La felicidad epicúrea
En su ética Epicuro hizo del placer el fin de la vida. Todos los seres procuran conseguir el placer, y en el placer consiste la felicidad: (…) afirmamos que el placer es el comienzo y el fin de la vida venturosa; porque hemos reconocido este bien como el primero de todos y connatural a nosotros, y por referencia al mismo es como iniciamos toda elección y toda repugnancia; y a esto venimos a parar, como si juzgáramos todo bien tomando la pasión por modelo (…). La cuestión está en saber qué es lo que entiende Epicuro por placer cuando hace de él el fin de la vida. Se han de notar dos cosas. La primera, que Epicuro no se refería a los placeres momentáneos, a las sensaciones pasajeras, sino al placer que dura a lo largo de toda la vida; y segunda, que el placer consistía para él, más que en alguna satisfacción positiva, en la ausencia de dolor. Tal placer se hallará preeminentemente en la serenidad del alma. A esta serenidad del ánimo juntaba Epicuro la salud del cuerpo, pero insistía principalmente en el placer intelectual, pues mientras que los dolores corporales gravísimos suelen ser de corta duración, los dolores menos penosos pueden superarse o hacerse tolerables mediante los placeres de la mente. (…) a veces prescindimos de muchos placeres: si es probable que de ellos se siga alguna dificultad; y preferimos a los placeres muchos dolores cuando a éstos les ha de seguir un placer mayor si resistimos por un momento aquellos dolores. (…) Todo placer es, pues, un bien por su misma naturaleza, pero de aquí no se sigue que todo placer sea digno de elección; exactamente igual que todo dolor es un mal y, sin embargo, no todo dolor debe evitarse. (…) Por consiguiente, cuando decimos que el placer es un bien principal, no estamos hablando de los placeres del disoluto, ni de los que consisten en el goce sensual, como creen algunos ignorantes, y quienes no participan de nuestras opiniones o las interpretan al revés, sino que queremos referirnos a la liberación del dolor corporal y de las inquietudes y
confusiones del alma. Pues no son las continuas embriagueces y orgías (…) lo que hacen la vida feliz, sino sobrias contemplaciones que examinan los motivos de toda elección o evitación, y rechazan las vanas opiniones de las que se originan la mayor parte de las inquietudes que turban el alma. Por consiguiente, aunque todo dolor, considerado en abstracto, sea un mal, y todo placer un bien, en la práctica debemos mirar al futuro y esforzarnos por conseguir el máximo placer duradero, esto es, según Epicuro, la salud del cuerpo y la tranquilidad del alma. El hedonismo epicúreo no pretende, por tanto, inducir al libertinaje y a los excesos, sino a que se lleve una vida tranquila y sosegada. El sabio procura no multiplicar sus necesidades, pues esto es multiplicar las fuentes del dolor; reducirá, más bien, al mínimo lo que necesite. (Los epicúreos llegaban a decir, incluso, que el sabio puede ser perfectamente feliz aun mientras esté padeciendo torturas corporales.) Así, Epicuro declaraba que «hasta puesto en tormentos, el sabio sigue siendo feliz». Por lo demás, pese al hecho de que la ética de los epicúreos era básicamente egoísta o egocéntrica1, ya que se fundaba toda en el placer del individuo, prácticamente no era tan egoísta como podría esperarse. Así, los epicúreos pensaban que en realidad es más agradable conceder un beneficio que recibirlo, y su mismo fundador se hizo querer por su carácter amable y bondadoso. Dado que el hombre no debe escoger atolondradamente el primer placer que se le ofrezca, es necesario para la conducta de la vida un arte de calcular o medir, de tener mesura. Hemos de practicar, por ende, la prudencia y es en la justa medida de los placeres y de las penas, en la aptitud para sopesar la felicidad e infelicidad presente o futura, en lo que consiste la esencia del discernimiento; la virtud más alta de todas. La filosofía epicúrea no es, pues, una filosofía para héroes, ni tiene la grandeza moral de los dogmas estoicos. Sin embargo, tampoco es tan egoísta ni tan «inmoral» como a primera vista podría hacerlo
creer su principio básico, y es fácilmente comprensible su atractivo para cierto tipo de hombres. No es, en verdad, ningún credo o filosofía heroicos; pero su autor no pretendió invitar a vivir disolutamente, sean cuales fueren las consecuencias prácticas que de sus doctrinas puedan sacarse. 1 Epicuro insistió mucho en la amistad. «De cuantas cosas proporciona la sabiduría para la felicidad de la vida entera, la más importante es, con mucho, la adquisición de la amistad.»
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