Capítulo I Nos apeamos del auto de alquiler en la esquina formada por Rue de Buenos Ayres y Avenue de Suffren, punto determinado con anterioridad. Emprendemos a pie el camino hacia nuestro destino. Tú, el gran James Archer, atento al movimiento de los turistas y a los sucesos de nuestro entorno, mientras yo, el eterno acompañante y consejero, analizo la información hasta hora recibida y no tengo más remedio que aburrirme. El aire trae hasta nosotros las campanadas de algún reloj cercano, las contamos, corroboras la hora mirando la carátula del que llevas en la muñeca derecha. Aún me queda una hora para la cita, dices. Decides no desperdiciar el tiempo, aprovecharemos para estudiar el área. Es imperante llegar puntual a la reunión. Caminas los doscientos noventa y siete metros que nos separan de la torre construida por Gustave Eiffel. Lo haces de la misma manera que lo haría cualquier turista, pero, Aunque llevas al cuello la infaltable cámara fotográfica acostumbrada por ellos, tu apariencia no te proporciona buena coartada, el metro con noventa centímetros de tu estatura aunado a la exagerada elegancia que tienes al vestir: siempre impecable, afeitado a perfección, ataviado con Smoking y zapatos de deslumbrante brillo siempre te ponen en la mira del menos curioso de los transeúntes. Piensas en el trabajo para el cual fuiste contactado, tiene sus exigencias: limpio, instantáneo, certero y seguro, según lo exigió la sensual voz que medió entre tú y el cliente. Debiste dejarla en manos de Lorette Charon, tu agente en Francia, o mejor dicho, tu amante en Francia. Lo digo en voz alta, aunque no prestas atención a mis palabras. Es un día normal para el grandioso monumento. Un interminable y colorido grupo de turistas se arremolina al derredor y bajo la estructura. Disparan una y otra y otra vez sus cámaras, ya apuntando a lo alto de la torre de trescientos un metros o, desde una distancia risible, a una persona que al revelar la película será un pequeño punto en la imagen. Caminamos rodeando la estructura, escudriñas todo con tus ojos expertos acostumbrados a ver en cualquier lugar lo que a otros les resulta imperceptible. Llaman tu atención cuatro sujetos altos, tienen el conocido corte de cabello militar y los cuatro cubren su cuerpos musculosos con baratos trajes negros. Adivinamos sus siguientes movimientos, ambos sonreímos al verlos moverse a intervalos y volteando hacia todos lados hasta quedar distribuidos uno en cada una de las cuatro patas que sustentan la estructura. Los cuatro tipos se colocan de forma que les sea posible observar, desde su punto personal de vigilancia, la mayor área posible y, en especial, el centro de la plazuela. Calculo una vez más los riesgos y las probabilidades de salir victoriosos, en verdad son mínimas. Todos los meses invertidos en preparar la operación, el
tiempo utilizado en elaborar las estrategia a seguir para cada una de las posibles contingencias, los innumerables simulacros en distintos escenarios, y el sopesar los diferentes contratiempos y posibles obstáculos, ahora no pueden garantizar el éxito. Te lo comunico y una vez más no prestas atención. Te aconsejo abortar la misión, pero no estás de acuerdo conmigo. Te recuerdo la falta de una coartada, pero sólo sirve para corroborar tu convencimiento de que es, si no la única, una de las pocas oportunidades para hacerlo. Escuchamos sirenas, vemos estacionarse varios vehículos de donde se apean muchos elementos de la Police nationale. En poco más de dos minutos colocan barreras metálicas al derredor de la torre, desalojan el lugar de turistas y curiosos manteniéndolos a distancia razonablemente segura y forman una valla humana en el perímetro de la estructura. Apenas concluida esta maniobra se acerca la esperada caravana de limusinas escoltadas por policías motorizados. Conforme llega cada una de ellas se estaciona, espera el tiempo necesario para que desciendan sus importantes pasajeros, todos altos dignatarios de los países invitados a la conferencia internacional por la paz, y prosigue su marcha. Ahora si tiene sentido tu vestimenta, varios de los visitantes visten igual que tú. Con el jaleo quedamos en la cara norte de la torre y los cuatro sujetos fueron desplazados a la cara poniente sin darles oportunidad de reacomodarse. Ahora buscas con estupenda rapidez entre todas las caras arremolinadas para observar a los dignatarios una cuyas facciones puedas reconocer. Me sorprende la velocidad con la que desechas cada rostro desconocido. De pronto, al frente de nosotros, vislumbras entre la muchedumbre la inconfundible figura de Anatoli Barkireyev, enviado especial a esta reunión por parte del gobierno ruso. Su andar aún es ágil aunque su cara empieza a mostrar el paso de los años. La delgadez de su rostro y la extensa cicatriz de su mejilla izquierda le dan aspecto misterioso. Se tensan tus músculos instintivamente, llevas la mano a la sobaquera y acaricias la Jericho- 941. Con pasos lentos, oculto entre la muchedumbre que se agolpa para observar a los notables y sus escoltas, te encaminas a su encuentro. La mayoría te deja el camino franco, te creen uno de los importantes. Paso a paso nos acercamos al ruso, como quien no quiere avanzar. Tu objetivo ya está a la distancia deseada, sin pensarlo sacas el arma, disparas y la vuelves a enfundar, todo en un rápido y sutil movimiento. El disparo es atronador, los guardaespaldas de cada dignatario se apretujan contra el cuerpo de sus respectivos protegidos y emprenden la huída en medio de la estampida de los cientos de curiosos espantados. El riesgo de no usar silenciador cumple, con el alboroto ocasionado, con tu expectativa de generar el suficiente barullo que te permitiese escapar. Antes de pasar junto a él vemos a Barkireyev desplomarse como gota de cebo, su cuerpo asemeja un títere al que le cortan los hilos. Lo observas de reojo al pasar y la grotesca posición de su cuerpo
te provoca el orgullo profesional de la misión cumplida. La frente destrozada nos indica el lugar exacto en donde la bala alcanzó su blanco, en el sitio esperado, entre las dos cejas: limpio, instantáneo, certero y seguro. No esperabas menos de ti, siempre eficaz, con la más alta calificación, porcentaje perfecto de efectividad según la opinión de la agencia. Iniciamos la huída igual que todos los turistas, pero, mientras ellos abandonan espantados y confusos la escena, nosotros nos vemos obligados a fingir nuestra sorpresa al tiempo que nos dirigimos a nuestra cita. Nos trasladamos agachados, fingiendo protegernos, con pasos entre carrera asustada y paso nervioso hasta alcanzar la Avenue de la Bourdonnais. Varios elementos de la Police nationale corren en dirección contraria a la nuestra, al pasar nos indican agacharnos y protegernos. Al llegar a Rue Saint Dominique apresuramos el paso. Es imperante llegar a tiempo a la cita y alejarse lo antes posible de la escena. Mientras avanzamos recuerdas a Lorette, la extrañas, tienen costumbre de hacer el amor después de concluir un trabajo. Bueno, en realidad sueles revolcarte con quien esté a tu alcance hayas terminado un trabajo o no. Nunca he entendido esa actitud tuya ni el porqué las mujeres sigan tu juego, por lo que a mí respecta no eres atractivo ni se te puede considerar lo suficientemente joven y seductor para que pienses todo el tiempo en mujeres jóvenes y bonitas, y en meterte en sus camas. Apenas entrar en el 'Castel Café' vemos a Svetlana Kuznetsova, ya nos espera en la mesa del rincón izquierdo, la misma de todas nuestras reuniones con ella. La rusa se distingue por llegar cinco minutos antes a sus citas, la verdad, todos sabemos que llega con mayor antelación para recorrer el lugar y sus alrededores en busca de indicios de alguna emboscada y vislumbrar las posibles vías de escape. Entramos y nos dirigimos hasta ella, Svetlana no da indicios de haber notado nuestra presencia. Cuando nos sentamos levanta la vista, finge sorpresa y te sonríe. Sabe actuar, es buena agente. La rusa sigue siendo una verdadera belleza: cabello color platino, tez blanca apiñonada, facciones finas y perfectas aunque su expresión contiene un dejo de la dureza propia de su raza, uno ochenta de estatura, rígida musculatura y agilidad felina. Llama mi atención la espléndida gargantilla de diamantes que adorna su largo cuello. Se necesita valor para salir con semejante joya en esta época de economía tan revuelta. Te pide sentarte a su lado, apenas terminas de sentarte ella tiende sus blancos brazos para abrazarte, te besa en la boca y respondes al beso con emoción, das rienda suelta en sus labios al cúmulo de sentimientos encontrados que los sucesos del día te generan. Svetlana se separa de ti acomodando su cabellera rubia. Al Igual que siempre me pasa yo me siento incómodo, tus flirteos y andanzas sexuales nunca
me incluyen, dejas de razonar y te entregas a los escarceos con el más animal de los instintos. Si bien conozco la atracción que causa en ti Svetlana, con su curvilíneo cuerpo de generosos atributos, no deja de impresionarme la forma en que te entregas a los juegos eróticos que ella inicia. Sin más preámbulos y sin mostrar afectación alguna. La rusa te interroga hablando en forma fría y figurada: —¿Cómo quedo la pintura? Tú con la misma frialdad le respondes: —Terminada, en este momento ya la estarán estudiando los curadores. Ella levanta su taza de café y brinda por ti. Sacas tu pipa, la cargas y enciendes con parsimonia. Das unas bocanadas y añades: —Un lienzo limpio, sin mácula ni marco que lo engalane. Me irrita escuchar el cinismo de ambos al hablar, la falta de sentimientos en sus palabras me escandalizan. No me acostumbro, aún a pesar de los años, a la insensibilidad y doble moral con la cual afrontan ustedes estas situaciones. Oírte llamar pintura al individuo que acabas de asesinar a sangre fría me produce verdaderos escalofríos. Fumas tu pipa y lanzas una de esas bocanadas en forma de aro que tanto gustan a Svetlana y a la inmensa mayoría de las mujeres que conoces. Ella la celebra y la rompe con el dedo índice de su esbelta y blanca mano izquierda. Aprovechas para pedirle, o mejor diré para suplicarle, que te explique las razones que obligaron a la 'venta' de la pintura. Ella siguiendo con la plática velada, responde: —Yo tenía un especial apego para con ella, en verdad fue algo muy personal. Pero el artista afirmaba que ya era peligroso tenerla en casa. Se convirtió en cuna de alimañas, a cualquier insecto le brindaba protección. —¿Entonces fue personal? —No, por trabajo. Órdenes son órdenes. El gran pintor decidió deshacerse de su obra maestra. —Todos sabemos que fue la mejor preparada, de acabado exquisito y codiciada por todos los del gremio—aseguras. Svetlana hace una mueca para indicar su desacuerdo, ella siempre se ha considerado mejor. Todos en el medio saben que es más profesional en su trabajo, no comete errores y no deja huella que la incrimine. —La mejor es algo que en lo personal pongo en duda. Y en cuanto a eso de codiciada por todos los del gremio, también lo dudo, su fin hubiese sido el mismo sin importar quien la tuviese.
Mientras Svetlana habla aprecias el calor de su mano sobre tu pierna, se mueve de tu rodilla a tu ingle proporcionando un motivo a tus instintos animales. Sientes la repentina descarga de testosterona, te invade la lujuria y el imperioso deseo de poseerla. Hablo a tu oído, te aconsejo controlar tu imaginación y dejar esos pensamientos para cuando estemos con una mujer normal y menos peligrosa. Sin embargo, como siempre, no haces caso, y allí, en pleno 'Castel Café', a la vista de todos, dan rienda suelta a sus instintos. Algunas horas después, entre bocados y manoseos, terminamos de cenar, pagas por el servicio y dejas una buena propina. No cambias, cuando estas contento acostumbras dejar generosas propinas. Al salir del café paras un auto de alquiler y pides al conductor llevarnos a nuestro hotel. Svetlana va a tu lado. Tú y ella haciéndose arrumacos, mientras el chofer observa constantemente por el retrovisor, en sus ojos se nota que él también quisiera meterle mano a la rusa. Al llegar al 'Hotel Napoléon' nos dirigimos a nuestra suite. Te olvidas de mi y entras con Svetlana. Su refriega nocturna no me deja dormir. Mientras tú te extasías en el cuerpo de ella yo me retiro y me escondo tan lejos y profundo como puedo. Vemos el amanecer, tú te sientes cansado, pero satisfecho, y yo, aburrido y hastiado de tu conducta animal y primitiva. Svetlana se levanta antes. Contonea su blanca desnudez al dirigirse a la ducha, y te concentras en sus formas, la admiras con lujuria. Sé que nada bueno puede traernos su presencia, razón por la cual me he mantenido atento a todos sus movimientos. Al salir del cuarto de baño lo hace envuelta en una minúscula toalla que oculta lo mínimo y deja al descubierto toda su belleza. Se viste aún con el cabello mojado, sus movimientos son visiblemente provocadores. De pronto, con aquella grácil agilidad que la caracteriza, toma tu arma, corta cartucho y nos apunta con ella. Mientras tú quedas sorprendido yo reflexiono de inmediato: Nada bueno se puede esperar de Svetlana, es mi conclusión. Ella toma la gargantilla que la noche anterior dejó sobre la mesa de noche y la arrojar en dirección a ti. Sin dejar de apuntarnos dice: —Un millón de euros fue el precio acordado. La gargantilla los vale. Mi comisión extraordinaria es la Jericho-941, tus mancuernillas de oro y diamantes, y los diez mil euros que tenías en tu cartera. No articulas palabra, la sorpresa te deja atónito. Ya sientes el dolor de la pérdida por tu Jericho-941, según tú, la mejor arma que se ha fabricado. El dinero no te preocupa tanto, no te causa ningún sentimiento verla guardarlo en su bolso, pero perder las mancuernillas te preocupa, son regalo de Lorette, Svetlana lo sabe, conoce el carácter de Lorette y adivina el escándalo que te armará la francesa al enterarse. La rusa se dirige a la puerta, la abre y, tras lanzarte un beso, dice:
—Fue un placer visitarte, James, espero nos volvamos a ver.—y alzando la mano en la que sostiene las mancuernillas, añade:—Dale mis recuerdos a la zorra de Lorette y dile que si desea recuperarlas tendrá que nadar en el lago Chebarkul y, si se presenta la oportunidad, me encargaré de ayudarle a llegar al fondo. Sin dejar de apuntarnos, cierra la puerta tras de ella.
Capítulo II Perdimos un año paseando por Europa. Tú, al Igual que el hijo pródigo, descubriste cuanto daña el obrar y pensar por cuenta propia. Creíste que sería la mejor coartada para tu presencia en el viejo continente viajar en alas del viento, de un lugar para otro, de brazos en brazos. Nada tuvo de agradable nuestro viaje, en cada lugar o pueblecillo visitado consagrabas el tiempo a recorrer callejuelas aisladas, hacer croquis y anotar direcciones de restaurantes, cafeterías y uno que otro lugar de importancia. No desperdiciaste ninguna oportunidad de conocer mujeres hermosas, todas ellas jóvenes en comparación contigo. Nuestro primer destino al abandonar París fue Andorra la Vieja, allí nos hospedamos en el hotel 'President'. Nuestra estancia de quince días te permitió visitar la 'Casa de Vall' e hiciste apuntes de su historia; la Biblioteca nacional d'Andorra en donde pudimos conocer varios incunables que posee; el Tribunal Constitucional del Principat d'Andorra; la Ermita de Sant Andreu, en donde nos extasiamos con su estilo y los maravillosos frescos que la decoran. Gracias a Meritxell, la bella joven que nos sirvió de guía, cuyo nombre nunca pude pronunciar con corrección, conseguiste planos e información importantes. La bella Meritxell fue tu amante temporal en aquella ciudad, al igual que Josefa en Madrid, Dolores en Valencia y Astrid en Berlín. En Salermo, si bien nos pasamos días divertidos con Francesca, no lograste conquistarla, desde el primer momento aseveró que le recordabas a su padre, quién abandono a su madre y a ella cuando apenas contaba con siete años. Cuando llegamos a Nápoles nos encontramos con tu amigo Alessandro, quien no se nos despego ni un momento en los diez días que estuvimos en aquella ciudad. En Roma, cuando preguntaste dónde podrías conseguir una guía de turistas, el botones se comprometió a traerte una al día siguiente, resultó ser su esposa, con más de cuarenta años de edad y un sobre peso muy notorio; la mujer exudaba cultura en extremo, antropóloga e historiadora, nos mostró la ciudad y sus alrededores de forma maravillosa e interesante, no dejó dato sin comentar ni característica cultural sin explicar. En las otras veinte ciudades que visitamos, en cuestión de mujeres, corriste con menos fortuna que en Roma y Nápoles. El fracaso romántico de tu vida lo conseguiste en Riga, Letonia, al llegar al Kolonna Hotel Riga y apearnos del auto de alquiler, lo primero en lo que posaste tu mirada fue en aquella hermosa rubia sentada en la terraza leyendo uno de aquellos libros de bolsillo que suelen acompañar a los viajeros solitarios. Pagaste al conductor sin esperar tu cambio, caminaste hacia su mesa fingiendo desconcierto mientras elaborabas tu plan de acción y elucubrabas los días que
pasaríamos en su compañía y las noches románticas a su lado. Bien conoces la entrada del hotel, pero necesitabas una coartada para acercarte. Al llegar a su lado, en tu más estúpido alemán, le preguntaste por la entrada del hotel. La rubia esbozo una sonrisa que más pareció un gesto de desconcierto ante la imposibilidad de entenderte, y con la mayor cortesía te pidió le repitieras tu pregunta. Pusiste mayor cuidado en tu pronunciación y la repetiste. Como respuesta la rubia estiró su brazo con desgano y señaló con el dedo índice la evidente puerta, y sin mirante más continuó con la lectura. Al día siguiente la vimos otra vez e intentaste abordarla, pero la rubia gruño en perfecto alemán que no tenía intenciones de trabar amistad contigo. Sin darte por vencido insististe, entonces, a una seña de la mujer se acercaron dos individuos que te sometieron en un instante y nos condujeron a la estación de policía. Tardaste dos días en convencerlos de que tu intención no fue acosar a la rubia y, con cinco mil euros de multa y el compromiso de salir del país ese mismo día, tomamos el avión con destino a México. Ya en la Ciudad de México nos quedamos meses sin salir de tu maldito apartamento de Coyoacán. Aún no comprendo cómo puedes soportar esos largos encierros, a mí me desesperan. Durante ese enclaustramiento se agravó más tu maldita costumbre, esa que tanto aborrezco, la de apuntar todo lo que haces, sucede, piensas o deseas. Ya con anterioridad presentaste los mismos síntomas, me culpabas por no recordarte las cosas y apuntabas lo que creías importante. Aunque no duraban mucho estos accesos se te hicieron cada vez más frecuentes, pero después de tu encuentro con Svetlana se agravó, incluso te levantas por las noches para apuntar cualquier cosa que sueñas. Tienes trozos de papel con apuntes y croquis por todos lados, tarjetitas de colores en donde a cada uno corresponde un tema, decenas de libretas y millares de hojas escritas a máquina. Esa manía tuya me estresa. Los meses pasaron entre aburrimiento y desesperación para mí, sin embargo, tú te mantuviste hora tras hora embebido llenando cientos de hojas con historias que imaginas, esas que alimentan a tu álter ego. Historias estúpidas responsables de que te apartes cada vez más de la realidad. Llenas libretas con anotaciones de ideas que te embrutecen y que de otra forma serían fugases, anotas frases escuchadas en cualquier lugar, redactas descripciones y diseños de los lugares visitados o imaginados. Sé bien que heredaste de tu madre ese hábito maldito de bosquejar, ya sea con palabras o trazos, todo cuanto se te ocurre. Por eso fueron meses de congoja, hasta ayer por la mañana cuando llegó tu contador y te entregó la ficha de depósito correspondiente a cada semestre.
Hoy, no sé de donde salió tu idea, decides comprar un auto nuevo. Te recuerdo que no lo necesitas, raramente sales de casa, cuando lo haces siempre es a lugares cercanos, cuando más lejos vamos es por vacaciones y, en esas raras oportunidades, viajamos fuera de la ciudad a cualquier lugar en donde exista un aeropuerto y mar. Siempre has externado tu aborrecimiento por los conductores, las molestia del excesivo tráfico de la ciudad, y aseguras resultar alterado con el ruido de los motores y los claxon. ¡Oh, no! Una vez más te arreglas de esa manera ridícula: smoking, camisa de pajarita, corbata de moño y zapatos de charol. ¿No has entendido que tu apariencia resulta estúpida? Nadie en sus cabales sale de smoking si no es a un evento de etiqueta rigurosa. Pides por teléfono un auto de alquiler. Esperamos parados en la puerta del edificio los cinco minutos indicados por la operadora. Al abordar, sin tomar en cuenta las miradas sorprendidas del conductor, das la dirección de la agencia General Motors. Al llegar, aún antes de apearnos, pasas la vista por los modelos y, sin mediar explicación alguna, ordenas que nos lleven a la distribuidora de Mercedes-Benz. El tráfico intenso te pone de mal humor. Trato de distraerte con recuerdos de nuestras vacaciones anteriores, mi intensión es hacerte más fácil el recorrido. No sirve de nada, maldices con cada luz roja de los semáforos, con cada bocinazo, hasta cuando un transeúnte que, arriesgando su vida, cruza la calle a destiempo. Ves, esa actitud te impide ser apto para conducir un automóvil. Te aconsejo desistir a tiempo de comprarlo, después querrás venderlo y perderemos dinero. No contestas. Llegamos a nuestro destino, pagas añadiendo una jugosa propina y nos apeamos. Entras con actitud de millonario: erguido, acomodándote las mancuernillas, recorriendo con la mirada cada uno de los automóviles exhibidos. El ambiente huele a cera y lo colorea el reflejo de la luz que penetra por los grandes ventanales y cae sobre los brillantes colores con los cuales pintaron los vehículos. El ruido de la calle se mezcla con la insufrible musiquilla new-age de elevador que usan como música ambiental. Sin embargo, lo que en verdad llama tu atención es la figura de una mujercita acercándose. Le calculo entre veintisiete o veintiocho años, cabello lacio y largo de color castaño obscuro, deduzco su estatura, para mí es de aproximadamente un metro con setenta o setentaicinco centímetros, esbelta, bien formada. A cada paso de ella para llegar hasta nosotros tu corazón se acelera y la presión arterial te aumenta. Cuando se encuentra a un par de metros de nosotros nos sorprende el hermoso color de sus ojos. Haciendo burla de tu forma de expresar las emociones, te susurro: Ojos de mar Caribe y piel canela dorada por las caricias del sol. No sé si es por mis palabras o por la impresión causada por la chica, pero es notoria una sonrisa dibujándose en tu rostro, la cual se amplía cada vez más hasta darte una apariencia juvenil. El clímax de la admiración que sientes por ella llega con sus palabras.
—Buenas tardes, soy Sofía. ¿Me permite mostrarle nuestros modelos? A la muchachita se le forma un hoyuelo en cada mejilla al sonreír. Por primera vez en tu vida no piensas cómo llevarte a la cama a la mujer que tienes enfrente. La admiración sentida te impide recrearte en pensamientos tan banales, aunque es claro que tarde o temprano será tu deseo. Te limitas a responder con voz firme: —Deseo un automóvil. —¿Me puede decir algunas características o el rango de precio? —Que sea deportivo. No interesa el precio, lo pagaré con un cheque que pueden verificar por teléfono o cobrarlo en el banco de la calle siguiente antes de entregármelo. —El deportivo más equipado es el SL Roadster tiene... Interrumpes a la muchacha para preguntar: —¿Por cuál cantidad hago el cheque? —Por un millón novecientos setenta y nueve mil pesos, señor—lo dice incrédula. Extraes la chequera y se la entregas a la vendedora al tiempo que le indicas: —Haga usted el cheque, por favor, yo se lo firmo. Aunque extrañada, la joven se apresura a llenar los datos del cheque, teme que si se tarda puedas arrepentirte y eso le representaría a ella la pérdida de una cuantiosa comisión. Mientras la chica termina su cometido se nos acerca el gerente de la agencia. Al verlo ella le informa que deseas un SL Roadster. Aquel individuo, igual a todos los de su especie, con la más astuta intensión de congratularse contigo, alaga tu buen gusto y pregunta: —¿Qué color le gusta al señor, tenemos...? No te agrada su tono de voz ni su presencia, mucho menos su intromisión. Has estudiado a profundidad la supuesta benevolencia de esa clase de alimañas. Tu deseo es permanecer al lado de la chiquilla sin distracciones. Te interesa verla y escucharla a ella, por eso lo interrumpes: —Mire mi amigo, dejemos clara nuestra relación: yo firmo el cheque y usted corre al banco y lo cobra. De lo demás se encargará la señorita, ella escogerá el color, se preocupará de tenerlo asegurado hoy mismo. y espero me lo entregue ella, en persona, en el restaurante 'Piegari' de avenida De La Paz número 6 en San Ángel, a las ocho de la noche de hoy. Sin llevar estorbos ni gerentes. La joven, sorprendida, abre de manera descomunal los ojos al escucharte. Con manos temblorosas tiende la chequera y la pluma para que firmes. Me avergüenzo
al verte plasmar ese horrible garabato que compone tu firma. Sin dejar de ver a la muchachita y mientras con una mano guardas la chequera, con la otra le entregas el cheque al gerente y le ordenas, no muy cortésmente: —Vaya a cobrarlo antes de que cierren la sucursal. Te olvidas de inmediato del gerente y dirigiéndote a la hermosa chiquilla, con tono de súplica, la invitas: —A las ocho, avenida De La Paz número 6 en San Ángel. El restaurante se llama 'Piegari'. Espero acepte cenar conmigo para festejar la compra del primer auto de mi vida. Das media vuelta sin esperar respuesta, nos dirigimos a la salida. Yo te reprendo, no me parece inteligente comprar un automóvil tan caro sin saber cómo es, sin elegir el color, y aún peor, resulta estúpido dejar en manos de una chiquilla un auto de casi dos millones de pesos. Por eso no puedo precisar si es la voz de la chica o nuestra imaginación cuando escuchamos una vocecilla que afirma: 'Allí estaré'
Capítulo III La sonería de tu lujoso pero arcaico reloj de bolsillo está anunciando las ocho de la noche en punto. Nosotros, parados en la acera a la puerta del Piegari, vemos llegar un deportivo Mercedes blanco. Tu pulso se acelera con el sonido de su motor. Los interiores rojos te agradan, le dan al auto aspecto juvenil al tiempo que señorial. Una mujer desciende por el lado del conductor. Esbelta, ataviada con vestido largo del mismo color del auto. Supusimos que se trataba de la joven de la agencia y de tu automóvil aún antes de reconocer en esa belleza descomunal a la chiquilla de aquella mañana. Acercándose a nosotros tiende el brazo para entregarte el juego de llaves. Tomas su mano y, ridículo igual que un caballero antiguo, besas su palma. Al retirar ella la mano tú tomas el llavero y lo lanzas al Ballet Parking recomendándole estacionar el auto con sumo cuidado. Subimos por las escaleras de acceso, ella se sujeta de tu brazo con una mano y con la otra recoge un poco su vestido. Tu reacción es ver de reojo el bronceado muslo que se escapa, indolente, por la larga y generosa abertura del vestido. El contraste de colores enardece tu cerebro, ya amas el color canela fresca de esa piel bronceada. Un fuerte escalofrío recorre tu espina dorsal. Me aventuro a opinar: Mala señal, muchacho, mala señal. No me haces caso. Entramos, la chiquilla se nota complacida, voltea con disimulo hacia todos lados, escruta el lugar, se le ve sorprendida con el romanticismo que se respira en el ambiente; a pesar de la música en vivo, los espejos de agua y el decorado minimalista, la chiquilla se pone en guardia a causa de las tenues luces, su instinto de conservación la obliga a observarte, en su cara se denota la desconfianza; se suelta de tu brazo y se separa un poco. La hostess te saluda con jovialidad pronunciando tu nombre, nos acompaña a nuestra mesa, la cual se encuentra dispuesta con lujosa vajilla, juego de copas de cristal cortado y las infaltables cuatro velas encendidas que tanto te gustan. Hiciste la reservación desde el medio día y exigiste tu mismo el decorado de la mesa, das suma importancia a los detalles, por eso te asegurarte de tener el ambiente apropiado para tu festejo. Al sentarnos acomodas la silla de la Joven, la posición te permite espiar por el escote sin que ella se percate. La visión te embelesa, si bien no es voluptuosa, si deja ver la existencia de dos generosas joyas. En ese momento la elijes para musa. Te sientas y ordenas traer el primer tiempo del menú acordado al reservar la mesa. Llega primero el Champagne, esa botella de 'Pernod-Ricard' anuncia una baja considerable en nuestra cuenta bancaria, no sólo por su alto costo, sino porque ya sabemos que no será la única. La cena transcurre entre champagne y platillos suculentos: sopa de ahumados con ostras, codornices rellenas de foie-gras y salsa de trufas. A la hora del postre llegan dos Terrinas de Castañas y chocolate amargo, con las cuales la plática que
al principio fue en extremo banal, sustentada en su opinión sobre algunas de las películas que ella vio; 'There Will Be Blood', 'Eternal Sunshine of the Spotless Mind', 'the pianis'; poco a poco se adentra por caminos más personales. Tu admiración por la muchacha crece a cada minuto. Ella, en un arranque de indiscreción te interroga: —¿Cuál es su intención al invitarme a cenar? —Ninguna, simple admiración—respondes y, tras un suspiro agregas:—además es inadmisible celebrar la compra del primer auto de mi vida en este fantástico lugar con una cena en la que yo sea el único comensal. No parece satisfecha con tu respuesta, pero la deja pasar sin más explicaciones dándote el beneficio de la duda. Aún no le parece cierto que éste sea tu primer automóvil. También te pregunta cómo solventas el ritmo de vida que llevas. Tu respuesta es evasiva a pesar de contarle algunas de nuestras correrías, te guardas de no mencionar los detalles importantes. En el momento oportuno, y con el grupo musical interpretando 'Y llegaste Tú', le preguntas cuánto gana y cuál fue la comisión correspondiente a la venta de esa mañana. Te sorprendes al conocer su salario y la miseria, en relación con el costo del vehículo, que recibirá por comisión. Te indignas y le ofreces trabajar con nosotros, Yo me rio por tu ocurrencia. Ella, estoy seguro, bajo la influencia de la champaña, acepta. Una vez más me sorprendo, ninguna de tus musas se resiste a ese encanto aún oculto para mí: no tienes un gran físico, aparentas más de los sesenta años cumplidos el pasado mes de mayo y, en mi personal opinión, no es agradable escucharte una y otra y otra vez platicar de los viajes y lugares que conoces y has estudiado. Sacas el móvil de su funda, yo no lo escuché sonar, te disculpas con la chica y te levantas para contestar. Durante diez minutos la muchacha se queda sola en la mesa, observa cada detalle de la decoración y a intervalos, más o menos regulares, vigila tus movimientos a la distancia. Disfruta de la música en vivo, tamborilea con sus dedos al compas de 'I don´t wanna miss a thing'. Pasan los minutos y, mientras dialogas por el móvil, poco a poco te vas acercando a la mesa. Te sientas y continúas charlando. La chiquilla se entera de casi la mayor parte de la plática que sostienes con Lorette. Nunca he entendido esas llamadas, sólo llego a saber su contenido hasta escucharte mientras se lo platicas a alguien más. Eso me desconcierta. Solicitas la cuenta y mientras te traen el voucher para firmarlo le dices a Sofía: —Si es verdad que trabajarás conmigo, esta misma noche nos vamos a Paris. El avión despega a las veintitrés treinta. —No tengo pasaporte—es la respuesta de la chiquilla.
—Eso se arregla con una llamada. Marcas un número. Hablas en voz baja. Volteas hacia la muchacha y preguntas: —¿Tu nombre completo? —Sofía Méndez Robles —¿Edad? —Veintiocho. Repites los datos a la persona que está al otro lado de la línea. Exiges que tenga lista la documentación. Cuelgas y, en tono de suficiencia, le informas a la chica: —Problema zanjado. —¿Influyente? —No, sólo con buenos amigos. Salimos del Piegari. Conduces tu nuevo deportivo a alta velocidad y con el radio encendido. Nunca antes vi en tus ojos el brillo que tienen hoy, y mucho menos seguir el ritmo de alguna melodía de moda, cosa que en este momento haces con las notas de 'a moment like this', de kelly clarkson. Llegamos a la delegación Álvaro Obregón, a pesar de ser tarde y en la noche, nos espera un propio en la puerta, entramos y nos dirigimos directo a la zona de pasaportes. Ya todo estaba dispuesto, fotografían a la chica y tras veinte minutos le entregan en propia mano el documento. Nos dirigimos aeropuerto. Al llegar no buscas estacionamiento, nos apeamos y un agente de seguridad nacional se acerca a nosotros y, tras identificarse, le das la llave del auto pidiéndole lo lleve a tu casa. Me sorprende la facilidad con la cuál conseguiste la documentación de la chica. Abordamos el avión con destino a Paris. Ambos durmieron todo el trayecto mientras yo me mantenía atento a causa de las turbulencias. No entiendo cómo no las sintieron, o cómo es posible que no escucharan al tipo del asiento de atrás rezando en voz alta, casi a gritos. Aterrizamos con una hora de retraso en el Charles de Gaulle. A partir de ese momento todo se sucede de forma vertiginosa, pasa frente a mí cual si fuese película, como cuando te dedicas a tomar esas odiosas notas. Salimos del aeropuerto y allí está Lorette esperándonos, extiende y agita su brazo para saludarnos. Se acerca a nosotros y conforme se aproxima la amplia sonrisa que iluminaba su rostro se va perdiendo hasta quedar convertida en un dejo de desprecio al ver a Sofía tomada de tu brazo. —Hola, James—dice con voz gélida.
—Hola. Te presento a Sofía, mi nueva agente en México. Ella es Lorette, nuestra agente en Francia. Sofía tiende su mano para saludar a Lorette. La francesa, muy astuta, finge no darse cuenta. Lorette le declaró la guerra a la chiquilla, te digo al oído, pero ahora tú eres quien finge no escucharme. Le explicas a 'mademoiselle' Charon tu deseo de no hacer pública tu estancia en Paris, por ello prefieres que nos hospedemos en su casa. Ella se niega, argumenta su aversión a recibir visitas, se justifica aduciendo la pequeñez de su apartamento, afirma tener una sola recámara, y arguye el desorden en el que se encuentra todo a causa de la gran cantidad de tiempo dedicado a la investigación. Mientras discutes con ella, un indigente semicalvo, un tanto sucio y barbón se nos acerca. Te pongo en alerta: cuidado, este tipo tiene mala pinta, cuida tu cartera. Cuando el sujeto llega hasta nosotros te saluda: —¿Comment allez-vous? Mueves la cabeza a manera de saludo. El hombre te entrega un sobre, lo abres, sacas un boleto de viaje, varios billetes de cien dólares y el pasaporte de la francesa. Se los entregas a Lorette al tiempo que le informas su inminente salida con destino a México, la cual será en una hora. Ella se sorprende y en tono amargo, replica: —No tengo equipaje. ¿De dónde sacaste mi pasaporte? —Mi amigo lo tomó de tu mesa de noche. Llevas cinco mil dólares para que te compres lo que te haga falta. En México es mucho dinero, trece veces más. Te necesito allá. Ten cuidado, corren rumores de un posible atentado contra el Presidente. Le indicas al sujeto que se quede con Lorette y la proteja hasta que la vea subir al avión y que se asegure de su partida sin ningún contratiempo. Ella protesta, nosotros nos alejamos dejándola al cuidado del desconocido. Ya fuera del aeropuerto y con destino al departamento de la francesa la pequeña Sofía pregunta: —¿Quién es ese señor? —Se llama Didier Dusserre, es un policía infiltrado en el bajo mundo. Es de la entera confianza del Jefe Voirin, y si lo es de la de él, también lo es de la mía. Ahora recuerdo, ya en algunas ocasiones escuché al jefe Voirin hablar de un sujeto apellidado Didier, lo que no entiendo es que tiene que ver contigo, con nuestro caso aquí en Paris y mucho menos porqué accedió a robar la documentación de Lorette y traértela hasta el aeropuerto. No te pregunto nada, mi
molestia por tu falta de respuestas hacia mí me obliga a callar. Sé bien que Sofía te preguntará y a ella le contestarás con lujo de detalle. Apenas termino de pensar en ello y la chiquilla lanza la primera pregunta. —¿Amenazaron al Presidente? —No en realidad, lo inventé y me puse de acuerdo con seguridad nacional para entretener a Lorette en México. El caso asignado a ella no avanza, creo es porque ya la descubrieron y le ponen falsas pistas para que las siga sin llegar a nada. —¿Quién? —Eso venimos a investigar nosotros. Si damos con el mago, podremos descubrir el truco. —¿Qué truco, cuál mago? —Es fácil: Robaron tres pinturas del 'Musée du Louvre'. Cada una de diferente pintor y época. No sonaron las alarmas, no violaron ningún sistema de seguridad, o agredieron a ningún guardia. En conclusión, desaparecieron tres pinturas sin dejar rastro. Ninguna de las tres es de las más importantes del museo, sin embargo, entre las tres suman treinta millones de euros en el mercado negro. La puerta veintisiete del museo la encontraron desmontada, ese 'modus operandi' me recuerda a Jeannot Bossard alias 'El cerrajero', estafador, ladrón y experto en arte. Encargué la investigación a Lorette, en dos meses no ha logrado avanzar ni un ápice, sin excepción, cada pista seguida por ella conduce a un callejón sin salida. Eres un estúpido, te digo. Pude ayudarte si me hubieses dado la información a tiempo, pero como te acuestas con Lorette todo lo sucedido en Francia es de su exclusividad. Yo que vivo contigo las veinticuatro horas del día no me entero de nada. Por cierto, algo que no me queda claro es que todos tus movimientos de dinero son, invariablemente, por tarjetas y depósitos bancarios, pero ahora le entregaste a Lorette una fuerte cantidad en efectivo. Ya voy entendiendo, tu manía de apuntar todo se debe a eso, no quieres que me entere de todo, sabes que de hacerlo te demostraría que no necesitas a nadie más. Tampoco ahora me prestas atención, estás sumido en la contemplación de los dos luceros azules de la cara de Sofía. De un tiempo a acá todo en tu actividad es una sorpresa para mí: pensamos hacer algo y terminas haciendo otra cosa; cuando me entero de algo lo analizo y saco conclusiones lógicas y bien pensadas, pero al final todo termina siendo diferente, ¿por qué?, porque el señor tenía oculta, en alguna de sus odiosas libretitas, la información que me hubiese permitido llegar a la conclusión correcta. He llegado a pensar que tienes celos de mi capacidad
deductiva, no entiendes que está a tu servicio, pero para ti el trabajo es cosa de juego, pasas la vida fingiendo ser de ese mundo del Jet-Set, intentas conquistar a cuantas mujeres conoces y tu ulterior deseo es meterte en sus camas. Los exiguos éxitos logrados te hicieron perder el piso. Saliendo del aeropuerto nos apropiamos del auto de la francesa y lo usamos para llegar a su apartamento. Abres la puerta haciendo uso de una ganzúa. No me parece lógico. ¿Por qué no tienes la llave?, tú y la francesa llevan varios años de de amantes y nosotros pagamos las mensualidades del apartamento. Me sorprendo al no recordar alguna vez que hubiésemos traspasado el umbral. ¡esta es la primera vez! Entramos los tres. El lugar es pequeño, en verdad tiene una sola recámara, puedo verla a través de la puerta abierta, no está desordenado como afirmó Lorette, en mi opinión es pulcro y ordenado, aunque no contiene los muebles necesarios por alguien que ha vivido allí tantos años. Se te ocurre que tomemos una ducha y después nos dirijamos a cenar, son las cinco de la tarde y tienes la costumbre de cenar a las ocho. Yo por mi parte preferiría descansar. Alguien llama a la puerta, abres y un sujeto te entrega un smoking y todo un ajuar limpio. Le entregas cinco euros y cierras la puerta. Mientras yo quedo sorprendido sin saber por qué, a cualquier lugar que llegas, hay alguien que te entrega algo o te facilita las cosas, Sofía te recuerda que ella no tiene ropa para cambiarse, que vino con lo puesto. La observas y te das cuenta, ella aún lleva puesto el vestido largo de la noche anterior. Sacas dinero de tu billetera y le indicas que vaya a comprarse ropa. Ella te recuerda que no conoce Paris y menos sabe en dónde comprar lo necesario. Y añade: —Soy talla tres en las medidas de México, no sé cuál es la equivalente aquí. Por qué no vas tú a comprarme lo que creas que necesitaré. Titubeas. No sabes que responder. Tú la trajiste, te digo, es culpa de tú imprevisión el que ella se vea en estas condiciones. Te aconsejo ir a la boutique en la que compra Lorette, queda cerca, a dos calles de aquí. —Vamos—le dices. —Ve, por favor, en lo que yo me aseo. Una mujer también necesita algunos momentos a solas. —¿Yo qué sé de comprar ropa de mujer y qué necesitarás? —Todo, ropa interior, exterior, maquillaje, etc. En México compro talla tres, en sujetador soy copa B y zapatos tres y medio.
Te quedas sin habla. Tú, el duro James Archer, quien apenas hace unos minutos hizo gala de su dureza mandando a su agente preferida y amante a México cual si fuese un bulto, ahora sales del apartamento sin decir nada. Esta mujercita te tiene atrapado, te susurro al oído. No respondes, sin embargo estoy seguro, me escuchaste. Caminamos en silencio hasta la boutique mientras vas repitiendo mentalmente las indicaciones: Todo, tres y medio en zapatos, talla tres, copa B. Al llegar le explicas a la dependienta tu problema y le pides te consiga todo lo necesario para una mujer que estará diez días en Paris. Le das las tallas, la edad de Sofía y le aclaras que es hermosa, delgada, bronceada, de ojos azul claro, femenina, altiva y grácil al moverse. Además, le marcas en tu cuello el punto exacto que corresponde a su estatura y le solicitas incluir ropa de gala para una o dos cenas importantes. Una hora, mucho encaje y siete mil euros después dos empleadas de la boutique nos acompañan y ayudan a cargar todo. ¡Costosa! Fue muy costosa la ropa para la chiquilla, te reclamo.
Capítulo IV Entramos en el apartamento. El espectáculo, aunque exquisito, nos sorprende a ambos. Las dos jóvenes que nos acompañar ríen y susurran algo a nuestras espaldas. Sofía está sentada en un sillón, desnuda como una Eva y con el cabello mojado envuelto en una toalla. Habla por teléfono con alguien, en francés. Nos hace señas de guardar silencio. Su pronunciación es perfecta, no tiene acento, y habla el idioma usando los giros idiomáticos actuales. Mientras se oprime la nariz con los dedos de la mano que le queda libre se describe a sí misma con lujo de detalles. De pronto trata de describir un atuendo, una de las empleadas de la boutique avanza hasta ella y le muestra una de las prendas que acabamos de adquirir y un par de zapatillas. Sofía describe todo: —Llevaré un vestido corto color fucsia con encaje negro a la altura de los hombros y zapatos de taco alto del mismo color. Cuelga el auricular y voltea a vernos. Agradece a la empleada la pequeña complicidad. Las dos empleadas de la boutique que gentilmente nos ayudaron con nuestro cargamento dejan todos los paquetes sobre los sillones y se despiden de nosotros entre risillas de complicidad y susurros. Apenas termina de cerrarse la puerta Sofía nos cuenta lo sucedido. —Era una llamada para la señorita Lorette. El individuo quería hablar con ella. Fingí estar mormada para que confundiese la voz. Pidió le entregara los cien mil Euros que ella le debe y los deseaba esta misma noche, a las nueve en un lugar llamado 'El Líon de Or'. Aseveré tener fuerte resfriado y me disculpé con él por no poder salir. Se molestó, entonces, le dije que el dinero se lo enviaría con mi hermana. Pidió se la describiera y le informara cómo iría vestida. —¿Está chantajeando a Lorette?—preguntas. Sofía se ríe, y entre risas que casi no la dejan hablar, afirma: —James, no sabes nada de mujeres. Aquel hombre conoce a Lorette, la admira, lo pude intuir por su tono de voz, su petrición fue más de súplica que de chantaje. —¿Quién le llevará esa cantidad y por qué? —La llevaré yo, la hermana ficticia. Por qué, no sé, desconozco la razón. Ella es tu agente y tú debes saber en que está metida. Touché, susurro en tu oído con tono de burla. No sabes que responder. Te asalta la preocupación al saber que la chiquilla se dispone a ir y reunirse con aquel desconocido. La cantidad solicitada es alta aún para ti. No sabes qué hacer. Piensas, piensas y, entre más piensas, más te parece todo una burla. La chiquilla
te saca de tus pensamientos al pasar frente a nosotros para abrir los paquetes. Vuelves a notar su desnudez, su perfecto cuerpo, sus generosas formas y por un momento te olvidas de todo: la imaginas con su dorado cuerpo tendida sobre blancas sábanas de sateen. El tono de su bronceado te atrae, su figura te embelesa. Sofía se viste: bragas, sostén, el vestido que la empleada le mostró y los zapatos a juego con el vestido. Gira sobre su eje y pregunta: —¿Cómo me veo? Titubeas. 'Yo exclamo: ¡Divina!'. Te acercas a ella, la tomas por los hombros y, sin previo aviso, la besas. Ella no se niega, corresponde a tu impulso. Pasa un minuto y te separas, la tomas por ambos hombros y le ordenas: —No irás a ningún lado. Es peligroso. No sabemos de quién se trata y no tenemos el dinero. —Por el tono del hombre y la conversación deduzco que ya estaba de acuerdo con ella y la llamada sólo fue para acordar el lugar. —No puede ser. Lorette no llevaba nada en las manos ni un bolso ni un abrigo en donde pudiese haber guardado tal cantidad. —¡Qué bruto eres!—responde Sofía—Ni una loca cargaría tanto dinero. Estoy segura que no intentaba pagarle con un cheque, así que el dinero debe estar aquí, en algún lugar. Tratamos de seguir el razonamiento de la chiquilla y ambos llegamos a la misma conclusión, pero yo me limito a pensarla y tú se la dices: —¡Estás loca! De dónde sacaría Lorette esa cantidad. —De dónde, no sé, pero, ¿qué te parece si buscamos los dos?—responde y añade:—si no encontramos nada acepto mi equivocación y tú me impondrás un castigo, pero si lo encontramos, tú tendrás que hacer algo por mí. —¿Qué haré? —Ya veremos, es prematuro. Iniciamos la búsqueda. Revolvemos todo, sacamos y vaciamos cajones, descolgamos cuadros, movemos muebles y registramos los bolsillos de toda su ropa sin encontrar nada. Sofía se sienta en el suelo, se le nota en el semblante su desilusión, se le ve pensativa. Ahora no sabe cómo disculparse, te digo tan fuerte como puedo para que ella logre escucharme. La chiquilla se levanta, se despoja del vestido y se hinca en el suelo. Inicia el recorrido a gatas por todo el apartamento. El espectáculo es en verdad atractivo,
en esa posición sus caderas se muestran turgentes. Se arrastra de forma felina por debajo de los muebles buscando no sé qué. De pronto, exclama algo que nos saca de nuestra contemplación. —¿Qué?—preguntas. —¡Aquí tenemos algo! Saca de debajo de la mesita ratona un sobre grande, de esos color amarillo que utilizan en las oficinas. Presenta indicios de haber sido removido y vuelto a esconder en varias ocasiones: tiene cinta adherente por todos lados y está bastante maltratado. —Revísalo, es muy abultado—dice al mismo tiempo que te lanza el paquete. Logras capturarlo en el aire por puro instinto de conservación, el bulto venía directamente a tu cabeza. Lo abrimos, dejas caer el contenido sobre la mesita y todos nos sorprendemos al verlo. Allí hay un contrato de apertura de cuenta codificada en el banco ARVEST Privatbank AG en Suiza, dos pasaportes a diferentes nombres con la fotografía de Lorette ostentando colores de pelo y look diferentes, ocho fajos de billetes color violeta con imágenes arquitectónicas del siglo XX. —¡Cuánto dinero!—exclama Sofía. —Cuatro cientos mil euros en fajos de billetes de quinientos cada uno—le informas. Sólo me queda reconocer que la chiquilla tiene razón. Ella toma dos fajos y te dice: —Hecho, me visto, me arreglo y me llevas a 'El Líon de Or'. —No, no iras. —¡Otra vez la burra al trigo!—exclama molesta y añade:—¿Cómo sabremos qué está pasando si no nos enterarnos de lo qué hacía la matrona gala, la tal Lorette. Quedas en silencio meditando, reconoces la razón contenida en sus palabras, pero, al no saber con quién se reunirá, te causa desconfianza. Marcas en tu móvil el teléfono personal del Jefe Killian Voirin. Tres timbrazos después aquel contesta, le explicas todo y te pones de acuerdo con él. Salimos del apartamento y nos subimos al auto. conduces despacio, pensativo y en silencio. Miras constantemente el reloj del tablero del automóvil y calculas el tiempo. Tu desconfianza ha ido en crescendo conforme nos acercamos a 'El Líon de Or'. La pequeña se apea y enviándote un beso con la mano entra en el
restaurante. Continúas la marcha hasta llegar a la siguiente esquina. Sin importante que esté prohibido te estacionas y Espías nervioso por el retrovisor, preocupado por lo que pueda suceder. Esa chiquilla sabe cuidarse, te aseguro para calmar tu preocupación. No me escuchas, ya es costumbre y más desde que apareció Sofía. En un único y brusco movimiento sales del auto y corremos hasta llegar al restaurante. Apenas entrar y ya te estás abalanzando sobre el hombre que entró unos segundos antes y camina frente a nosotros. Otros dos individuos saltan al tiempo que desenfundan sus armas, creo que nos van a matar. Me sorprendo, ambos te ayudan y los tres forcejean con aquel hombre. No entiendo que está pasando. Levantan al individuo y lo obligan a sentarse en una silla. Lo reconozco, es 'El cerrajero', Jeannot Bossard, un ladrón de alta esfera, especializado en arte; su entretenimiento es estafar casinos. Los rumores lo califican como el mejor manipulador de barajas, aseveran que amasó una fortuna en las mesas de Bacará sin haber comprado jamás la banca. Cuentan proezas realizadas por él en las mesas de blackjack sin que se le pudiese comprobar la trampa. Bossard se cuenta entre los más grandes coleccionistas de arte, su delirio son el barroco francés y el moderno español. Aunque jamás le han podido comprobar sus fechorías, y por eso goza de libertad, se sabe de buenas fuentes que jamás ha comprado una pintura, pero en sus varias casas tiene la colección más importante de Europa. Las investigaciones llevan a creen que reparte grandes cantidades de dinero a los crupier, meseros, vigilantes y especialistas en alarmas para tener así, por todos lados, cómplices y testigos que usa para comprobar sus coartadas. El pelo cano en su totalidad y las excesivas arrugas en el rostro no compaginan con su complexión atlética y la fuerza que mostró cuando trataron de aprehenderlo. —Salut, Monsieur Archer, es un gusto verlo—dice Bossard sin mostrar sorpresa. —Ahora si lo atrapé, 'cerrajero'—es tu respuesta. —Por la espalda y ayudado por dos gorilas armados, hasta un niño me atrapa— afirma él dibujando una amplia sonrisa. Sofía, aún con la sorpresa visible en el rostro, se acerca. —Bonjour mademoiselle, comment allez-vous? Por su elegante presencia y la indumentaria creo que es usted a quien vengo a buscar—la saluda Bossard. Ella se mantiene callada unos instantes y por fin atina a decir: —Sí señor, soy yo.
—La hermana es más hermosa que Lorette, pero no existe ni un rasgo que las haga familiares—afirma Bossard, y sacudiéndose las mangas de la chaqueta añade:—no me equivoqué, fue una trampa. —No son hermanas—dices—usted entró en la trampa y ha caído la soga en su cuello. —No bon ami, no se confunda, ninguna soga ni trampa, por lo menos para mí. —De está no sale. —Sí James, sí saldré, y antes de lo que usted cree. —¡Llévenselo!—ordenas a los dos gorilas.
Capítulo V Diez días después fue requerida nuestra presencia en la 'Île de la Cité'. En cuanto llegamos al 'Boulevard du Palais' nos dirigimos al número nueve, dirección correspondiente al grandioso edificio de estilo neo-florentino que alberga la 'Préfecture de police'. Sólo tras mostrar nuestras identificaciones y registrarnos en la garita de la entrada nos permiten dirigirnos por los largos pasillos hasta la oficina de Voirin. Tras leer los letreros de varias puertas antiguas, de esas que tienen cristal de gota para evitar las miradas indiscretas, y dejarlas tras de nosotros al continuar nuestro recorrido, encontramos la que buscamos, esa en la cual está inscrita la frase: 'Préfet de Police', y un renglón más abajo, con letras un poco más pequeñas, añade: Killian Voirin. Llamas con dos toques de nudillos. La puerta se abre y Voirin se muestra ante nosotros con su figura eternamente erguida, sonríe, tiende su mano para saludarte y, atrayéndote hasta él con un ligero jalón de su poderoso brazo, te da un fuerte estrujón. —Mi buen amigo James, James Archer, lo noto más delgado, espero que sea por ejercicio o dieta. Carraspeas y pones tu mano sobre su hombro antes de contestar: —No Capitán, no soy afecto a eso. Creo que mi metabolismo está cambiando, consumo las acostumbradas cantidades de comida y sigo tan sedentario como siempre. —Bueno, bueno, dejemos eso para el cotilleo de la hora del café, ahora dediquémonos a lo que nos compete. Sin perder el tiempo invitándonos a pasar Voirin cierra la puerta y echa a andar con nosotros. Nos conduce por intrincados y laberínticos pasillos oscuros a las salas de interrogación. En el camino te comunica: —Monsieur Bossard se negó a declarar si no se encontraba usted presente. No me importa escucharlo. Para mí es patente su culpabilidad. Él robo las pinturas y pretendo saber en donde están. —Yo, por lo pronto, Creo probable que estuviera vendiendo información a Lorette y ahora, desee usarla para salir del embrollo. —A mí no se me compra. Voirin asiente con la cabeza y continuamos nuestra marcha en silencio. Al llegar a una puerta metálica de color azul el jefe se para bruscamente y pulsa un botón. La
puerta se entorna y uno de los dos gorilas de 'El Líon de Or' se asoma. Al ver al 'Préfet de Police' la abre por completo y se quita del medio. Entramos. Yo esperaba un cuarto con los acostumbrados espejos que permiten, desde otra habitación contigua, video-grabar lo que sucede en la sala de interrogación. Pero no, la amplia habitación con su larga mesa y sus cómodos sillones, la presencia de una mecanógrafa sentada frente a su estenógrafo, y una cafetera acompañada de varias tazas y platos me recuerdan, una vez más, lo impredecibles que son los franceses. —Otra vez lo saludo, Monsieur Archer—Dice Bossard. —No espere comprarme ni chantajearme, no tengo precio... —Ya me lo ha dicho antes. No tiene precio, menos uno que yo pueda pagar—te interrumpió Bossard, y añade con su amplia sonrisa:—Ya lo he escuchado antes. Te molesta el tono y el descaro de 'El cerrajero'. Intentas abalanzarte contra él, pero, antes de que des el primer paso, el rudo brazo de Voirin te detiene al tiempo que te ordena: —Quieto, James, quieto. aquí no somos esa clase de policía. —Pero... Jefe... —No, James. No. Respetaremos los derechos de Monsieur Bossard sea culpable o no. Voirin nos invita a tomar asiento. Nosotros y los dos gorilas que te ayudaron en la aprehensión de 'El cerrajero' nos sentamos frente a este último. Por su parte Voirin se sienta al lado del acusado, sirve dos tazas de café, una se la pasa a Bossard y de la otra bebe un largo trago. —Bien, señores, bien, comencemos con esta reunión. Escuchemos lo que Monsieur Bossard tiene que declarar. Adelante Monsieur, si me hace usted el favor, tomaremos su declaración—Sugiere Voirin. —Será rápido—dice Bossar, da un sorbo a su café y añade:—fincaré mi declaración en diez puntos: Uno, yo no robé las pinturas. Dos, no sé en donde están. Tres, Mademoiselle Charon me pidió ayudarla para atrapar a unos ladrones. Cuatro, yo desmonté, a petición de ella, el siete de mayo los goznes de la puerta veintisiete del museo. Cinco, cuando le dije que si me atrapaban haciéndolo me enviarían a la cárcel, ella me aseguró que la policía estaba de acuerdo y que me pagarían cien mil euros. Seis, cuando le pedí mi dinero me dijo que esperara a la llegada de Monsieur Archer, que él traería el efectivo. Siete, al enterarme de la llegada de James Archer me comuniqué con ella, me informó que
estaba resfriada y me enviaría mi dinero con su hermana. Ocho, fui engañado por la asistente de Archer, ella accedió a entregarme el dinero y fijó la hora. Yo propuse 'El Líon de Or'. Nueve, llegué a la cita y esos dos gorilas, junto con Monsieur Archer, me atacaron y me arrestaron. Diez y último, traigan a Lorette Charon y me carearé con ella. Tengo grabadas en mi teléfono móvil las conversaciones con ella y con la astuta asistente de Monsieur James Archer. —¡Mentira!—gritas. —No, James, no. Las conversaciones ya las escuchamos y todo incrimina a Mademoiselle Lorette Charon—explica Voirin. El asombro te deja sin habla. Te sientes traicionado, no sólo por una empleada, te traicionó tu amante. Ver tu nombre inmiscuido en un delito te parece la mayor de las deshonras, una traición imperdonable. Sientes ganas de matar, si Lorette estuviese frente a ti le dispararías, descargarías tu arma en ella. Este pensamiento te recuerda tu Jericho-941 y descargas tu ira maldiciendo en silencio a la rusa y a la francesa. Ahora te duele tu arma, el amor propio y el orgullo. —¿Por qué el siete de mayo?—interrogas a Bossard. —Fue la víspera de ' Fête de la Victoire ', supongo que deseaba entrar el ocho, es día feriado oficial para los franceses. Las ideas revolotean en tu cabeza. Algo no encaja en esa historia. Te propones descubrirlo. Voirin le indica a Bossar que está libre de momento y desea se mantenga localizable, ya que es posible que necesitemos de su ayuda. 'El cerrajero' acepta y, cuando está a punto de abandonar la sala de interrogación, te volteas hacia la puerta y dices: —Un momento Bossard, acepte una vez más mis disculpas, me siento apenado. —Aceptadas, y de buen grado, Monsieur Archer. —¿Me permite hacerle una pregunta? —Las que desee. —¿Al quitar los goznes de una puerta dejan de surtir efecto las alarmas? —No, Monsieur Archer. Se desmontan cuando las alarmas están desconectadas, y su función es salir con mayor velocidad aunque suenen. —Pero no sonaron y, además, no se encontró la puerta desencajada de su lugar. ¿Debo entender que quitaron la puerta y, antes de que la alarma se activara, salieron y la colocaron otra vez?
—Ahora que lo dice usted suena imposible, pero las evidencias son esas. —Gracias, Monsieur Bossard, y le suplico una vez más que acepte mis disculpas. —Pierda cuidado, James, no lo culpo. Nuestros caminos se han cruzado muchas veces y es lógico que actúe usted con ciertos prejuicios. Pero le suplico que la próxima vez, si quiere arrestarme, no lo haga tan bruscamente, con gusto le permitiré hacerlo. A mis setenta años, con noventa kilos encima y sin la agilidad de antaño resultan un poco dolorosos los impactos contra el suelo. 'El cerrajero' esboza su amplia sonrisa y sale. Estás ruborizado, te sientes estúpido. Te sonaba a burla la afirmación de Bossard y el que se calificase viejo y sin agilidad a pesar de haber sido necesarios tres hombres ejerciendo toda su fuerza y su entrenamiento profesional para someterle. Sacas tu teléfono móvil y marcas un número. Al escuchar la voz reconozco al secretario de seguridad nacional de México. Le pides haga volver a Lorette mañana mismo, le pides inventar alguna escusa, o le diga que sufriste un accidente y te encuentras en estado de coma. Voirin se muestra sorprendido. —Usted deténgala llegando a Paris.—le pides a Voirin—No me llame hasta que tenga armado todo el caso. No quiero intervenir. —Así lo haré, así. Nos despedimos del jefe Killian Voirin y sus dos sabuesos. Te acercas a la mecanógrafa y, tras hacerle un cumplido y ponerte a sus ordenas, salimos del edificio. Llamas a Sofía y le pides trasladarse, con todas sus pertenencias, al 'Hotel George V'. Decides no volver a casa de Lorette, sabes que estará llena de agentes policiacos e investigadores. Llegamos al hotel. Siempre somos bienvenidos y nunca te niegan una habitación. No vemos a Sofía, ya debería estar aquí, claramente le instruiste de tomar un coche de alquiler y esperarnos en el lobby. Preguntas por ella en la recepción. La chica encargada de la recepción, quien en nuestras anteriores estancias aquí se ha mostrado cortes y sonriente, ahora, con visible seriedad, te informa: —Mademoiselle Sofía ya fue instalada en su suite. Subimos, al llegar escuchamos la voz de la chiquilla, está cantando. Te agrada, es afinada y su voz suena dulce. Llamamos a la puerta y desde dentro ella dice: —Adelante, está abierto. Yo río, esa es la frase más común que se puede usar, además no es correcta, si estuviese abierto ya hubiésemos entrado. Querrá decir que no tiene echado el
cerrojo. Sí, así debería ser, las personas deben contestar: Adelante, no está echado el cerrojo. Entramos, ni tú ni ella hacen el intento de besar al otro. Deduzco que la chiquilla ha notado tu estado de ánimo en el semblante. Los tres nos mantenemos en silencio. Yo me relajo, espero tener un largo descanso.
Capítulo VI La madrugada nos sorprende caminando a las orillas del 'Canal Saint-Martin' después de una noche infame. Cenamos rillette en el 'Thoumieux'. Sigue sin gustarme esa especie de paté blando de sardinas con un poco de picante, mantequilla, rodajas de calamar y tajadas de tocino crujientes. El chef Jean Piège salió especialmente a disponer los platos en nuestra mesa con el pretexto de saludarte. Él con sus premios Michelin es el mayor atractivo del lugar, a pesar de la exquisita decoración que provee al establecimiento de su ya famoso ambiente romántico y acogedor: los asientos rojos de las mesas en mármol negro aunadas a la cubertería de plata dan, a cada mesa, aspecto señorial, y los espejos sumados a las luces apliqué de las paredes le infunden el sabor romántico que caracteriza a Paris. Prefieres este restaurante más por su excelente carta de vinos que por su menú. Apenas terminamos de cenar nos dirigimos al 82 Boulevard de Clichy. Se te ocurrió llevar a la chiquilla a conocer el 'Moulin Rouge'. No comprendo por qué te permiten entrar, más aún en la zona vip, sin tener reservación previa ni un consumo normal. Aunque en realidad si bebimos y tú, a pesar de haber cenado, consumiste gran cantidad de bocadillos: comes y bebes igual que un condenado a muerte en su última cena. Para finalizar, decidiste ir a bailar con Sofía al Nuevo Casino. Ustedes se divirtieron mientras yo me aburría más que una ostra. A Sofía se le notaba contenta, yo sorprendido: Es la primera vez que no pasas noches y días sin dormir, caminando de un bar a otro, bebiendo y comiendo hasta reventar o perder la batalla con el sueño en la mesa de algún bar o en una banca de cualquier parque. Nos dirigimos al hotel ya cansados por la parranda. Llevas a la chiquilla abrazada por la cintura y ella recarga su cabeza en tu hombro. Nos cruzamos con varias parejas y uno que otro grupo de jóvenes que, bajo el influjo del alcohol consumido durante la noche, se hablan con voz fuerte y se ríen a carcajadas. Al llegar el botones nos muestra su acartonada sonrisa de bienvenida al abrirnos la puerta. Subimos al elevador y, apenas cerrarse las puertas, tu y ella se besan con pasión. Al entrar a la suite Sofía decide bañarse. Te quitas el saco, dejas caer todo tu peso en el sillón de la salita, deshaces el moño de tu corbata, desabrochas dos botones y te relajas. Duermes, sueñas con todos los años vividos al lado de Lorette. Todo el amor que sentías se ha convertido en desprecio. Te arrepientes de cada palabra tierna que le dijiste, de cada poema en el que ella fue tu musa. Te duele la traición, esa que en verdad duele, la que tiene que ver con la vida o la muerte, la fiabilidad personal. Nunca te preocuparon sus amoríos, eso no te inquieta, para ti lo más importante es la lealtad personal. Por eso no quisiste casarte con Svetlana, por siempre estar ella entre dos fuegos. Por lo mismo te divorciaste de Mariam, tu primera esposa, te celaba en todo y por todo, pero en
eso de ser confidente, amiga y compañera nunca se distinguió. También esa fue la causa que te motivó a divorciarte de Anabella, mientras tu pensabas que la parte medular de los cimientos del matrimonio era la lealtad espiritual, para ella no tenía ningún valor, siempre opinó que la lealtad era física, nunca emocional. Hiciste bien, te deshiciste de las dos sin ningún aspaviento, sin pleitos, sin abogados: a cada una le diste lo que solicitó a cambio de firmar el divorcio. Nos despierta una mano, te acaricia la nuca. Dos labios se acercan a los tuyos, sientes su humedad, percibes el aire tibio que es exhalado entre ellos. Tu lengua se junta con la que ellos resguardan, se baten las dos en furioso esgrima. No necesitas abrir los ojos, los conoces ya, son de Sofía. El sabor de su boca, el olor de su cuerpo mezclado con el delicado aroma del jabón y su avidez estimulan tus instintos. La abrazas, la sientes desnuda. Tus manos acarician su espalda, te enardece su suavidad. Aprietas su pecho contra el tuyo, te excitas. Tus manos recorren su cuerpo mientras lo dibujas en tu mente, lo imaginas con ese color canela que tanto te gusta. Decido apartarme, una vez más tendré que dejarlos solos. Me escondo, trato de no percibir sus jadeos, sus palabras cariñosas, yo diría algo melosas. Pareces adolecente, al ver tus reacciones llego a creer aquella consigna rusa que dice: 'la edad de la mujer que posees se te transmite'. Tu experiencia se pone al punto, dictas a Sofía una cátedra, le indicas cada paso a seguir para convertir aquella simple unión en una verdadera sinfonía erótica a dos cuerpos. La muchacha se aplica, más por instinto que por experiencia. Pone de su parte cuanto está a su alcance. La vence la pasión, gime, grita, queda flácida por unos minutos, reinicia la danza. La escena se repite, ella goza, tú también. Una vez más ella tensa sus músculos y en un grito ahogado pierde la rigidez de todo su cuerpo, se sumerge en un interminable temblor apasionado. Se relaja, se tensa, pierde la noción del tiempo. Tú te entregas y te sorprendes, no recuerdas cuándo fue la última vez que lo hiciste. Esto es más que sexo te repites a ti mismo. Fluye tu sangre al paso acelerado de tu pulso, lo escuchas, lo percibes agolpándose en tu pecho, su sonido acalla cualquier otro en tus oídos. En un instante la abrazas con fuerza, le dices que la amas y la besas con delicadeza. Despiertan nueve horas después a causa de la campanilla del teléfono. Contestas, es la voz del 'Préfet de Police'. —Buenas tardes Monsieur Archer, buenas tardes. —Hola Monsieur Voirin, a qué debo su llamada. —Mademoiselle Lorette Charon ha sido contactada en México, ya viene en camino y se espera su llegada para mañana. Tengo preparada la orden de aprehensión,
quedara a la disposición de la justicia en cuanto ponga un pie, un sólo pié, en territorio francés. Agradeces a Killian Voirin y cuelgas el auricular. Te sientes hambriento. Pides servicio para dos al cuarto, lo haces mientras le comentas a Sofía la buena nueva que el jefe acaba de darte. Tu cerebro la acepta como buena nueva, pero tú, en lo más profundo, sientes un dolor difícil de paliar. Sofía y tú sacian su apetito, comen de todos los platillos, se convidan el uno al otro. Deciden ducharse juntos, el agua y el jabón les otorga un momento propicio para nuevos escarceos. Una vez más hacen el amor. Son las diez de la noche, ambos se arreglan, decidiste mostrarle a la muchachita otras atracciones de París. Me escandalizo, no deseo pasar otra noche de juerga, estoy cansado. Te censuro la idea, debemos descansar, en cuanto llegue Lorette pasaremos muchas horas dedicados al interrogatorio. La francesa es hábil, ve a saber que argucias urdió para salvar el pellejo en caso de ser descubierta. No haces caso, sigues con tu plan, Sofía y tú prevén una noche de jaleo en grande, sin límites. Reservas un privado en 'Le Lido' para las once de la noche, cena y show, especificas. La chiquilla se entusiasma, al mismo tiempo le preocupa que vestuario deberá usar. Le dices que eso será solucionado por la modista de la boutique. Llamas a la administración y solicitas a la modista. Cuando toca a la puerta, tú le abres y le indicas: —'Le Lido. Dîner romantique' Sofía ríe. Te avergüenzas por olvidar su dominio del idioma francés. Te disculpas y te escabulles hacia el cuarto de baño. y allí te quedas hasta ver que Sofía y la modista salieron de la suite. Hora y media después regresa la chiquilla cargada de bultos, la acompaña un botones. Sientes celos, él es joven y la trata con suma deferencia. La chiquilla te envía un beso al pasar junto a ti y se mete en la recámara pidiéndote que no entres. Das al botones cinco euros mientras Protestas diciéndole a la muchachita que tú también necesitarás cambiarte de ropa y ponerte tu smoking. —Entra ya, recógelo y salte de inmediato. Vístete en el baño—ordena Sofía. Obedeces sin protestar, entras por tu atuendo y sales de inmediato. Lo lanzas sobre el sillón con desgana. Bajamos al bar, pides una copa de coñac a la que le das un sorbo tras del cual te hundes en pensamientos y conjeturas. Suenan las diez en algún reloj cercano, sales de tu meditación sin tener aún las respuestas que buscas. La copa de coñac sigue intacta. Pagas. Subes a la suite y después de darte un rápido baño te vistes y acicalas. Apresuras a Sofía, son las
diez treinta. Le haces saber que no te gusta llegar tarde. Cinco minutos después sale la chiqui... la mujer. ¡Esplendorosa!, es lo único que atino a exclamar. Nos quedamos boquiabiertos: su cuerpo escultural ceñido por aquel rojo vestido se muestra delicadamente delineado, el escote en verdad es pronunciado y el simple hecho de verlo te hace recordar las joyas que apenas alcanza a resguardar la escasa tela. Ella gira sobre su eje, la espalda totalmente al descubierto te obliga a revivir lo sucedido la noche anterior, la larga abertura del vestido deja al descubierto sus piernas mientras gira, te extasías en ellas, recuerdas su tibieza, su suavidad y su sabor. Comprendo, desde ese preciso instante, que tú eres hierro y ella imán. Te acercas y la besas en la mejilla, le ofreces tu brazo y salimos. ¿Otra noche de juerga?, no lo expreso, sólo lo pienso. El brillante espectáculo, especialmente elaborado para festejar un aniversario más de 'Le Lido', resulta prodigioso. Sofía se muestra complacida aunque en algunos momentos se sonroja a causa de la idiosincrasia en que ha sido educada. Cenan y se divierten cuanto les es posible. No das muestras de estar afectado por lo sucedido, esa chiquilla te obliga a olvidarte de todo. Te extasías al contemplar sus brillantes ojos, su boca se te apetece dulce manjar cada vez que expresa una opinión o idea. Es notorio tu deseo de poner al mundo, el universo y tu vida a sus pies.
Capítulo VII Cuando llegamos a París creíamos que se trataría de unos cuantos días, imaginaste diez a lo sumo, pero todo este embrollo originado por Lorette nos obligó a permanecer en la ciudad luz varios meses. La Police Nationale requirió de ese tiempo para obtener la declaración de la francesa, armar el expediente del caso y enjuiciarla. No entiendo cuáles son las razones de la policía francesa para no aplicar los sofisticados métodos mexicanos: el tehuacanazo, la inmersión cabeza abajo en tambo de agua, la estimulación eléctrica de los genitales, el masaje con cuerdas y toallas húmedas, etc. Todos esos métodos los considero más efectivos, los delincuentes sometidos a esos métodos persuasivos no tardan tanto en declarar, pero los franceses, en su clásica y ya conocida exquisitez, se aventuran, cuanto más, a asediar con preguntas al declarante y obligarlo a caer en contradicciones por el cansancio; luego, con su metódica parsimonia arman extensos expedientes a base de repetidas averiguaciones que, en este caso, resultaban inútiles. El juicio fue corto y sencillo, duró pocos días. Lorette se declaró culpable de 'le vol' (apropiación fraudulenta). Para ti todo fue una sorpresa, tu desconocimiento de las leyes francesas te reservó un fallo desilusionante, esperabas una condena mayor y más severa, pero, como en estricta verdad nunca sustrajo del museo las pinturas y las devolvió sin ningún daño, a la legislación francesa no le quedó más remedio que condenarla a cinco años de prisión y treinta mil euros de multa. Las investigaciones sobre su cuenta personal en el banco suizo no reportaron algo extraordinario, porque su salario bien pudo ser la fuente del ahorro para alcanzar la cantidad existente a base de periódicos depósitos realizados con anterioridad. Me atrevo a decir que la francesita resultó más inteligente de lo esperado al simular el robo mientras mantenía las pinturas escondidas en una de las bodegas del museo. Es genial la coartada: quedarse encerrada desde la noche del siete de mayo, antes de que cerraran el acceso al público, hasta la mañana del nueve de mayo cuando fue descubierto el supuesto robo, manteniéndose escondida a la vista de los guardias nocturnos, para aparecerse en el momento que empezó el jaleo policiaco. Si no fuese porque jamás le contestaron el teléfono cuando decidió pedir rescate por las tres obras de arte, estoy plenamente seguro de que lo hubiese conseguido. Hubiese bastado una transferencia a su banco en Suiza y sólo necesitaba verificar el depósito e indicar, a cambio, en donde estaban escondidas. Eso es coartada, lo demás son tonterías. Tu malestar fue en aumento cada día, te sentías más frustrado, más engañado, deseabas venganza. Las pinturas nada representan para ti, tú buscabas castigarla por burlarse de nosotros. Esas dos semanas las pasamos entre la sala de
interrogatorios, por las mañanas, y recorridos por Paris, en las tardes. Hiciste de guía de turistas para Sofía, la llevaste a conocer lugares de los cuales nada sabías. Me fue menester aconsejarte sobre las características arquitectónicas o culturales importantes que poseía cada uno. Mientras tú repetías al pie de la letra mis palabras la chiquilla quedaba embelesada por tu supuesta cultura. Ninguno de los dos se percató de que nada eres sin mí. Finalmente, ayer abordamos el avión con destino a México, aún nos faltan algunas horas de vuelo. Acaricias a Sofía, la tienes tomada de la mano desde el momento mismo en que emprendimos el regreso. Dormitas a ratos y el resto del tiempo la observas: contemplas su anatomía, la imaginas desnuda; recuerdas sus senos y sus caderas; aún tienes presente en tu boca el sabor de cada centímetro de su piel; se mantiene vigente en tus manos el contorno de sus bronceados muslos, de su derrière, de su espalda; aún sientes su calor, su tersura y su aroma de atardecer caribeño. Al llegar ya nos espera un agente de seguridad nacional con tu auto en el aeropuerto. Lo mandas de regreso en un taxi. Le suplicas a Sofía una y otra vez mudarse y vivir con nosotros. La chiquilla se empecina en mantener su independencia. Le prometes cuanto se te ocurre, ella se niega a cada una de tus promesas. Proponle matrimonio, te aconsejo. No lo haces, te falta valor. Conduces molesto a alta velocidad por las calles de la ciudad, quien te vea asegurará que manejas cotidianamente. Sigues las instrucciones de la chiquilla hasta llegar a su casa. Ella desciende, le ayudamos con todo el equipaje. Subimos tres pisos por la estrecha escalera que conduce a su pequeño apartamento. Nos invita a pasar, dejamos las maletas sobre los pequeños sillones que le sirven de sala. La estancia es chica, la sala y el comedor ocupan apenas unos cuantos metros cuadrados. La estreches del lugar nos asfixia a ambos, las paredes se nos vienen encima y el techo es tan bajo que parece aplastarnos. Se ven tres puertas, todas están abiertas y no hay luces encendidas. Sofía se despide: —Bueno, hemos llegado, la aventura terminó—dice en tono jovial. —No se trato de una aventura, tú trabajas para mí—afirmas. Sacas tu billetera y le extiendes quince mil pesos. —Es el pago correspondiente a tu primera quincena—le aclaras. —No James, si trabajo contigo no podemos tener una relación personal. —Te necesito a mi lado, profesional y emocionalmente. —No recibiré tu dinero, me hace sentir prostituta.
—Nuestra relación personal nada tiene que ver con la laboral. Yo te pago por tu trabajo. —Quince mil pesos, un guarda ropa que costó una fortuna y un viaje de varios meses a Paris por hacer nada. No me hagas reír James. Me acosté contigo porque en verdad me gustas, no por el dinero o el valor de todo lo demás. —Te necesito Sofía. —Puedes elegir qué quieres que sea, tu empleada o tu amante. —Las dos cosas, pero si recibir un sueldo te hace sentir mal, me resigno a no mantener una relación personal, pero no deseo perderte. Los azules ojos de la chiquilla se humedecen, y resbalan unas lágrimas por sus mejillas. Respira profundo y expresa: —Yo te prefiero a ti. —Y yo a ti, pero sin tu perspicacia y habilidad no hubiese resuelto el caso de las pinturas. Como hombre te prefiero, pero me demostraste que tienes más capacidad deductiva que yo. De esto vivo, te necesito. ¿No podremos hacer algún trato o convenio? Te acercas para besarla pero ella lo evita dando un paso atrás al tiempo que ordena: —Déjame, James, déjame pensarlo. Ahora vete, por favor. Yo te llamaré. Salimos de allí, estás abatido. Tu estado emocional me sorprende, perdiste a Lorette, tu amante de varios años, y eso no te causa ningún sentimiento; la rusa Svetlana, con quien también has tenido relaciones íntimas en varias ocasiones, trató de matarnos, te robó tu pistola preferida, las mancuernillas que te regalo Lorette y varios miles de Euros, pero tampoco muestras sentimiento alguno; sin embargo, esta chiquilla, con la que te acostaste unas cuantas veces, te hace perder la razón y mina tu ánimo. Llegamos a Coyoacán entre acelerones, frenazos bruscos, claxonazos y palabras soeces emitidas a gritos. El recorrido duró poco, la alta velocidad y tu falta de respeto hacia los señalamientos nos acortó el tiempo. No tomas rumbo a nuestro departamento, entras al estacionamiento situado a media calle de 'La Celestina' el bar retro-chic convertido desde hace tiempo en tu favorito. Te apeas y perezosamente caminas hasta llegar. Nos sentamos en una de las mesas que están en la acera, junto al pilar que separa las dos amplias entradas. Pides en voz alta al barman, quien te saluda desde la barra, un Rosmarino. Mientras llega tu
bebida recuerdas que el nombre del bar está inspirado en la obra del bachiller Fernando de Rojas, texto en el que se narra el trágico amor de Melibea y Calisto. Tu dramatismo personal te hace encontrar similitudes entre la historia y tu relación con Sofía. Fernando, el mesero de mayor edad, te trae tu coctel y de inmediato le das un sorbo. No puedo entender por qué te gusta esa endiablada mezcla de vodka con uvas, limón y romero que a mí me parece nauseabunda. Se escucha la música es una de esas piezas modernas que llaman de fusión. Sacas tu pipa de espuma de mar, sé muy bien que es tu preferida. Llenas la cazoleta, para ello usas el retacador de plata que te regalo el Jefe Voirin la navidad del noventa y seis. La enciendes, igual que siempre, con un fosforo. La fumas a grandes bocanadas y, entre suspiros y aros de humo, recuerdas a Sofía y la imaginas ayudándote a resolver los intrincados enigmas a los que te sometes, también te haces partícipe de las historias que vivirá ella de hoy en adelante. Recuerdas sus lágrimas, te duelen en lo más profundo, sientes sus labios y el calor de su piel desnuda. Ya entrado en tales fantasías la imaginas experta tiradora y decides que usará una GLOCK 17 austríaca de recámara bloqueada, retroceso corto, cargador de diez y siete cartuchos y velocidad de fuego alta. Sacas de tu bolsillo una de tus diabólicas libretas y apuntas: Encargarle a Vitorio Vizzini una Glock 17 para Sofía y una nueva Jericho 941. Yo quiero una Bereta 92 FS, te digo, pero no me prestas atención, estás distraído con el recuerdo del abuelo de Vitorio, Calogero Vizzini apodado 'Don Caló'. No lo conociste, pero cuando eras joven el padre de Vitorio te contaba la historia de su mafioso padre, Jefe de la cosca de Villaba. Siempre te atrajo que fuese mafioso y a la vez hermano de curas y sobrino de obispos. Esas evocaciones traen a tu mente la imagen de tu madre, ella se opuso una y otra vez a la amistad que fincaste con los Vizzini. Guardas tu libretucha. Apuras tu coctel y llamas al camarero. ¡Bendito el creador, hoy sí dormiremos!, exclamo. Me provocas a incurrir en un nuevo error, pides otro Rosmarino y te sumes en tus propios pensamientos. Te saca del ensimismamiento una voz conocida, es Vitorio Vizzini, te entrega las dos armas y se retira sin apenas saludarte. Que pasa, en qué momento lo llamaste. ¿Es adivino o cómo supo que las necesitabas? Me vuelven loco estas ilógicas situaciones tan normales en tu vida. Guarda eso, sólo a un loco se le ocurre manipular y revisar dos armas tan fuera de la ley a la vista de todos, te digo con preocupación. Las personas de las mesas contiguas no parecen enterarse de lo que haces. Pones cartuchos en cada uno de los cargadores y los insertas en los receptáculos de sus respectivas culatas. Guardas la Glock 17 en su caja y te enfundas la Jericho 941.
Capítulo VIII Nos despierta el estridente ruido de un claxon. ¿Quién será el perverso, atrevido e inconsciente provocador de semejante escándalo? Apenas son las seis de la tarde. Te desperezas y te asalta una sed angustiosa. A mí me duele todo, me aprecio lento. Nos levantamos de la cama y a traspiés nos dirigimos a la cocina en busca de agua. Bebemos del grifo sin importarnos si es potable o no, tras doce rosmarinos estamos sedientos. En verdad yo soy el sediento, tú estás crudo, la resaca que te aqueja es monumental. Nos tumbamos en el sillón de la sala, los ruidos nos parecen en verdad estridentes, la poca luz traspasando entre las cortinas nos resulta penetrante, taladra inmisericorde mis neuronas. Cierras los ojos. Descansamos. Suena el teléfono, nos levantamos y tropezamos con algo. Está avernalmente oscuro. Sigue repiqueteando ese endiablado aparato. A tumbos y tropezando con cuanto se interpone en nuestro camino llegamos hasta él, levantas el auricular y contestas. Al otro lado de la línea se escucha la voz de Sofía. Sin saludar siquiera pide reunirse con nosotros. Quieres pasar por ella a su apartamento, ella se rehúsa y pide tu dirección. Se la dictas y le das instrucciones para llegar. Te pide esperarla, afirma llegar en aproximadamente una hora. Al colgar el auricular corres al baño, te rasuras, bañas y arreglas en menos de cuarenta minutos. Estamos listos para recibirla. Mientras enciendes tu pipa de espuma de mar, te pregunto: ¿Qué bicho le picó a esta chiquilla?, apenas anoche no deseaba volver a verte, o por lo menos eso me pareció. Te quedas pensativo, esta vez si deseas escucharme, pero no obtengo respuesta. Tratas de imaginar cuales serán las intenciones de tu nueva musa. Te cuestiono para ayudarte: ¿querrá devolver todo el guardarropa que le compraste?, ¿quizá viene a decirte que le interesas un bledo y quiere verte muerto?, ¿vendrá a burlarse de ti y de tu estúpida idea de vivir con una mujer tan joven como ella?. o probablemente, sólo intenta decirte que regresará a su antiguo trabajo y que no te atrevas a buscarla. Se escucha un par de tacones repiquetear en el pasillo, se acercan. Se aceleran nuestras palpitaciones con el sonido de unos nudillo golpeando la puerta. Te arreglas la americana y abres. Allí está Sofía, con un top corto que deja al descubierto su abdomen, advertimos que se ha quitado el piercing que adornaba su ombligo y con el que jugó tu lengua durante horas en Paris. Los pantalones de mezclilla ciñen sus generosas caderas. —Hola, James, ¿puedo pasar?
Te apartas de su camino para permitirle la entrada. Bésala y pídele matrimonio, te digo, pero te falta valor para obedecerme. Ella se acerca a ti y te da dos besos, uno en cada mejilla. —Toma asiento—le indicas. Camina delante nuestro con su grácil contoneo de caderas. La estela de olor a atardecer caribeño que deja tras ella aguza tus sentidos, ese aroma tan característico de la chiquilla nos resulta fascinante. Sofía se sienta en tu sillón favorito, no dices nada, con cualquier otro que se atreviese a hacerlo serías implacable, lo levantarías de allí para obligarlo a sentarse en otro lugar. Sofía cruza la pierna, el pantalón está deshilachado a la altura de los muslos, no te importa que sea tan pequeño el trozo de piel que se asoma, lo admiras y recuerdas los trozos aledaños a él, los conoces, has recorrido cada uno de ellos con tus manos y tu boca. La chiquilla interrumpe tus pensamientos: —James, he venido para hablar contigo—afirma. Te hace señas para que te mantengas en silencio y continúa: —Soy una mujer libre, no tengo más familia que una hermana mucho mayor que yo que radica en África. Cuando nuestros padres murieron ella se hizo cargo de mí, es doce años mayor. Terminé la preparatoria y ella consiguió que me quedase en el puesto que ella desempeñaba porque decidió casarse con un sudafricano que conoció Al terminar mis estudios me fue difícil conseguir un trabajo mejor remunerado, pero descubrí que soy buena vendedora, entonces, me inicié en las ventas y después de unos años entré a trabajar en una agencia de autos. El dueño montó la agencia en la que nos conocimos y me dio la oportunidad de ser la única vendedora en ella, por eso, aunque la comisión no es excelente, al ser la única, mis ingresos son satisfactorios. —¿A qué viene todo eso?—preguntas. —El día que llegaste a la agencia me llamó la atención tu manera de ser, y la autosuficiencia con la cual trataste al gerente me sorprendió. Luego, al invitarme a cenar tu comportamiento cambió, aunque tus palabras indicaban una orden, el tono empleado al pronunciarlas reflejaban miedo y timidez, por eso acepté. Me ofreciste trabajar contigo sin explicarme en qué consistiría mi trabajo. Salimos a Francia de improviso, la posibilidad de conocer otro país me obnubiló la razón, pero luego, al ver tu comportamiento me interesé en ti, por eso, todo lo sucedido entre tú y yo fue por pura atracción, deseaba estar contigo, sin embargo, ese no es el tipo de trabajo que me gustaría ejercer.
—Te ofrecí trabajar conmigo y olvidar nuestra relación. Aunque no es lo que yo deseo—afirmas. —Yo prefiero nuestra relación y olvidar el trabajo. —¿No hay alguna forma de mediar la diferencia? —Lo considero difícil, pero si aceptas pagar tu deuda es probable que sí. —¿Cuál deuda? —La que tienes conmigo, esa que quedó pendiente en París. —¿En París?—preguntas incrédulo. —Quedamos que tú harías algo por mí si encontrábamos el dinero en casa de aquella francesa. —¿Qué tengo que hacer? —Separar con precisión el trabajo de la relación personal. No entiendes a que se refiere esa chiquilla loca. Con todo y tu gran cantidad de amantes te resulta imposible comprenderla. Nunca has sido muy inteligente ante las mujeres. Aprovecho unos instantes de silencio y te aconsejo: Acepta, no seas estúpido, si no lo haces la perderemos. Apruebas mi idea de inmediato y no titubeas al contestar: —De acuerdo, acepto. Convienen separar de la manera más estricta los sentimientos personales de las obligaciones laborales. Desde entonces Sofía viene a quedarse contigo cuando lo desea, en esas ocasiones se olvidan del trabajo y dan rienda suelta a sus pasiones, pero cuando la llamas ella sabe que es asunto de trabajo, entonces no permite que te acerques, no consiente ni una palabra o actitud cariñosa más allá de las socialmente correctas. Los años no están pasando en vano: Sofía cada vez se ve más deslumbrante, está en el inicio de la plena madurez, en esa etapa que hace a las mujeres ser radiantes. Tú sigues envejeciendo aunque no lo aceptes, los años surcan tu rostro, y has perdido parte de tu agilidad. Yo, sin embargo, sigo pleno en todas mis capacidades, aunque cada día me siento menos deseoso de continuar amarrado a tu destino. Ustedes han aprovechado sus momentos de ocio, cenas, bailes, diversión, paseos y muchas noches en vela. Siempre, mientras ustedes se divierten, me obligas a hacerme a un lado, me relegas a segundo plano. En
cambio, en los pocos momentos que dedicas al trabajo me exprimes, me conviertes en tu esclavo, no me das descanso, me obligas a recordarte cualquier cosa que te pareció importante, debo revisar todo lo que haces, corregirlo, modificar los reportes y las descripciones que escribes así como los croquis que dibujas o tratas de explicar. Con menor frecuencia que antes hemos participado en algunos casos nuevos, en todos ellos Sofía lleva la voz cantante, es el centro de atención y quien decide los pasos a seguir. Es normal, ella se viste de forma que puedas disfrutar de sus encantos, descubrió lo que le dan poder sobre ti y los utiliza a su conveniencia, aunque debo de aceptar que siempre te beneficia entregándote los éxitos en bandeja de plata, éxitos que te proveen de excelentes beneficios económicos, reconocimiento y premios a nivel mundial.
Capítulo IX Entra Sofía a nuestro despacho trayendo una carta en la mano, te la entrega. Te sorprendes al leer su remitente, es de tu amigo el doctor Faruk Hechem. Hace varios años que no lo vemos. La lees con detenimiento. En ella te pide que lo visites en Puerto Vallarta, asegura que es urgente. Sofía se encarga de preparar cuanto es menester mientras tú terminas de escribir uno de tus largos reportes. Salimos con destino a Puerto Vallarta, insistes en ir en tu coche, manejas de forma endemoniada, como si no hubiese un mañana o la vida de Faruk dependiera de la hora de nuestra llegada. Recorremos los ochocientos treinta y nueve kilómetros que nos separan en tiempo record: siete horas y cinco minutos. Llegamos a la casa de Faruk, espléndida mansión de estilo arabesco, más bien de estilo Timúrido. La noble construcción con sus cúpulas acebolladas y su simetría axial tan representativa no dejan lugar a dudas. Faruk llevó al exceso su gusto por este tipo de arquitectura al incluir múltiples cúpulas dobles de diferentes tamaños y el colorido brillante de los decorados de las fachadas, hasta se dio el gusto de incluir un minarete en el extremo más propicio de la descomunal construcción. Los largos jardines con sus espejos de agua ocupan la mayor parte de las siete hectáreas. La reja que separa a nuestro mundo del santuario de Faruk se abre de improviso, a los dos costados de esta se encuentran sendas casetas de vigilancia, de una de ellas sale un vigía y nos saluda con los movimientos y reverencias propios de la cultura Árabe. —As-Salamu Aleikum—pronuncia el fornido vigilante. —Aleikum As-Salamu—respondes. —Adelante Señor Archer, el doctor Faruk lo espera al final del camino. Agradeces al vigilante y reinicias la marcha. Estos últimos setecientos metros entre árboles de todas las especies, verdes jardines cuidados con esmero y saltarinas fuentes calman el estrés causado por la alta velocidad y el largo viaje. Efectivamente, el septuagenario Faruk nos está esperando al pie de una escalera que conduce a la amplia terraza que sirve de acceso a su mansión. En cuanto paras el auto Faruk muestra su beneplácito. —As-Salamu Aleikum querido amigo. —Aleikum As-Salamu estimado doctor Faruk. Descendemos y ambos se abrazan en demostración del gran cariño y respeto que cada uno siente por el otro. Faruk, con sus tradiciones arraigadas, te besa en la
mejilla, no te retiras, conoces sus costumbres, y con tu mentalidad cosmopolita ese tipo de demostraciones ya no te sorprenden. Sofía baja del auto por la puerta del acompañante. En cuanto Faruk la ve exclama: —Habibi ya nur el ain. Sofía queda sorprendida del tono de Fraruk, aunque no comprende lo que aquel dijo se ruboriza, sonríe y contesta. —Buenas tardes Doctor. Los tres reímos y Sofía se muestra molesta. —El doctor Faruk acaba de decirte: 'Mi amor, eres la luz de mis ojos'.—volteas hacia Faruk y le presentas a Sofía—Doctor, Sofía es mi agente en México y, debo confesárselo a usted, la mujer que me tiene enloquecido. —Mucho gusto hermosa mujer—le dice a Sofía y levantando su flamígero dedo a la altura de tu pecho, añade:—Ya era hora James, Ya era Hora. Nuestra recepción ya la tenían preparada, apenas acercarnos a la puerta ya estaban preparadas nuestros sandalias. Tras las obligadas abluciones, cuatro criados, uno para ayudar a cada uno de nosotros, nos calzan con ellas. Entramos en aquella extraña mansión, todo en su interior muestra exquisita sobriedad y pone de manifiesto la cultura y el poder económico de nuestro amigo el doctor Faruk. Recorremos las amplias estancias hasta llegar al comedor, aquí, nuestro amigo ha mezclado las comodidades de la cultura occidental con la exquisitez que los orientales tienen en relación con el acto, tan natural, de alimentarse. Viandas muy variadas están dispuestas para aquel que desee degustar de ellas, malfut, falafel, rajif, humus, cous cous, tajine, harira, mechoui, kupe, etc. Un verdadero festín oriental. La comida es amenizada con cánticos en idioma Árabe. Después del postre, a la hora del café, dos esculturales bailarinas deleitan nuestras pupilas. Sofía aguza el oído cada vez que Faruk en su idioma te comenta algo. Te sientes en la obligación de traducirle cuando es posible, y cuando no, que es la mayoría de las veces, le inventas la traducción causando la hilaridad de Faruk con tus ocurrencias. Cinco horas después, tras larga plática de temas y recuerdos variados, Faruk, con voz engolada anuncia: —Querido James, hermosa Sofía, necesito de su ayuda, una queridísima amiga ha desaparecido y me siento en la obligación de actuar. —Estamos a su entera disposición—respondes. —Es en la ciudad de Sisimiut, Groenlandia.
—No importa Doctor, allí estaremos—es tu respuesta. Faruk nos pone al tanto de los detalles y nos entrega la llave de una casa en aquella población. Decides salir de inmediato.
Capítulo X Llevamos treinta días en este inhabitable lugar. Sólo a ti se te pudo ocurrir aceptar este trabajo, Sisimiut o Holsteinsborg como antiguamente se llamaba, en esta temporada del año es, en verdad, la antípoda del infierno. Me parece increíble que alguien desee vivir a setenta y cinco kilómetros del círculo polar ártico en un lugar como este, a la orilla del mar, en el que las bajas temperaturas están sometidas al viento y la humedad haciéndose sentir más inclementes y penetrar hasta el tuétano. Desde nuestra llegada la presencia de Hans Moztzfeld, amigo de Faruk y propietario de la casa, no te permite sentirte a gusto. Las muestras de cortesía del nativo para con Sofía te desagradan poniéndote celoso. Y mayor es tu descontento al ver que ella las acepta sin reparar en las posibles intenciones del danés. La extraña desaparición de la hermosa y acaudalada propietaria de la charcutería “Delicias” sigue sin esclarecerse. Motzfeld, Sofía y tú han investigado a fondo la situación. Gracias a su suspicacia, y a las horas que ella dedicó a la lectura de los archivos oficiales del pueblo de Sisimut, pudo la chiquilla fincar una hipótesis que, en principio, a Motzfeld y a ti les pareció descabellada. Durante varias noches los tres estudiaron los datos que ella consiguió y decidieron un plan de trabajo. Aún sin esclarecer la desaparición de Henriette Thorvaldson. Es lo que informa la voz encargada de las noticias locales en el noticiario radiofónico nocturno. Al escuchar el reporte, en el rostro de Hans Motzfeld se esboza una amplia sonrisa. —La extraña desaparición—repite Hans con tono burlón. —Sí, muy extraña—añade Sofía. Te molesta la forma en que ambos ríen, los celos se apoderan de ti y si no fuese por Faruk, quien te pidió ayuda, ya hubieses abandonado este lugar y mandado al diablo, o matado, al estúpido de Motzfeld. No está en tus manos acortar nuestra estancia en este gélido lugar hasta no dilucidar lo sucedido con la amiga del Doctor. Maldición, una vez más Motzfeld canta, el sonido grave de su voz se entremezcla junto con tus pensamientos y el sonido de las campanadas del reloj de la nueva iglesia roja que el viento trae desde la calle. Hans cuenta cada campanada, una por una, lo hace en voz alta mientras permanece estático, como si al moverse pudiese perder la concentración y en ello le fuese la vida. —Fueron diez, sólo diez—dice Hans. —Aún faltan dos horas—afirmas preocupado.
—Dos horas y este asunto estará zanjado—añade Sofía. Observándolos bien a ti y al nativo puedo percibir que a los dos los une esa manía de regirse por el reloj. Motzfeld lo hace por el de la iglesia, cuenta las campanadas, afirma tener esa costumbre arraigada en él desde muy pequeño y por ello explica lo innecesario que es para él cargar con un reloj. Por tu parte, cargas uno en la muñeca derecha y, por si fuera poco, otro de bolsillo; ambos los consultas de manera constante. Hans Motzfeld asegura que nada especial ha sucedido este día. Para él y la mayoría de los habitantes de Sisimiut es un día común, igual a cualquier otro. Nos cuenta que su trabajo fue tan rutinario que no hubo necesidad de salir a la calle y sufrir el rigor del clima. —Me enfrasqué revisando algunos papeles y archivos. —Algo, por demás, aburrido—comenta la chiquilla. La voz de ella taladra tus tímpanos, se vuelve cada vez más insoportable para ti escucharla hablar con Motzfeld. Según él, al igual que todos los días de invierno en Sisimiut, por la mañana nevó a intervalos, la nevada se volvió constante desde el mediodía y al caer el ocaso el viento intensificó la velocidad de sus ráfagas. El severo invierno groenlandés, con su característico viento gélido golpeando sin clemencia todo cuanto encuentra a su paso y con el lánguido susurro de los minúsculos copos de nieve al cortar el aire obligó a los habitantes a recluirse en sus casas. Sólo por alguna razón muy especial algunos locos o valientes se permitirán abandonar el resguardo de sus hogares y enfrentarse a la invernal tormenta. Sobresaltado Hans se asoma por la ventana, llaman su atención los aullidos de sus seis enormes perros spitz polar. Los canes ladran en la oscuridad de la noche y se azotan contra la reja de la gran jaula que los mantiene acorralados. Con esmero el hombre escudriña la calle de una esquina a otra, revisa cada sombra, estudia una a una todas las ventanas, observa con detenimiento cada portal, rebusca tratando de sorprender alguna sombra detrás de cada poste. —Nunca antes la calle Aqqusinersuaq ha estado tan solitaria—afirma. Ninguno de nosotros le contesta, guardamos silencio. Una vez que se ha asegurado de la soledad reinante en su calle Hans continúa su actividad. Sujeta una vez más, de manera enérgica, el cuchillo y con movimientos metódicos corta grandes trozos de carne. La actividad lo abstrae del ruido provocado por las bestias. A cada nueva incisión la sangre mana y aumenta el charco formado a sus pies. Sofía observa, a dos metros de distancia, el charco y la actividad de Hans, su
rostro demuestra el asco que le causan las espesas gotas rojas que bajo los efectos de la luz generan rubicundos brillos. Los animales ladran a ratos, en otros aúllan o gimen cual lamento de alma en pena, como reclamo por el entumecimiento de sus patas a causa del suelo congelado que las hiere con su invisible daga; la variación térmica cobra su tributo en las estalactitas que se forman en sus hocicos quemando y lacerándoles la piel. Cada vez que Hans calcula tener tres kilos de carne en trozos los guarda en una bolsa de plástico y la deposita en el congelador. Al terminar con el último corte guarda todo, limpia con esmero la mesa y el piso. Se afana por asear hasta el último rincón, revisa con detenimiento la pulcritud de su cocina. Se despoja con cuidado del delantal y lo deposita en el incinerador de basura. Asea y desinfecta sus brazos y manos. Cansado por el esfuerzo realizado al cortar ciento cuarenta y cinco kilos de carne de foca, este animal representa el aspecto más importante de la dieta inuit y es, a menudo, la parte más importante. Adolorido por la incómoda posición mantenida por tanto tiempo y con las manos agarrotadas por el esfuerzo al cortar los huesos con el hacha, Hans suspira y estira los músculos. Hace tronar cada uno de los nudillos de sus manos. Tras algunos segundos de contorcionismo grotesco toma una de las bolsas de carne y, satisfecho por el trabajo realizado, se dirige al jardín cantando algo en su lengua natal. Antes de salir le escuchamos felicitarse a sí mismo por la ocurrencia de encender la fogata con anticipación, ahorrándose el tiempo de exposición al frío que hubiese representado la espera a que calentase la parrilla. Los tres lo observamos por la ventana, al resguardo del inclemente clima. Al llegar junto a la parrilla se acuclilla y coloca los trozos de carne con la misma minuciosidad que se tiene al seguir un antiguo ritual. Acomoda cada trozo, lo gira, vuelve a acomodarlo, busca un lugar adecuado para cada uno. Cuando está satisfecho de la colocación los vigila. Ya con anterioridad nos comentó sobre la gran importancia que tiene la perfecta cocción de la carne de foca. Vemos como el calor de la fogata poco a poco lo reanima al cubrirlo con su cálido abrazo y es notorio el desentumecimiento de su cuerpo permitiéndole moverse con mayor facilidad. Mientras lo observamos por la ventana Sofía nos cuenta una intimidad que Hans le confió. —Henriette Thorvaldson, la dueña de la charcutería, y Hanz se enfrentaron en varias ocasiones a causa de la forma despreciativa, casi zahiriente, de tratarlo. Él mantiene en su corazón una dualidad de sentimientos para con ella, la admira, se puede decir que la ama y, sin embargo, al mismo tiempo la odia. Es un fuerte resentimiento de muchos años nacido desde la escuela básica el mismo día en que ella se permitió ridiculizarlo ante todos sus compañeros. Aún persiste en su
corazón el dolor que causó aquella burla inmisericorde porque él, siendo un inuit autóctono, se permitió decir que ella, arrogante descendiente de vikingos, era su amiga. El señor Motzfeld asegura que Henriette es la mujer más bella que ha nacido en Sisimiut, asevera que lo hermoso y marcado de sus facciones, el brillo cautivador de su rojiza cabellera, lo característico y terso de su blanquísima piel a pesar de la despreciativa mirada de sus penetrantes ojos grises, el tono seductoramente grave de su autoritaria e injuriosa voz y la petulancia indomable de su carácter, la hacían una mujer única. No hacemos comentario alguno, la vida del tal Hans no tiene importancia para nosotros. Seguimos observando a Motzfeld por la ventana. Él, inmerso en sus pensamientos, no se percata del ruido que hacen los perros al estrellarse contra la reja, no escucha sus ladridos lastimeros producto del intenso frío. A pesar de que en repetidas ocasiones voltea hacia donde se encuentran los animales, él no los ve, su vista sigue hacia el horizonte cual si fuesen seis espectros a los cuales pudiese traspasar con la mirada. Al parecer su mente está muy lejos, más allá de la materialidad tangible de los canes. Sin embargo, los animales se sienten observados, aunque se trata de su dueño gruñen un poco, se mueven incómodos de un lado a otro y terminan por silenciarse. El aroma de la carne asada es el detonante para obligar a Hans que regrese a la realidad. Él se siente satisfecho con su vida y sus logros, ha cumplido todos y cada uno de sus deseos y metas, pero no por ello dejan de molestarle los recuerdos. Al igual que lo hace con Hans y con nosotros el olor provoca reacción en los perros, su anterior comportamiento errático ahora se convierte en inquieto estatismo. Saben que la hora de comer está muy cerca y el perfume en el aire les presagia opípara cena. Aunque los seis perros se mantienen quietos, el silencio que guardan y su atenta mirada son muestra de lo que esperan recibir por parte de su amo, una generosa y suculenta compensación. Hans retira del fuego uno a uno los trozos de carne, al terminar se yergue con su característica agilidad y, al tiempo que gira sobre sus talones, inicia el recorrido hasta alcanzar la jaula de sus animales. Sostiene el platón en una mano mientras con la otra destraba el gancho que hasta el momento ha mantenido la reja cerrada. Deja que la puerta se abra de par en par azotándose contra uno de los costados de la jaula a causa del fuerte viento. Dirigiéndose a los feroces animales cual si de un grupo de niños se tratase le oímos decir: —La cena está lista, “nenes”, vamos adentro.
Los tres tensamos nuestros músculos y nos ponemos alerta al momento que los animales entran en tropel a la casa siguiendo al amo, mejor dicho, brincando en derredor del aromático contenido del plato. —Sofía, James, vengan a cenar. Te molesta escuchar el nombre de la chiquilla pronunciado por los labios del danés. Nos sentamos a la mesa, Hans obliga a los seis perros para que se sienten en torno suyo y permanezcan quietos. La obediencia de sus animales y la docilidad que demuestran para con él siempre han sido motivo de orgullo y presunción para el hombre. Siguiendo el ritual diario, Hans alimenta a sus perros con la mano derecha al mismo tiempo que él come con la mano izquierda. Una y otra vez a cada uno de los perros le da un trozo de carne cruda y lo deja lamer su mano, siempre en el mismo y estricto orden, iniciando por rots y continuando con sergeant, stark, groß, zoet y vreemdeling. Nosotros hemos terminado de cenar y Hans continúa engullendo cantidades increíbles de comida. Este tipo sí te gana a comer, te digo. Al ser Hans un hombre de gran apetito, educó a sus perros de igual forma. Cuentan los que lo conocen que jamás escatimo gastos a costa de la alimentación de sus animales. Nos llama la atención ver que le entrega pequeñísimos trozos de carne a cada animal. Tú te permites reprenderlo: —Hans, usted debería comer menos y darle a los pobres animales trozos más grandes. —No señor Archer, hoy es un día especial, así aumento su hambre y les genero la intranquilidad necesaria. El danés se sirve una generosa cantidad de whisky y hace lo mismo en otro vaso que te entrega. A Sofía le entrega una copa de vino tinto. Descansa los pies sobre la silla más cercana y le pide a la chiquilla que repita uno a uno todos los movimientos necesarios para llevar al cabo lo planeado. Lo absurdo del plan, la irracionalidad de los cómplices y las muy altas posibilidades de que todo sea un rotundo fracaso te tienen preocupado desde el momento mismo en que idearon este golpe. Durante varios días han revisado cada movimiento con el firme propósito de mecanizarlos. Ahora lo hacen una vez más mientras esperan la hora fijada para llevarlo al cabo. El reloj de la nueva iglesia roja deja escuchar sus campanas con la misma mustia monotonía. Sofía anuncia: —Señores, es media noche, la hora ha llegado.
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