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ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

Published by caropublicidad2, 2020-12-21 22:00:43

Description: Los cuentos que hoy se presentan al público lector y que llevan por título “Entre la Realidad y la Ficción”, tienen cada uno un marco histórico reconocible. Se utiliza el dónde y el cuándo como referentes escenográficos para desarrollar allí un cuento de ficción y son el resultado de lo aprendido por los estudiantes del Taller de Escritura Creativa que ofrece la Biblioteca Pública Ramón Correa Mejía de la ciudad de Pereira - Risaralda.

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Entre REALI DAD y la Ficción la ROSITA LA DE LA RISITA JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA Para inicios de febrero de 1972, era apenas un niño pequeño e inocente que hacía las tareas del colegio con cierta responsabilidad. Adoraba la serie “El Zorro” de Walt Disney cuyo protagonista era Guy Williams. Con mis amigos jugaba en los recreos utilizando largas ramas secas que se convertían en espadas y que servían para encuen- tros épicos de “esgrima vegetal” rememorando a ese héroe vestido de negro, sobre un corcel negro y de antifaz negro. Íbamos de regreso a casa en el bus que nos repartía por la larga avenida de ese municipio cargado de buenos recuerdos. La profesora Rosita, la de la risita, y quien era la encargada de vigilar a los niños para que no se pelearan o se pegaran chicles en el pelo, nos dijo que dejáramos de gritar. La profesora Rosita era grandota, de cuerpo más bien cua- drado y piernas gruesas. Tenía el pelo rizado y se lo aplastaba sobre las sienes con feos y grandes ganchos para el cabello y yo creo que usaba gomina porque parecía que lo llevara mojado todo el tiempo. Tenía una fuerza de mil demonios pues podía alzar a cualquier niño con facilidad y sentarlo donde ella quisiera si la pobre alma infantil se portaba mal. 51

Entre REALI DAD y laFicción la Noreña, que iba a mi lado, había sacado de su ma- letín de cuero la regla metálica de matemáticas, y yo la mía de plástico verde, y así, iniciamos una lucha sin cuartel de espadas métricas en el último asiento del bus que no tenía aire acondicionado, ni sillas ergonómicas, ni radio. Atrás yo iba venciendo al enemigo cuando escuchamos los pasos atronadores de Rosita la de la risita, que nos cogió a No- reña y a mí y nos sacudió como un par de bultos de papas para que soltáramos tan peligrosas armas con las que no solamente medíamos las líneas geométricas, sino que tam- bién medíamos nuestra habilidad de esgrimistas. La enorme fuerza de Rosita nos tumbó al suelo y por cosas del destino quedamos los dos debajo de la fal- da roja de Rosita. Entonces en medio de las risas miramos hacia las inconmensurables alturas y en medio de las altas columnas que se erguían forradas en pantimedias, vimos un extraño bulto. La profesora nos levantó rápidamente, nos puso en los asientos y con voz de trueno nos indicó que nos quedáramos como estatuas. Yo lo intenté, pero el recuerdo de lo que vi me obligaba a querer decir algo y al parecer, a Noreña le pasaba lo mismo pues nos mirá- bamos con ojos de asombro. Llegamos al paradero de mi casa donde nos bajamos Noreña y yo, pues él vivía a dos cuadras de la mía. No dijimos nada. Entré a mi hogar mientras me reía. Mi madre con- tagiada por la risa me preguntó cuál era el chiste tan bueno. —Es que la profe Rosita… Jajaja… No usa calzoncillos. —dije tostado de la risa. —Pero hijo…—dijo mi madre poniéndose seria— Las señoras no usan calzoncillos. —¿Queee? —dije asombrado por lo que acababa de oír. 52

Entre REALI DAD y la Ficción la Entonces le conté cómo había quedado debajo de la falda roja de Rosita y cómo había visto lo que vi. Se que- dó tan seria que la risa se me acabó. Pasaron los días de sofoco de aquellas vacaciones en las que no hice nada especial. Jugué, vi el estreno de Campeones de la Risa que años más tarde sería el famoso programa Sábados Felices y que durante muchos años ha acompañado a las familias colombianas, fui a misa y de vez en cuando, iba a la tienda para hacer los mandados diarios que por lo general eran dos cubos de caldo de gallina, un atado de panela, dos puchas de arroz, dos sellos de Mejoral y media libra de fríjol bola roja. Regresamos a clases por fin, pero nunca más vol- vimos a ver a la profesora Rosita. Pasados unos días, otra profesora empezó a cuidar a los niños y yo me enamoré por primera vez, porque ella, era la profe más hermosa del mundo, la más divina. Nunca, ni por accidente, se volvió a mencionar a la profesora Rosita, la de la risita nerviosa. Yo la olvidé por completo hasta hace algunos años, cuando temas como la diversidad sexual se empezaron a mostrar como un dere- cho de cualquier ser humano. Este escrito no es más que el recuerdo de un momento de mi vida en el que seguramente esa persona, la profe Rosita, tuvo que sufrir mucho en medio de una sociedad que iba a tardar demasiado en entenderla. Y en cuanto a la maestra divina, esa relación se acabó de manera natural por culpa de Elisa, la niña que vivía a tres puertas de mi casa y que me robó un beso de camino a la tienda cuando yo iba a comprar un atado de panela y dos cubos de caldo para la sopa de mi madre. 53

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Entre REALI DAD y la Ficción la UN ATAÚD PARA El ALCALDE ANA CRISTINA TAMAYO G Don Jairo decidió tomarse un café en su escritorio disfrutando el silencio que reinaba en su empresa al finali- zar una semana de trabajo, pero el timbre del teléfono inte- rrumpió el silencio del lugar. Tomó la bocina para contes- tar. —Indufúnebre Colombiana, buenas tardes. —Murió el alcalde —Fueron las palabras que es- cuchó. Ese último trago de café le supo tan amargo como la noticia que acababa de recibir. —¿Con quién hablo? —Don Jairo soy yo, Ruperto, de El Último Aliento, la funeraria de Ciudad Bolívar. 55

Entre REALI DAD y laFicción la —Ahh…hola hombre, ¿qué fue lo que pasó? —Don Jairo después le cuento, por ahora necesito un ataúd, es que no tengo uno bonito para el alcalde. —Hombre, pero es que ya cerré y no tengo traba- jadores ¿cómo voy a pagar un transporte sólo para una caja, si Ciudad Bolívar queda a 5 horas de Me- dellín? —Don Jairo, a las dos sale la última chiva, consiga un trabajador que traiga la caja que yo le pago todo el viaje. Es que nadie más me quiere hacer el favor. Don Jairo se fue a comprobar si Rafael, su traba- jador de confianza, no se había ido ya para su casa, pues las gentes salían temprano a encerrarse en casa por la vio- lencia de tanto sicario de la banda de Pablo Escobar que se había apoderado de la ciudad — ¡Rafael! —Le gritó al ver que acababa de salir de la empresa e iba por la esquina. A Rafael le subió un escalofrío por la espalda y no tuvo más remedio que devolverse corriendo para la empresa. —Rafael, ¿Usted se iría en una chiva para Ciudad Bolívar a llevar una caja urgente? —Claro que sí Don Jairo, pa las que sea— Respondió Rafael. Entre los dos, subieron el mejor ataúd al carro fú- nebre de la empresa y se dirigieron rápido al terminal, pues ya eran casi las dos y no podían perder la última chiva. El chofer les dijo: — ¡Súbala y amárrela que nos vamos por pura tro- cha!— 56

Entre REALI DAD y la Ficción la Como pudieron izaron el féretro al techo de la chi- va. No se sabe cómo, pero llegó sana y salva hasta la parte superior del vehículo. La vía estaba en muy mal estado y por la lluvia había mucho pantano en el camino, con esa manera en la que se movía el vehículo inter veredal, jamás el pedido iba a llegar sano y salvo a su destino. Parecía que el clima estaba obedeciendo a sus pensamientos; unas go- tas de lluvia se precipitaron directamente sobre ataúd. Lo- gró cubrirlo y segundos después se soltó un aguacero de tal magnitud, que Rafael tuvo que escamparse en el único sitio donde podía hacerlo: dentro del hermoso ataúd destinado para el alcalde. La chiva fue recogiendo gente en el camino hasta sobre pasar el cupo permitido; algunos pasajeros empeza- ron a subirse al techo del bus y se sentaron lo mejor que pudieron alrededor del ataúd. Rafael estaba tan estresado y cansado que se ha- bía quedado dormido en el interior acolchado del féretro y al despertarse acalorado, levantó lentamente la tapa, y para comprobar si ya había escampado, sacó una mano. Lo sorprendió la gritería que escuchó a su alrededor. La chiva frenó en seco mientras los pasajeros saltaban gritando en el techo del bus. El ataúd se había abierto del todo y los pobres pasajeros habían visto con terror que el “muerto” se incorporaba quedando sentado. Algunos que se quedaron, tal vez los más valientes con machete en mano, pretendían devolver al resucitado a su caja, pero la corneta del bus con su estruendo, hizo que todos se quedaran callados. El Con- ductor de la “Chiva” comprendió lo que estaba pasado y les gritó entre asustado y divertido. 57

Entre REALI DAD y laFicción la — ¡Es el ataúd para el alcalde y este hombre lo está custodiando desde Medellín para que puedan ha- cerle la velación! Todos bajaron los machetes yalgu- nos intentaron reírse de su propio miedo, pero su tristeza por la muerte del alcalde se vio reflejada en sus rostros. Como había tantos heridos por haberse tirado de la chiva, los sanos ayudaron a subir a los lastimados y el resto se fue detrás, con las velas en- cendidas custodiando el ataúd. Al llegar al pueblo, la primera parada fue al frente del hospital para dejar a los heridos y la segunda, fue en la funeraria para entregar el ataúd del alcalde, cuya familia ya llevaba varias horas en la sala de su casa esperando el féretro para su velación. 58

Entre REALI DAD y la Ficción la UN CONTACTO CON EL MAS ALLÁ ANA CRISTINA TAMAYO G Corría el mes de junio del 2001. Bogotá estaba en alerta por la fuga de presos de la Picota que había dejado cinco muertos y ciento nueve presos fugados a los que las autoridades les habían perdido el rastro. La capital seguía siendo muy insegura y por esos días a mi esposo le dieron unos días libres en el trabajo por lo que decidimos viajar a Santa Marta a visitar a sus padres y alejarnos un poco del caos. La casa paterna fue construida frente a la playa de la bahía en un barrio residencial. Se trataba de una casa grande con hermosos ventanales, puertas de madera con vidrios de colores y columnas que sostenían el techo de la amplia terraza que permitía disfrutar no sólo del paisaje marino y la brisa, sino observar a los pescadores que llega- ban en las mañanas con sus canoas llenas de pescado y que la familia y los vecinos se apresuraban a comprar. 59

Entre REALI DAD y laFicción la A los tres días de haber llegado, el clima era más caluroso que de costumbre y esa noche no lográbamos conciliar el sueño. Recuerdo que me desperté con la gar- ganta seca, miré el reloj y eran las 3:00 a.m. entonces serví un vaso con agua fría y me dirigí a la terraza para refrescar- me. Miré hacia la playa y la tranquilidad invadía la noche clara de luna llena. Observé a lo lejos las siluetas de una pareja que me hacía señales y creyendo que se trataban de mi cuñada y su esposo, decidí unirme a ellos, caminar un poco y refrescarme. En la medida en que me acercaba, la brisa suave alcanzaba a levantar un polvillo de arena que molestaba los ojos. Sentí un frío extraño que recorría mi espalda y la pareja comenzó a alejarse haciendo caso omiso a mis llamados de espera. Cerca de donde estaba, se adivi- naba la silueta de un bote que los pescadores habían dejado atracado en la playa y pensé descansar un rato dentro de él para calmar mis temores y esperar el regreso de los que creía, eran mis cuñados Cuando me acerqué al bote, observé que sobre- salía un bulto cubierto por una lona, e imaginé que tal vez los pescadores habían dejado allí las atarrayas, lo que no era normal porque generalmente los dejan vacíos. Al aproximarme, una imagen terrorífica se presentó ante mis ojos y un grito de angustia salió de mi garganta. Una mu- jer cuyo rostro estaba cubierto de sangre, sobresalía por una esquina de la lona que la cubría y que también estaba completamente ensangrentada. Junto a la mujer había otra silueta y entendí que se trataba de dos personas muertas. Algunos cangrejos caminaban sobre la lona y pellizcaban con sus pinzas el rostro de la mujer. Quise correr y pedir auxilio pero no pude, estaba paralizada, las piernas no me respondían y el corazón se me quería salir. La luna se cu- brió de nubes y la brisa se hizo cada vez más fuerte y fría. Miré hacia la casa y vi que mi esposo había encendido las luces y me llamaba, pero no me veía. No sé cuánto tiempo 60

Entre REALI DAD y la Ficción la permanecí en ese estado, comencé a sudar angustiada y por fin logré que de mi garganta saliera un grito desgarrador. En ese momento abrí los ojos. Estaba soñando y acababa de despertar. Estaba rodeada por mi familia, quie- nes angustiados no lograban según ellos, despertarme de la pesadilla que tenía. Aliviada, les conté mi terrible sueño y di gracias a Dios al saber que sólo se trataba de una pesadi- lla y tomé una ducha. Como a las 6 de la mañana escuchamos las sirenas de la policía. Nos levantamos y vimos la playa llena de pes- cadores, los que ese día no salieron a buscar su sustento. Salimos a preguntar qué ocurría y un policía se acercó para averiguar si habíamos escuchado o visto algo sospechoso durante la noche. Nos informó que habían encontrado los cadáveres de una pareja joven sin documentos de identifi- cación, posiblemente “cachacos” y golpeados brutalmente. El crimen no había ocurrido en la playa, los llevaron allí y los dejaron en la canoa. Detuvieron al dueño del bote que estaba extrañado y asustado. Yo no salía de mi asombro y mi familia me miraba extrañamente pues no entendían como mi sueño, ahora era una realidad palpable y terrible. Han pasado muchos años desde aquel extraño su- ceso que vi en un sueño y que luego se convirtió en rea- lidad. Aunque la policía no logró resolver el caso, sospe- chaban que el hombre era uno de los presos fugados de la cárcel La Picota, pues en uno de sus bolsillos había una boleta para reclamar comida en el rancho de la prisión y decían que la mujer tal vez era su amante. No dejo de orar por esa pareja que tal vez quiso contactarse conmigo. Si bien en la vida de muchas perso- nas suelen ocurrir sucesos como el que he narrado donde el sueño y la realidad rompen las barreras de lo desconoci- do en un instante mágico y extraño, también es cierto que nunca lograremos encontrar una respuesta lógica a estos acontecimientos. 61

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Entre REALI DAD y la Ficción la WAAN KU BARYAYAA, AMIIR SHAYDAAN NANCY JANET MONTOYA Le contaré sin entrar en detalle, y esperando que- rido lector, que no desee ahondar en el asunto, cómo em- pezó a visitarme el diablo. Todo comenzó en una discoteca popular en mi ciudad: “Los Mangos”, un antro decorado pobremente como un Saloon del “Salvaje Oeste” al que acudía con cier- ta frecuencia. Seguramente leyó usted la noticia por ahí, pero debo decirle que ese relato no le hizo justicia a la verdad que hoy, voy a revelarle. En cuanto empecé a frecuentar los bares, cumpli- dos los 18 años, me fui acostumbrando a atraer las mira- das lascivas de los hombres y embriagarme a costillas de aquella jauría libidinosa. En parte por mi espíritu rebelde y 63

Entre REALI DAD y laFicción la hedonista, pero, principalmente, por llevar la contraria a mis padres que se esmeraban por sobreprotegerme. (Aho- ra lo lamento) Esa noche en la disco, con muchas copas encima y escasa ropa, me convertí en el centro de la fiesta. Po- cas veces atraía mi atención algún espécimen masculino (tampoco femenino, he de aclarar para evitar confusiones), pero él me sedujo desde el primer momento. Sé que aque- llo no fue natural, de algún modo se metió en mi cerebro como una alimaña. Era alto, moreno, usaba un atuendo retro y muy serio para su edad. Desde que llegué noté su mirada ocre clavada en mi escote y no pasó mucho tiempo antes de que estuviéramos bailando pegados, como si nos conociéramos. Al comienzo pensé que todo estaba premeditado, que me había seguido la pista y cazado en aquel bar, pero no, querido lector, habría podido ser cualquiera, solo que yo tuve la mala suerte y el descuido, de caer en su red, pues estaba en el sitio equivocado a la hora equivocada. Cuando vi sus cascos caprinos, asomando en la bota de los pantalones, me desmayé, pero ese fue solo el comienzo. Se pegó a mi alma y a mi cuerpo como una garra- pata, pues desde ese día se acostaba a mi lado casi todas las noches. En algunas ocasiones se presentaba como el chico guapo de la disco, y yo accedía a su cortejo febril sin oponer mayor resistencia, pero otras veces era una especie de animal, con cuernos en forma de lira y una barba larga y espesa. Lo que hacía más incómoda su presencia era el olor rancio azufrado que se intensificaba cuando se exci- 64

Entre REALI DAD y la Ficción la taba. Parecía que disfrutaba sometiéndome y poco a poco se fue abandonando a su forma real, que provocaba en mí una especie de náusea violenta en la que encontraba placer. Se preguntará querido amigo (perdone que le diga amigo, pero es que sin duda lo es) de cómo era posible que mis padres no se alarmaran ante aquel jadeo nocturno casi cotidiano. Pues bien: no cualquiera podía verlo, ese “privi- legio” me estaba reservado. Al principio mis gemidos les produjeron alguna preocupación, pero pronto se resigna- ron a la idea de que tenían una hija adicta al sexo a solas; y yo, bueno, yo no tenía ninguna intención de sacarlos de su error, nadie lo creería, mi mejor amiga casi me lleva al manicomio cuando ingenua, la quise poner al tanto. Han pasado 16 años desde que él se acomodó en mi cama, y no solo posee mi cuerpo sino también mi ener- gía, siempre estoy cansada y apática, en tratamiento psi- quiátrico porque la única explicación que tienen para esto es que estoy loca, que todo está en mi imaginación. ¿Pero, sabe? No hay mal que dure cien años, ni diablo que lo resista o al que le apetezca tener sexo con una anciana, así que accedió a marcharse a cambio de un fa- vor, solo tengo que conseguir que otra persona pronuncie la frase: “Waan ku baryayaa, amiir shaydaan” para que él pueda ingresar a su mente y conseguirme un relevo. Y no… no tiene que ser en voz alta… ni tiene que ser una mujer. 65

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