciste para poder comprar ese vestido—y añades:—Salgamos a cenar y después me dictas todo con lujo de detalles. —No mezclamos el trabajo con la diversión. Touché, pienso. Noto que buscas justificarte, pero antes de que hables, ella te recrimina. —Y no inventes una excusa, porque no hay pero que valga. Te obligadas a callar. Te levantas y caminas presuroso hasta el escritorio en donde se encuentra tu procesador. Acomodas el teclado y pones a cargar el procesador de textos. La carga tarda, se nos hace una eternidad. Presiento que la maldita máquina es tu enemiga, funciona lenta con el simple objetivo de evitar que salgamos a cenar con Sofía. Cuando me percato de que ya está listo el procesador de textos te lo comunico. Vuelves tu cara hacia Sofía y dices: —Díctame Sofía hizo un nuevo movimiento de piernas y se reclinó hacia nosotros. Su nueva postura nos permite admirar sus senos firmes. Ella sonríe complacida y da inicio a su narración. —Al día siguiente de haber estado aquí me dediqué, desde muy temprano, a buscar el vestido. Recorrí tiendas y Boutíques. No fue fácil. Más de diez me gustaron. El más caro es este. Vuelves la cara hacia ella para hacerle una nueva pregunta, pero en realidad esa es la excusa para observar su escote y no puedes evitar extasiarte con su imagen. Sus miradas se cruzan, ella parpadea de forma lenta y sonríe. Para evitar que se note tu ansiedad, carraspeas y dices: —Perfecto, eso es lo que quería, que compraras el más caro. ¿Cuánto te costó? Ella hace un ademán gracioso con su mano y exclama: —La cantidad no te importa, pero te aseguro que es el más caro, hasta me vi obligada a levantarme temprano y caminar a todos lados, pensé que podría ahorrarme lo que gasto diariamente en taxis, que como tú sabes no es poco. Pero descubrí que, aunque ahorrara eso, la cantidad no sería suficiente. Entonces conseguí un trabajo de mecanógrafa. Y vendí una de mis pinturas, la que pinté en Puerto Vallarta, ¿la recuerdas?

Su pregunta nos transportó diez años atrás, cuando viajamos juntos a Puerto Vallarta. Piensas un poco en aquel viaje, lo recuerdas todo, sin importar los años transcurridos. Satisfecho con las evocaciones, afirmas: —Claro que la recuerdo. Es la de la lancha de pescadores y al fondo se ve el ocaso. Sofía sonríe satisfecha al saber que recuerdas la pintura. Te lanza un beso y afirma: —Esa exactamente. Por fortuna ya tenía al comprador. Aquel coleccionista que me presentaste en Dublín llevaba varios meses insistiéndome para que se la vendiera. —Entonces no te fue muy complicado comprar el vestido. De inmediato nos percatamos de tu error. Sofía nos destroza con su mirada. Tú presientes la debacle que se acerca. Ella exclama ceñuda: —¡Qué tontos son los hombres! ¡No tienen idea de lo que cuesta un buen vestido! Sorprendido por su respuesta y temiendo un nuevo error preguntas: —¿Entonces no te alcanzó con el dinero que ahorraste, lo que te pagaron por la semana de mecanógrafa y lo que recibiste por la pintura? Ella, sin apartar su mirada de la de nosotros, dice: —Claro que no. Te confieso que sentí ganas de pagar el vestido con mi tarjeta de crédito, pero por lo que dijiste aquella noche presupuse que necesitabas que lo pagara en efectivo. —Sí, claro, en efectivo, nada de dar el tarjetazo. Sofía se lleva el cigarrillo a la boca y vuelve a fumar. —Bien. Entonces decidí vender mi laptop, al fin que ya necesitaba cambiarla. Como esa no estaba en el trato, pensé que podría después comprarme la nueva con mi tarjeta. Bueno, mi Lap se la vendí a Casandra, a ella siempre le gustó. Y me deshice de algunas joyitas que ya no usaba. Así completé el valor del vestido. Dándote por satisfecho, le informas a Sofía que con eso quedaba terminado aquel asunto. Te levantas contento, te desperezas y la invitas a cenar. Sofía responde con un movimiento negativo de la mano, toma otro trago de coñac y, con tono frío, dice:

—Ahora tú me responderás algunas preguntas. Siéntate aquí y contéstame con la verdad. Regresas a tu lugar junto a ella. Aprovecho para burlarme de ti: ¡Con tantos años de conocerla y todavía te pone nervioso! Noto tu estremecimiento, ella también, entonces comprendo todo, ella sabe que nos tiene atados a su falda desde que apareció en nuestra vida. Carraspeas y, tratando de parecer seguro, dices: —Pregúntame lo que quieras. —Sabes bien que entre socios no puede haber secretos. El golpe lo vi llegar a tu hígado, las palabras pronunciadas por Sofía muestran la primera ley promulgada por la curiosidad femenina antes de oficiar de cruel inquisidora. Y te la atizó toda, de principio a fin, sin omitir ninguna letra, vocalizando y articulando cada sílaba. El tono de su voz no refleja más que el temporal previo a la tormenta. —Sí, sí, ninguno—asientes temeroso. —¿Por qué el vestido más caro? —Necesitaba saber qué harías para conseguir lo que tú quieres. Sofía se gira en el sofá para quedar frente a ti, flexiona un poco la cintura y su escote muestra aún más sus senos y, dando a su voz un tono sensual, pregunta: —¿No lo sabes aún? Te pone más nervioso el tonillo meloso usado por la chiquilla. La pregunta sigue resonando como eco en tus oídos. Me atrevo a aconsejarte una vez más: Ahora, pídele matrimonio o hazle el amor, pero te falta valor, sudas, tiemblas como adolescente, tragas saliva y con mucho esfuerzo respondes: —Sí, pero era un trabajo especial, no podía ayudarte ni suponer nada Sofía parece satisfecha con la respuesta, pero ataca otra vez. —¿Por qué un vestido amarillo? Sabes que prefiero los negros, los rojos y los blancos. Además, estoy segura que son los colores con que a ti te gusta verme vestida. —Tienes razón, pero el color lo determinó Beatriz —respondes sin pensar. Sofía, con ojos desorbitados, pregunta: —¿Tu hermana?

Es grande nuestra sorpresa, jamás habíamos notado celos en Sofía. A mí me preocupa su reacción, pero tú, a quien resulta muy difícil percibir esos ligeros cambios de tono que Sofía usa, sin pensar ni percatarte de lo sucedido, exclamas: —En realidad es mi maestra de géneros literarios, ella me dejó hacer este ejercicio,—observas los llameantes ojos de ella y en ese momento sientes la necesidad de justificarte, por eso añades:—ya te había contado que estoy en un taller de redacción literaria. Sofía está molesta y, alzando la voz, reclama. —¿Y por eso me tengo que vestir del color que ella quiera? No sabes qué hacer, ni qué decir, por eso, tartamudeando, le aseguras: —S… se… tra… trata de un simple ejercicio literario, te prometo que jamás volverá a suceder. Además, ya te pagaré lo gastado. Yo, por precaución y temiendo por mi seguridad, me refugio en el lugar más recóndito que encuentro, no sin antes aconsejarte otra vez: “Pídele matrimonio.” Sofía, más molesta de lo que la había visto nunca, dice: —Eso espero. Jamás he puesto objeción alguna a lo que me solicitas. En todas las historias que escribes, sea protagonista o no, incluso como personaje de relleno, siempre hago lo que quieres. Hasta he permitido que des el crédito de mis hazañas a otros personajes o te lo adjudiques tú. Pero no quiero hacer lo que otra mujer te pida —y alzando más la voz, casi a gritos, añade: —¿Entiendes? En realidad no entiendes nada, tu capacidad no te permite deducir la razón por la que ella actúa de esa manera, sin embargo, te asalta un fuerte sentimiento de culpa. Sin saber si lo que dirás servirá para calmarla o sólo como descarga de tu espíritu, tratas de expresar tu arrepentimiento, pero lo haces de la forma más absurda en que puede hablársele a una mujer celosa. —Te prometo que recibirás una compensación. En mi siguiente historia serás protagonista; yo pagaré tu nueva computadora y te compraré un exclusivo guardarropa. Es más, mañana mismo, a primera hora, iremos a comprarte un auto deportivo… y en mi próxima novela viajarás sí, eso es, viajarás a donde tú quieras. Sofía clava sus ojos en los tuyos. Sus celos y su rencor llegan hasta donde yo me he refugiado. Enojada y con voz despectiva, dice: —El que tú seas el escritor no te da derecho a todo.

Sus palabras nos hicieron sentir culpables. No puedes hablar. Te aclaras la garganta varias veces, pero sólo logras balbucear: —No te enojes, vamos a cenar, después a bailar, y … Sofía no te permite terminar la frase, te interrumpe: —Ve tú solo, o con Beatriz, yo me voy a casa. Se levanta del sillón, se acerca a ti y se despide con sólo un beso. Al cruzar la puerta de salida se vuelve para mirarnos. Tiene en su rostro una sonrisa fingida y en sus ojos se reflejan las llamas de los celos. —¡Lo determinó Beatriz! —exclama en tono gélido. Al salir azota la puerta. No sé cuánto tiempo llevamos parados en la puerta observando el pasillo por donde Sofía se alejó. Pensamos en ella, se escuchan las campanadas del viejo reloj. Las contamos, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce. fueron doce. Son las doce de la noche, digo. Tú, sin hacerme caso, dices, más para ti mismo que conversando conmigo. —Quién sabe de dónde sacó esa costumbre tan europea, pero esta vez no me los dio. Hoy, dos besos en cada mejilla,… me hubiesen parecido pocos. Entramos una vez más al despacho, te sirves otra copa de coñac, enciendes tu pipa favorita y nos quedamos masticando nuestra soledad.

Epílogo Desde el día en que nos tomaron presos y nos condujeron hasta este blanco y horrendo lugar de paredes y suelo acolchonados ya nadie, aparte de Sofía, se atreve a visitarnos. Fue Beatriz la delatora. Ella, a quien confiaste el contenido de todos tus reportes, de quien seguiste a ciegas sus consejos, llegó una tarde acompañada de los diez tipos que, haciendo uso de la fuerza bruta, nos sometieron y nos pusieron ese traje que nos mantuvo inmóviles por varios días. La estancia aquí es aburrida y dolorosa. La luz nunca se apaga, el silencio continuo llega a romperse sólo cuando nos traen de comer o cuando vienen por nosotros para llevarnos a las salas de tortura: algunas veces nos llevan a empujones y nos bañan con gruesos chorros de agua fría, otras nos sujetan entre varios carceleros y nos ponen ese traje que no nos permite movernos, así nos conducen en una camilla hasta esa sala pequeña en la que nos someten a tortura a base de descargas eléctricas. Te confieso que no entiendo cual es el objetivo de la tortura, jamás nos han interrogado, se limitan a provocarnos dolor. A los choques eléctricos les sigue un lapso cada vez mayor de convulsiones, tú incluso pierdes el control de tus esfínteres, y yo la noción del tiempo. Quedamos dormidos profundamente, entonces, tras esos periodos, es cuando le permiten a la chiquilla venir a visitarnos. Nos despierta su cadenciosa voz, incluso olvidamos los dolores dejados por las horrendas convulsiones. Al verla nos extasiamos con su estética presencia y entablamos largas platicas con ella. En algunas de esas oportunidades, si el dolor de las articulaciones te lo permite, aprovechas y le haces el amor. Ya no te recrimino por la diferencia de edades, si ella lo consiente, no veo por qué no debas aprovechar ese aliciente que, incluso, te sirve para soportar el enclaustramiento y todo el sufrimiento al que estamos condenados. Por eso decidí retirarme cuando ustedes desean amarse y, para no escucharlos, me resguardo al amparo de nuestros recuerdos.


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