Morris asintió con la cabeza: —Superordenadores muy poderosos. Para darle una idea, tres «Cray» representan más potencia para el procesamiento electrónico de datos que la que pueda tener cualquier otra compañía privada norteamericana. E «InGen» envió las máquinas a Costa Rica. Cabe preguntarse por qué. —Me rindo. ¿Por qué? —dijo Grant. —Nadie lo sabe. Y los «Hood» son todavía más preocupantes — prosiguió Morris—. Los «Hood» son secuenciadores automatizados de genes, máquinas que resuelven por sí solas la secuencia del código genético del ADN. Son tan nuevos que todavía no figuran en las listas de equipos restringidos. Pero es probable que cualquier laboratorio de ingeniería genética cuente con uno de esos secuenciadores, si es que puede pagar el medio millón de dólares que cuesta ese equipo. —Con un rápido movimiento del índice, Morris pasó las hojas de sus anotaciones —. Bueno, parece que «InGen» envió veinticuatro secuenciadores «Hood» a su isla de Costa Rica. Una vez más dijeron que era una transferencia interdivisiones, y no una exportación —dijo Morris—. No hubo mucho que la OTT pudiese hacer. Oficialmente, a ellos no les interesa el uso. Pero resultaba obvio que la «InGen» estaba montando una de las instalaciones de ingeniería genética más poderosas del mundo en un oscuro país de América Central. Un país sin reglamentaciones. Esa clase de cosas ya ocurrió antes. Ya se habían dado casos de compañías norteamericanas, dedicadas a la bioingeniería, que se mudaban a otro país para no verse obstaculizadas por reglamentos y disposiciones jurídicas. El caso más descarado, explicó Morris, fue el de la rabia Biosyn. En 1986, la «Genetic Biosyn Corporation», de Cupertino, ensayó una vacuna contra la rabia, vacuna elaborada por bioingeniería en una granja de Chile. La empresa no había informado al Estado chileno ni a los trabajadores de la granja que tomaron parte en el ensayo, sencillamente lanzaron la vacuna. La vacuna consistía en un virus activo de la rabia, genéticamente modificado para que no fuese virulento. Pero no se habían hecho pruebas para comprobar la falta de virulencia. «Biosyn» no sabía si el virus todavía podía seguir ocasionando la rabia, o no podía hacerlo ya. Peor aún, el virus se había modificado. Por lo común, la rabia no se puede contraer a menos que a uno le haya mordido un animal enfermo. Pero «Biosyn» había modificado el virus de la rabia de manera que pudiera cruzar los alvéolos pulmonares: la infección se podía contraer sólo con inhalarlo. El personal de «Biosyn» había llevado el virus vivo de la rabia a Chile, en un vuelo comercial y dentro de un bolso de mano. Morris se preguntaba a menudo qué habría ocurrido si la cápsula se 51/534
hubiera roto durante el vuelo; todos los que se hallaban a bordo del avión hubiesen podido contraer la rabia. Era atroz. Demostraba irresponsabilidad. Era negligencia penalmente punible… Pero ninguna acción se entabló contra «Biosyn». Los granjeros chilenos, que, inadvertidamente, habían arriesgado la vida, eran campesinos ignorantes, el Gobierno de Chile tenía una crisis económica de la que preocuparse; y las autoridades norteamericanas estaban fuera de jurisdicción. Así que Lewis Dodgson, el genetista responsable del ensayo, todavía estaba trabajando en «Biosyn». «Biosyn» seguía siendo tan imprudente como siempre. Y otras compañías norteamericanas se estaban apresurando a montar instalaciones en países que no tenían profundos conocimientos de ingeniería genética; países que consideraban la ingeniería genética como si fuera cualquier otro progreso de alta tecnología y, por eso, le daban la bienvenida a su tierra, sin darse cuenta de los peligros que entrañaba. —Así que por eso iniciamos nuestra investigación sobre «InGen» —dijo Morris—. Hace unas tres semanas. —¿Y qué es lo que encontraron en realidad? —preguntó Grant. —No mucho —admitió Morris—. Cuando yo vuelva a San Francisco, probablemente tendremos que cerrar la investigación. Y creo que ya he terminado. —Empezó a devolver sus cosas al maletín—. A propósito, ¿qué quiere decir «hiperespacio para crías»? —No es más que un rótulo extravagante para mi informe: «Hiperespacio» es un término para denominar un espacio multidimensional, como un ta-te-ti tridimensional. Si se tomaran en cuenta todas las pautas de conducta de un animal, su alimentación, su desplazamiento y su sueño, se podría representar el animal dentro del espacio multidimensional. Algunos paleontólogos hacen referencia a la conducta de un animal diciendo que tiene lugar en un hiperespacio ecológico. «Hiperespacio para crías» se referiría, sencillamente, a la conducta de los dinosaurios jóvenes… si uno quisiera ser lo más presuntuoso posible. En el otro lado de la casa rodante, el teléfono sonó. Ellie lo cogió y respondió: —En este preciso momento está en una reunión. ¿La puede llamar él? Con un sonido seco, Morris cerró su maletín y se puso en pie. —Gracias por su ayuda y la cerveza —dijo. —No tiene importancia —repuso Grant. 52/534
Grant caminó con Morris por la casa rodante hasta la puerta situada en el extremo opuesto. Morris dijo: —¿Alguna vez Hammond le pidió material físico de su excavación? ¿Huesos, o huevos, o cosas como ésas? —No. ¿Por qué? —¿Sufrió algún robo aquí? —¿Robos aquí? —dijo Grant, señalando el paisaje con un ademán. —Creo que no —dijo Morris, sonriendo—. La doctora Sattler dijo que ustedes hacen algo de investigación genética aquí… —Bueno, no es así exactamente. Cuando descartamos los fósiles que están rotos o que, por alguna otra razón, no son aptos para su conservación en un museo, enviamos los huesos a un laboratorio, que los muele y trata de extraer proteínas para nosotros. Después, se identifican las proteínas y el informe se nos envía de vuelta. —¿Qué laboratorio es ése? —«Servicios Médicos Biológicos», en Salt Lake. —¿Cómo lo eligieron? —Por licitación. —¿No tiene que ver con «InGen»? —preguntó Morris. —No, que yo sepa —dijo Grant. Llegaron hasta la puerta de la casa rodante. Grant la abrió y sintió la acometida del aire caliente proveniente del exterior. Morris se detuvo para ponerse sus gafas para sol. —Una última cosa —dijo—. Supongamos que «InGen» no estuviera realmente preparando una exposición de museo, ¿hay algo más que podría haber hecho con la información que contenía el informe que usted les dio? Grant rio: —Claro que sí. Podría haber alimentado a un hadrosaurio bebé. Morris rio también: —Un bebé hadrosaurio. Eso sería interesante. ¿Qué tamaño tenían? 53/534
—Algo así —dijo Grant, separando las manos unos quince centímetros—. Como una ardilla. —¿Y cuánto tiempo pasa hasta que adquiere el tamaño adulto? —Tres años —dijo Grant—. Año más, año menos. Morris le tendió la mano: —Bueno, gracias por su ayuda. —Conduzca de regreso con calma —aconsejó Grant. Observó unos momentos, mientras Morris caminaba de vuelta a su auto, y después cerró la puerta de la casa rodante. Una vez dentro preguntó: —¿Qué te parece? Ellie se encogió de hombros y dijo: —Ingenuo. —¿Te gusta la parte en la que John Hammond es el maligno archivillano? —Grant rio—. John Hammond es casi tan siniestro como Walt Disney. A propósito, ¿quién llamó? —Ah, era una mujer llamada Alice Levin. Trabaja en el Centro Médico de Columbia. ¿La conoces? —No. —Bueno, era algo relativo a la identificación de unos restos. Quiere que la llames de inmediato. 54/534
Esqueleto Ellie Sattler se apartó una hebra de cabello rubio de la cara y dirigió su atención a los baños de ácido. Tenía seis en hilera, con concentraciones molares de cinco al treinta por ciento. Ellie tenía que mantener su atención en las soluciones más fuertes, porque corroerían la caliza y empezarían a desgastar los huesos. ¡Y los huesos de dinosaurio joven eran tan frágiles! Se maravillaba que hubieran logrado conservarse, después de ochenta millones de años. Escuchaba, sin prestar mayor atención, a Grant, que decía: —¿Señorita Levin? Le habla Alan Grant. ¿Qué es eso que dice…? ¿Usted tiene qué? ¿Un qué? —Empezó a reír—. Oh, lo dudo mucho, señorita Levin… No, realmente no tengo tiempo. Lo siento… Bueno, le echaré un vistazo, pero prácticamente le puedo garantizar que es un basilisco. Pero… sí, buena idea. Sí, puede hacerlo así. Muy bien. Envíela ahora. — Grant colgó y sacudió la cabeza—. Esta gente. —¿De qué se trata? —preguntó Ellie. —Una lagartija que esa mujer está tratando de identificar. Me va a enviar un fax de una radiografía. —Caminó hacia el fax y esperó, mientras le llegaba la transmisión—. Y ya que estamos en ello, tengo un nuevo descubrimiento para ti. Uno bueno. —¿Sí? —Lo descubrí antes de que apareciera el joven. En la Colina Sur, horizonte cuatro. Velocirraptor joven, mandíbula y dentadura completas, así que no hay dudas en cuanto la identidad. Y el emplazamiento parece estar intacto. Hasta podríamos conseguir un esqueleto completo. —¡Eso es fantástico! ¿Cómo de joven? —Joven. Dos, quizá cuatro meses como máximo. —¿Y es un velocirraptor, sin lugar a dudas? —Sin lugar a dudas. Quizá nuestra suerte haya cambiado finalmente. Durante los dos últimos años de su permanencia en Snakewater, el equipo de investigadores sólo había desenterrado hadrosaurios de pico de pato. Ya tenían pruebas de la existencia de vastas manadas de estos dinosaurios herbívoros, que vagabundeaban por las planicies cretáceas 55/534
en grupos de diez o veinte mil animales, como lo harían más tarde los bisontes (búfalos). Pero la pregunta que se hacían cada vez más era: ¿dónde están los depredadores? Esperaban que los depredadores fueran poco frecuentes, claro. Estudios hechos sobre las poblaciones de depredadores/presas de los parques de caza de África y de la India sugerían que, en términos aproximados, había un carnívoro depredador por cada cuatrocientos herbívoros. Esto significaba que una manada de diez mil dinosaurios de pico de pato sólo podían mantener a veinticinco tiranosaurios. Así que era improbable que hallaran los restos de un depredador grande. Pero ¿dónde estaban los depredadores pequeños? Snakewater tenía muchísimos emplazamientos de anidamiento; en algunos lugares el suelo estaba literalmente cubierto por fragmentos de cáscaras de huevo de dinosaurio, y muchos dinosaurios carnívoros pequeños comían huevos. Animales como el dromaeosaurus , el ovirraptor y el coelurus , depredadores cuya altura oscilaba entre el metro y el metro ochenta, debían de encontrarse allí en abundancia. Pero, hasta el momento, no habían descubierto ninguno. Quizás ese esqueleto de velocirraptor significaba que su suerte había cambiado. ¡Y un bebé! Ellie sabía que uno de los sueños de Grant era estudiar la conducta de crianza en los dinosaurios carnívoros, del mismo modo que ya había estudiado la de los herbívoros. A lo mejor, este era el primer paso hacia ese sueño. —Debes de estar bastante emocionado —insinuó Ellie. Grant no contestó. —He dicho que debes estar muy emocionado —repitió. —¡Dios mío! —dijo Grant, en voz baja. Tenía la vista clavada en el fax. Ellie miró la radiografía por encima del hombro de Grant y exhaló el aire con lentitud. —¿Crees que es un amassicus? —Sí —dijo Grant—. O un triassicus. ¡El esqueleto es tan ligero! —Pero no es una lagartija. —No. Eso no es una lagartija. Durante doscientos millones de años, ninguna lagartija de tres dedos ha caminado sobre este planeta. 56/534
El primer pensamiento de Ellie era que estaba mirando un fraude, un fraude ingenioso y hábil, pero fraude de todos modos. Todo biólogo sabía que la amenaza del fraude era omnipresente. El fraude más famoso, el del Hombre de Piltdown, se había mantenido cuarenta años sin que se lo descubriera, y su perpetrador todavía era desconocido. En fecha más reciente, el distinguido astrónomo Fred Hoyle había afirmado que un dinosaurio alado fósil, un Archaeopteryx que se exhibe en el Museo Británico, era una superchería. (Más tarde se demostró que era auténtico). La esencia de un fraude que sale bien es que a los científicos les presenta lo que esperan ver. Y, para el ojo de Ellie, la imagen de rayos X de la lagartija era exactamente correcta: la pata tridáctila estaba bien equilibrada, con la garra del medio más pequeña; los restos óseos de los dedos cuarto y quinto estaban hacia arriba, cerca de la articulación metatarsiana; la tibia era fuerte y considerablemente más larga que el fémur; en la cadera, la cavidad cotiloidea estaba completa; la cola mostraba cuarenta y cinco vértebras. Era un Procompsognathus . —¿Podría ser falsificada esta radiografía? —No lo sé —dijo Grant—. Pero resulta casi imposible falsificar una radiografía. Y el Procompsognathus es un animal no muy conocido; ni siquiera la gente que está familiarizada con los dinosaurios ha oído hablar de éste. Ellie leyó la anotación: —«Espécimen obtenido en la playa de Cabo Blanco, el 16 de julio…». «Aparentemente, un mono aullador se estaba comiendo al animal y esto fue todo lo que se recuperó». Ah… y dice que la lagartija atacó a una niña. —Lo dudo —dijo Grant—. Aunque quizá fuera así. Procompsognathus era tan pequeño y leve que suponemos que debía ser un carroñero, que sólo se alimentaba de animales muertos. Y puedes discernir el tamaño — midió con rapidez—. Es de alrededor de veinte centímetros hasta las caderas, lo que significa que el animal completo tendría alrededor de treinta centímetros de alto. Casi tan grande como una gallina. Hasta un niño le parecería aterrador; podría morder a un bebé, pero no a un niño más grande. Ellie frunció el entrecejo ante la radiografía. —¿Piensas que este podría ser realmente un legítimo redescubrimiento como el del celacanto? —preguntó. —Quizá —dijo Grant. El celacanto era un pez de cerca de un metro veinte de largo, que se pensaba que había muerto hacía sesenta y cinco millones de años, hasta que se extrajo un espécimen del océano en 1938. Pero había otros ejemplos: el falangero montañés pigmeo, de Australia, 57/534
sólo se conocía por fósiles, hasta que se encontró uno vivo en un recipiente de basura de Melbourne. Y el fósil de diez mil años de un murciélago frugívoro de Nueva Guinea fue descrito por un zoólogo, que no mucho después recibió un ejemplar vivo por correo. Ellie dijo: —Si piensas que es lo que es, entonces, ¿por qué no estás más emocionado? —Lo estaría si esta radiografía significara que hemos puesto la mano encima de un animal vivo, pero si este es un pequeño animal que se encuentra en alguna parte de las junglas centroamericanas… puede que nunca más encontremos otro. Los animales extintos tenían la extraña tendencia a permanecer extintos. Al recientemente redescubierto murciélago comedor de fruta, los nativos lo habían espantado de su escondrijo con humo antes de que los científicos pudieran llegar al lugar y nunca más se volvió a recuperar un animal vivo. Y aunque al lobo de Tasmania se le había visto en forma esporádica durante los cuarenta últimos años, y hasta se le había perseguido por ordenador, todavía no se había podido conseguir un espécimen vivo, ni siquiera una fotografía. —Pero ¿podría ser verdadero? —insistió Ellie—. ¿Qué hay de la edad? —La edad es un problema. La mayor parte de los animales vueltos a descubrir eran añadidos bastante recientes del registro fósil; diez o veinte mil años de antigüedad. Algunos tenían unos pocos millones de años; en el caso del celacanto, sesenta y cinco millones. Pero el espécimen que estaban contemplando era mucho más antiguo que eso. Los dinosaurios habían muerto en el período cretácico, hacía sesenta y cinco millones de años; habían florecido, como forma dominante de vida en el planeta, durante el jurásico, hacía noventa millones de años; y aparecieron por primera vez en el triásico, hacía doscientos veinte millones de años aproximadamente. El Procompsognathus vivió en el transcurso del triásico temprano, una época tan distante que nuestro planeta ni siquiera tenía el aspecto actual; todos los continentes estaban unidos formando una sola masa continental, llamada Pangea, que se extendía desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, un vasto continente de helechos y bosques, con pocos desiertos grandes. El océano Atlántico era un lago estrecho comprendido entre lo que habrían de ser África y Florida. El aire era más denso. La Tierra era más caliente. Había centenares de volcanes en actividad. Y era en este ambiente donde vivía el Procompsognathus . 58/534
—Bueno —dijo Ellie—, sabemos que algunos animales sobrevivieron. Los cocodrilos son, básicamente, animales del triásico que viven en la actualidad. Los tiburones también son del triásico. Así que sabemos que eso ya ocurrió antes. Grant asintió: —Y la cuestión es —añadió—, ¿de qué otra manera lo explicamos? O bien es un fraude, cosa que dudo, o bien es un redescubrimiento. ¿Qué otra cosa podría ser? Sonó el teléfono: —Es probable que sea Alice Levin de nuevo —agregó Grant—. Veamos si nos envía el espécimen real. —Respondió y miró a Ellie, sorprendido—. Sí, esperaré a hablar con el señor Hammond. Sí. Por supuesto. —¿Hammond? ¿Qué quiere? —preguntó Ellie. Grant negó con la cabeza y, después, dijo por teléfono: —Sí, señor Hammond. Sí, a mí también me gusta volver a oír su voz… Sí… —Miró a Ellie—. ¿Ah, lo hizo? ¿Ah, sí? Cubrió el micrófono con la mano y dijo: —Sigue tan excéntrico como siempre. Tienes que oír esto. Grant apretó el botón del altavoz y Ellie oyó la voz irascible de un anciano que hablaba con rapidez: —… maldita molestia de un tipo del EPA, que parece haber salido disparado sin saber un comino de la cuestión, haciendo las cosas solo, corriendo por todo el país y hablando con la gente, agitando las cosas. Supongo que nadie fuera de lugar fue a verle a usted… —A decir verdad —contestó Grant—, alguien ha venido a verme. Hammond resopló: —Me lo temía. Un sabelotodo llamado Morris. —Sí, su nombre era Morris —dijo Grant. —Va a ver a todos nuestros consultores —dijo Hammond—. El otro día fue a ver a Ian Malcolm. Ya sabe, el matemático de Texas. Ésa fue la primera noticia que tuve de todo esto. Nos las estamos viendo negras para manejar este asunto. Es la forma típica en la que trabaja el Estado; no hay demandas, no hay acusaciones, nada más que el acoso por parte 59/534
de algún tipo al que nadie supervisa y que anda corriendo por todas partes a expensas del contribuyente. ¿Le molestó? ¿Perturbó su trabajo? —No, no, no me molestó. —Bueno, eso es muy malo, en cierto sentido —dijo Hammond—, porque entonces yo podría exigir su mandamiento judicial para que Morris abandonara lo que está haciendo, si él le hubiera molestado. Tal como están las cosas, hice que nuestros abogados llamaran al EPA para descubrir en qué demonios consistía el problema. ¡El director de la sección afirma que no sabía que hubiera investigación alguna! ¿Qué me cuenta de eso? Maldita burocracia, eso es todo. Demonios, creo que este tipo está tratando de meterse en Costa Rica, fisgonear, llegar a nuestra isla. ¿Usted sabe que tenemos una isla allí? —No —dijo Grant, mirando a Ellie—. No lo sabía. —Ah, sí, la compramos e iniciamos nuestra operación hace, veamos, cuatro o cinco años. He olvidado el tiempo exacto. Isla Nubla… Una isla grande, ciento ochenta kilómetros mar adentro. Va a ser una reserva biológica. Hermoso lugar. Jungla tropical. ¿Sabe?, tendría usted que verla, doctor Grant. —Parece algo muy interesante pero, en realidad… —Ya está casi terminada —prosiguió Hammond—. Le envié algo de material sobre la isla. ¿Recibió mi material? —No, pero es que estamos un poquitín demasiado lejos de… —Quizá le llegue hoy. Mírelo. La isla es sencillamente hermosa. Lo tiene todo. Hace ya treinta meses que estamos construyendo. Puede imaginarse lo que es: un gran parque. Se inaugura en setiembre del año que viene. Realmente tendría que verlo. —Parece maravilloso, pero… —Es cosa hecha —dijo Hammond—. Insisto en que la vea, doctor Grant. Verá que el parque contiene cosas que usted conoce muy bien. Lo va a encontrar fascinante. —Estoy en medio de… —dijo Grant. —Oiga, le diré qué vamos a hacer —prosiguió Hammond, como si la idea se le acabara de ocurrir—. Haré que algunas de las personas que actuaron como consultoras nuestras vayan a la isla este fin de semana. Que pasen unos días y que la examinen. Con los gastos pagados por nosotros, claro está. Sería grandioso que usted nos diera su opinión. —No tengo posibilidad alguna de hacerlo —se excusó Grant. 60/534
—¡Oh, nada más que un fin de semana! —insistió Hammond, con la persistencia irritante, jovial, de un anciano—. Eso es todo lo que estoy diciendo, doctor Grant. No querría interrumpir su trabajo. Sé cuán importante es. Créame, lo sé. Nunca interrumpiría su trabajo. Pero usted podría dar el salto hasta aquí el fin de semana, y regresar el lunes. —No, no podría. Acabo de encontrar un nuevo esqueleto y… —Sí, claro, pero sigo pensando que debería venir… —reiteró Hammond, sin escuchar realmente. —Y acabamos de recibir pruebas de un hallazgo muy enigmático y notable, que parece ser un procompsognátido vivo. —¿Un qué? —dijo Hammond, más contenido—. No he entendido eso del todo; ¿ha dicho usted un procompsognátido vivo? —Así es. Se trata de una muestra biológica, el fragmento parcial de un animal recogido en Centroamérica. Un animal vivo. —No me diga. ¿Un animal vivo? ¡Qué extraordinario! —Sí. Así lo creemos también nosotros. Así que, como puede ver, no es este el momento para que yo me vaya… —¿Centroamérica, dijo usted? —Sí. —¿De qué parte de Centroamérica proviene, lo sabe usted? —De una playa llamada Cabo Blanco; no sé dónde está exactamente… —Entiendo. —Hammond se aclaró la garganta—. ¿Y cuándo llegó esta, eh…, muestra a sus manos? —Hoy, precisamente. —Hoy. Entiendo. Hoy. Entiendo. —Hammond aclaró su garganta otra vez. Grant miró a Ellie y formó con los labios, en silencio: ¿Qué está pasando? Ellie negó con la cabeza y respondió del mismo modo: Parece estar molesto . Grant pidió: Mira si Morris está ahí todavía . 61/534
La joven fue hacia la ventana y miró, pero el coche de Morris ya no estaba. Se volvió. En el altavoz, Hammond tosía. —Ah, doctor Grant. ¿Ha hablado con alguien de eso? —No. —Bien, eso está bien. Bueno. Sí. Le seré franco, doctor Grant; tenemos un problemita con la isla. Este asunto del EPA llega justo en el peor momento. —¿Cómo es eso? —Bueno, hemos tenido problemas y algunos retrasos… Limitémonos a decir que estuve bajo un poco de presión aquí y que me gustaría que viera la isla por mí. Deme su opinión. Le pagaré los honorarios acostumbrados de consultoría en fines de semana, de veinte mil dólares diarios. Eso serían sesenta mil por tres días. Y si pudiera traer consigo a la doctora Sattler, ella vendría con los mismos honorarios. Necesitamos una persona experta en botánica. ¿Qué me dice? Ellie miró a Grant, cuando éste dijo: —Bien, señor Hammond, todo ese dinero financiaría por entero nuestras expediciones de los próximos dos veranos. —Bien, bien —dijo Hammond con suavidad. Ahora parecía estar confundido, con los pensamientos puestos en otra cosa—. Quiero que esto resulte agradable… Bien, les enviaré el reactor de la compañía, para que les recoja en ese campo de aterrizaje que está al este de Chateau. ¿Sabe a cuál me refiero? Está sólo a unas dos horas en automóvil desde donde se halla usted. Estén allá a las cinco de la tarde de mañana, y les estaré esperando. Les llevaré directamente. ¿Pueden, usted y la doctora Sattler, alcanzar ese avión? —Creo que podemos. —Bien. Lleven poco equipaje. No necesitan pasaportes, ya me encargo de eso. Hasta mañana —concluyó Hammond, y colgó. 62/534
Cowain, Swain y Ross El sol del mediodía se derramaba copiosamente en el estudio jurídico de «Cowan, Swan y Ross», en San Francisco, dándole a la oficina una alegría que Donald Gennaro no sentía. Escuchaba el teléfono y miraba a su patrón, Daniel Ross, frío como un enterrador, con su traje oscuro de rayas finas. —Entiendo, John —decía Gennaro—. ¿Y Grant accedió? Bien, bien… Sí, eso me parece algo excelente. Mis felicitaciones, John. —Colgó el teléfono y se volvió hacia Ross—. Ya no podemos confiar en Hammond. Está sometido a demasiada presión. El EPA le está investigando, está atrasado en la construcción de su finca de recreo de Costa Rica y los inversores se están poniendo nerviosos. Ha habido demasiados rumores de que se suscitaron problemas allá. Demasiados obreros murieron. Y ahora este asunto de un pro-compsit-como-sea en tierra firme… —¿Qué quiere decir eso? —preguntó Ross. —Quizá nada. Pero «Hamachi» es uno de nuestros principales inversores. La semana pasada recibí un informe del representante de «Hamachi» en San José, la capital de Costa Rica. Según el informe, una nueva especie de lagartija está mordiendo a los niños en la costa. Ross parpadeó: —¿Una nueva lagartija? —Sí. No podemos hacer bromas con esto. Tenemos que inspeccionar esa isla de inmediato. Le he pedido a Hammond que ordene inspecciones semanales del lugar durante las próximas tres semanas. —¿Y qué dice Hammond? —Insiste en que nada está mal en la isla. Afirma que funcionan todas las medidas de seguridad. —Pero usted no le cree —dijo Ross. —No —contestó Gennaro—. No le creo. Donald Gennaro había llegado a «Cowan, Swain», con antecedentes en el Banco de inversiones. Los clientes de Cowan, Swain, pertenecientes al ramo de la alta tecnología, con frecuencia necesitaban capital y Gennaro les ayudaba a conseguir el dinero. Una de sus primeras misiones, allá por 1982, había sido acompañar a John Hammond mientras el viejo, a la razón de setenta años, reunía los fondos para 63/534
iniciar la sociedad anónima «InGen». Finalmente, reunieron alrededor de mil millones de dólares, y Gennaro recordaba ese trabajo como una carrera enloquecedora. —Hammond es un soñador —comentó. —Un soñador potencialmente peligroso —acotó Ross—. Nunca debimos dejarnos arrastrar. ¿Cuál es nuestra posición financiera? —La firma posee el cinco por ciento. —¿General o limitada? —General. Ross sacudió la cabeza, en gesto de negación: —Nunca debimos hacerlo. —Parecía lo más prudente en aquel momento. Demonios, eso fue hace ocho años. Lo aceptamos en lugar de algunos honorarios y, si usted recuerda, el plan de Hammond era especulativo en extremo. Realmente estaba luchando a brazo partido. A decir verdad, nadie creía que lo fuera a lograr. —Pero, en apariencia, sí lo logró. Sea como fuere, estoy de acuerdo en que venció el plazo para una inspección. ¿Qué hay en cuanto a sus expertos sobre el emplazamiento? —Estoy empezando con los expertos que Hammond ya contrató como consultores en las primeras etapas del proyecto. —Gennaro lanzó una lista sobre el escritorio de Ross—. El primer grupo está constituido por un paleontólogo, una paleobotánica y un matemático. Van allí este fin de semana. Yo iré con ellos. —¿Ellos le dirán la verdad? —preguntó Ross. —Así lo creo. Ninguno de ellos tuvo mucho que ver con la isla, y uno de ellos, el matemático, Ian Malcolm, fue abiertamente hostil al proyecto desde el principio, insistía en que nunca funcionaría, en que nunca podría funcionar. —¿Y quién más? —Nada más que una persona con preparación técnica, el analista del sistema de procesamiento de datos. Para la revisión de los ordenadores del parque y para arreglar algunos defectos de los programas. Debe de llegar allí el viernes por la mañana. —Muy bien. ¿Está usted haciendo lo necesario? 64/534
—Hammond pidió hacer él mismo las llamadas. Creo que quiere fingir que no tiene problemas graves, que no es más que una invitación de índole social. Que está fanfarroneando con su isla. —Está bien —dijo Ross—. Pero asegúrese usted de que se corrija lo que hay que corregir. Quiero que esta situación de Costa Rica esté resuelta dentro de una semana. —Ross se puso en pie y salió de la habitación. Gennaro marcó un número en el teléfono; oyó el gimiente siseo de un radioteléfono. Después oyó una voz que decía: «Al habla Grant». —Hola, doctor Grant, aquí Donald Gennaro. Soy el asesor general de «InGen». Hablamos hace unos años; no sé si recuerda… —Recuerdo —dijo Grant. —Bien —dijo Gennaro—, acabo de hablar con el señor John Hammond, que me dio la buena noticia de que usted va a nuestra isla de Costa Rica… —Sí. Creo que vamos para allá mañana. —Bien. Sólo quería hacerle extensivo mi agradecimiento por hacerlo, a pesar de que no se le dio tiempo para arreglar sus asuntos. Todos los de «InGen» apreciamos eso. También le pedimos a Ian Malcolm que, al igual que usted, fue uno de los primeros consultores, que venga. Es el matemático de la Universidad de Texas en Austin, ¿le recuerda? —John Hammond lo mencionó. —Bueno, está bien. Y yo también voy a ir, a decir verdad. A propósito, este espécimen que encontró de pro… procom… ¿cómo es? —Procompsognathus . —Sí. ¿Tiene el espécimen con usted, doctor Grant? ¿El espécimen real? —No. Sólo he visto una radiografía. El espécimen está en Nueva York. Una mujer de la Universidad de Columbia me llamó. —Bueno, me pregunto si usted me podría brindar detalles sobre eso. Entonces, yo podría enviarle un informe detallado del espécimen al señor Hammond, que está muy excitado con todo esto. Estoy seguro de que usted también quiere ver el espécimen real. A lo mejor, yo podría hacer que lo enviasen a la isla, mientras todos ustedes están allá. Grant le dio la información. 65/534
—Bueno, eso es suficiente, doctor Grant —dijo Gennaro—. Mis saludos a la doctora Sattler. Tengo verdaderos deseos de reunirme con usted y con ella mañana. —Y Gennaro colgó. 66/534
Planos —Esto acaba de llegar —dijo Ellie al día siguiente, yendo hacia la parte de atrás de la casa rodante, con un grueso sobre de papel manila—. Uno de los muchachos lo trajo al volver de la ciudad. Es de Hammond. Mientras abría el sobre, Grant observó el logotipo azul y blanco de «InGen». En el interior no había una carta explicatoria, sólo una pila de papeles dentro de una carpeta. Al abrirla, Grant descubrió que eran copias heliográficas reducidas, formando un libro grueso. En la tapa se leía: INSTALACIONES PARA HUÉSPEDES CENTRO RECREO ISLA NUBLA (JUEGO COMPLETO: PABELLÓN SAFARI). —¿Qué demonios es esto? —preguntó. Mientras hojeaba el libro, cayó una hoja de papel: Queridos Alan y Ellie: Como podréis imaginar, todavía no tenemos mucho, en cuanto a materiales formales para promoción. Pero esto os dará una cierta idea del proyecto de Isla Nubla. ¡Creo que es muy emocionante! ¡Estoy ansioso aguardando el momento de discutir esto con vosotros! ¡Espero que os reunáis con nosotros! Saludos, JOHN —No lo entiendo —dijo Grant. Hojeó las páginas—. Esto son planos de arquitectura. —Volvió a la primera página: CENTRO VISITANTES/ PABELLÓN RECREO ISLA NUBLA CLIENTE InGen Inc., Palo Alto. Calif. 67/534
ARQUITECTOS Dunning, Murphy & Associates, Nueva York. Richard Murphy, socio diseñador Theodore Chen, diseñador principal; Sheldon James, socio administrativo. INGENIEROS Harlow, Whitney & Fields, Boston, análisis estructural; A. T. Misikawa, mecánico. PAISAJISTAS Shepperton Rogers, Londres; A. Ashikiga, H. leyasu, Kanazawa. SISTEMA ELÉCTRICO N.V. Kobayashi, Tokio. A. R. Makasawa, consultor jefe. COMPUTER C/C Integrated Computer System Inc., Cambridge, Mass. Dennis Nedry, supervisor de proyecto. Grant volvió a los planos en sí. Llevaban el sello SECRETOS INDUSTRIALES NO COPIAR y PRODUCTO CONFIDENCIAL DE OBRA - NO PARA DISTRIBUCIÓN. Cada página estaba numerada, y en la parte superior decía: «Estos planos representan las creaciones confidenciales de “InGen Inc”. Para estar en posesión de ellas tiene que haberse firmado el documento 112/4A; en caso contrario, se corre el riesgo de hacer frente a acciones procesales». —Me da la impresión de algo bastante paranoide —comentó Grant. —A lo mejor existe un motivo —dijo Ellie. La página siguiente era un mapa topográfico. Mostraba la Isla Nubla con forma de lágrima invertida, la parte más ancha hacia el Norte, ahusándose hacia el Sur. La isla tenía unos trece kilómetros de largo, y el mapa la dividía en varias secciones grandes. La sección norte estaba identificada como zona para visitantes, y contenía estructuras señaladas como «Llegada de visitantes», «Centro Visitantes / Administración», «Energía / Desalinización / Apoyo», «Res. Hammond», y «Pabellón Safari». Grant pudo ver el contorno de una piscina, los rectángulos de campos de tenis, y los garabatos redondos que representaban plantas y arbustos. —Parece un centro de recreo, sin duda —dijo Ellie. 68/534
A continuación, seguían planos detallados del Pabellón Safari en sí. En los bocetos en alzado, el pabellón tenía una apariencia espectacular: un largo edificio bajo, con una serie de formas piramidales en la azotea. Pero había poco sobre los demás edificios de la zona para visitantes. Y el resto de la isla era aún más misterioso. Por lo que Grant pudo apreciar, apenas sí había algo más. En su mayor parte era espacio abierto. Una red de caminos, túneles y edificios apartados, y un largo lago estrecho que parecía ser artificial, provisto de represas y barreras de hormigón. Pero, en su mayor parte, la isla estaba dividida en grandes zonas curvas, en las que se veían muy pocas señales de urbanización. Cada zona estaba señalada con códigos: /P/PROC/V/2A, /D/TRIC/L/ 5(4A+1), /LN/OTHN/C/4(3A+1), /VV/HADR/X/11 (6A+3 + 3DB). —¿Hay alguna explicación para los códigos? —preguntó Ellie. Grant pasó las páginas con rapidez, pero no pudo dar con ella. —Quizá la han retirado —dijo Ellie. —Ya te digo, paranoide. Observó las grandes divisiones curvas, separadas una de la otra por una red de caminos. Cada división individual tenía varios kilómetros cuadrados de ancho. En toda la isla solamente había seis divisiones, y cada división estaba separada del camino por un foso de hormigón. Por fuera de cada foso había una cerca, al lado de la cual se veía un pequeño signo de rayo. Ese símbolo les desconcertó hasta que, finalmente, pudieron darse cuenta de que indicaba que las cercas estaban electrificadas. —Esto es raro —se extrañó Ellie—. ¿Cercas electrificadas en un centro de recreo? —Kilómetros de ellas. Cercas electrificadas junto a fosos. Y, por lo general, también con un camino a lo largo de ellos. —Exactamente igual que en un zoológico —observó Ellie. Grant volvió al mapa topográfico y miró detenidamente las curvas de nivel. Una cadena de montañas recorría la isla desde el centro hacia abajo, con praderas descendentes a cada lado. Pero los caminos estaban dispuestos de manera extraña; el camino principal iba en dirección norte-sur, pasando justo por las colinas centrales de la isla, incluida una sección de camino que parecía estar literalmente cortada en la cara de un acantilado, por encima de un río. Era como si se hubiese hecho un esfuerzo deliberado por dejar esas zonas abiertas como si fuesen grandes recintos, separados de los caminos por fosos y cercas electrificadas. Y los caminos se encontraban elevados con respecto al nivel del suelo, de modo que se pudiera ver por encima de las cercas… 69/534
—¿Sabes? —observó Ellie—, algunas de estas dimensiones son inmensas. Mira esta. Este foso de hormigón tiene nueve metros de ancho. Es como una fortificación militar. —Lo mismo que estos edificios —dijo Grant. Había notado que cada división abierta tenía pocas construcciones, situadas, por lo general, en esquinas que no estorbaban el paso. Pero los edificios estaban hechos íntegramente de hormigón, con paredes gruesas. En las vistas laterales en alzado parecían ser como búnkeres de hormigón con ventanitas. Ellie tenía razón, eran como las casamatas circulares nazis de las antiguas películas bélicas. En ese momento oyeron una explosión sorda, y Grant hizo los papeles a un lado: —De vuelta al trabajo —dijo. —¡Fuego! Se produjo una leve vibración y, después, curvas de nivel amarillas cruzaron a través de la pantalla del ordenador. Esta vez la resolución fue perfecta, y Alan Grant tuvo una fugaz visión del esqueleto, muy bien definido, el largo cuello arqueado hacia atrás. Se trataba, de modo incuestionable, de un velocirraptor joven, y parecía hallarse en perfecto… La pantalla quedó en blanco. —¡Maldita sea, odio los ordenadores! —comentó Grant, parpadeando bajo el sol—. ¿Qué ha pasado ahora? —He perdido la entrada del integrador —explicó uno de los muchachos —. Sólo tardaré un minuto. El muchacho se inclinó para mirar la maraña de cables que iban hasta la parte trasera del ordenador portátil de pilas. Habían colocado el ordenador sobre un cajón de cerveza, en la cima de la Colina Cuatro, no lejos del dispositivo al que llamaban Golpeador. Grant se sentó en la ladera de la colina y miró su reloj. Le susurró a Ellie: —Vamos a tener que hacer esto a la antigua. Uno de los muchachos alcanzó a oírlo y contestó: —¡Oh, Alan! 70/534
—Miren —dijo Grant—, tengo que tomar un avión. Y quiero el fósil protegido antes de irme. Poca gente entendía que, una vez que se empezaba a exponer un fósil al aire, había que continuar, o arriesgarse a perderlo. Los visitantes imaginaban que el paisaje de las tierras malas era inmutable pero, a decir verdad, se estaba desgastando todo el tiempo, literalmente ante los ojos del observador; durante todo el transcurso del día se podía oír el entrechocamiento de guijarros que caían rodando por la ladera desmenuzada de la colina. Y siempre existía el riesgo de un temporal; hasta un chaparrón breve arrastraría un fósil delicado. Por eso, el esqueleto parcialmente expuesto de Grant estaba en peligro, y había que protegerlo hasta que el paleontólogo volviera. Por lo común, la protección de los fósiles consistía en tender una tela impermeable sobre el emplazamiento de la excavación y abrir una zanja alrededor del perímetro del emplazamiento, para controlar el drenaje del agua. La cuestión era saber lo grande que debía ser la zanja que precisaba el fósil del velocirraptor. Para decidirlo estaban empleando tomografía sonora con ayuda del ordenador, o CAST. Éste era un nuevo procedimiento, en el que el Golpeador disparaba un balín blando de plomo al suelo, produciendo ondas de choque que el ordenador leía y con las que armaba una especie de imagen radiográfica de la ladera. El grupo de Grant había estado utilizando ese procedimiento durante todo el verano, con distintos resultados. Ahora, Golpeador se encontraba a seis metros de distancia. Era una gran caja plateada sobre ruedas, con una sombrilla en la parte superior. Parecía un carrito de helados, incongruentemente estacionado en las tierras malas. El Golpeador tenía dos jóvenes asistentes que le estaban cargando el siguiente perdigón blando de plomo. Hasta entonces, el programa CAST se limitaba a localizar la extensión de los hallazgos, ayudando al equipo de Grant a excavar de manera más eficiente. Pero los muchachos afirmaban que, dentro de unos pocos años, sería posible generar una imagen tan detallada que la excavación sería redundante; se podría obtener una imagen perfecta de los huesos, en tres dimensiones, y prometía un nuevo mundo de arqueología sin excavaciones. Pero nada de eso había ocurrido aún. Y el equipo, que funcionaba de manera impecable en el laboratorio de la Universidad, demostró ser lastimosamente delicado e inestable en el trabajo de campo. —¿Cuánto tiempo más? —preguntó Grant. —Lo tenemos ahora, Alan. No está mal. Grant fue a mirar la imagen que aparecía en la pantalla del ordenador. Vio el esqueleto completo, trazado en amarillo brillante. Era un espécimen joven, ciertamente. La característica destacada del 71/534
velocirraptor, la garra de un solo dedo que, en el animal adulto, era un arma curva, de quince centímetros de largo, capaz de abrir en canal la presa, era, en ese bebé, no más grande que la espina de un rosal; a duras penas era visible en la pantalla. Y el velocirraptor era, en cualquier caso, un dinosaurio de complexión ligera, un animal con huesos tan finos como los de un pájaro, y posiblemente de la misma inteligencia. Aquí el esqueleto aparecía en perfecto orden, salvo que la cabeza y el cuello estaban doblados hacia atrás, hacia la zona posterior del animal. Tal flexión del cuello era tan frecuente en los fósiles, que algunos científicos habían formulado una teoría para explicarla, sugiriendo que los dinosaurios se habían extinguido debido a que se habían envenenado con los alcaloides que se estaban desarrollando en las plantas. Se pensaba que el cuello torcido significaba la agonía mortal de los dinosaurios. Grant, finalmente, había rebatido esa teoría, al demostrar que muchas especies de pájaros y reptiles experimentaban una contracción postmortem de los ligamentos posteriores del cuello, lo que hacía que la cabeza se doblara hacia atrás en forma característica. Nada tenía que ver con la causa de la muerte, tenía que ver con la forma en que el cadáver se secaba al sol. Por añadidura, Grant observó que el esqueleto también se había torcido en sentido lateral, de modo que la pata y el pie derecho estaban elevados por encima de la columna vertebral. —Parece algo así como distorsionado —dijo uno de los muchachos—. Pero no creo que sea el ordenador. —No —dijo Grant—. Sólo es el tiempo. Montones y más montones de tiempo. Grant sabía que la gente no podía imaginar el tiempo geológico. La vida humana se vivía en una escala temporal por completo diferente. Una manzana se ponía marrón en pocos minutos; los cubiertos de plata se ennegrecían en pocos días. Un montón de abono se descomponía en una estación; un niño crecía en una década. Ninguna de estas experiencias humanas cotidianas preparaba a la gente para que pudiera imaginar el significado de ochenta millones de años, la duración del tiempo que había transcurrido desde la época en que ese animalito vivía. En el aula, Grant había intentado dar diferentes comparaciones; si se imaginaba que la edad humana de sesenta años se comprimía en un día, entonces un tiempo de ochenta millones de años todavía serían tres mil seiscientos cincuenta y dos años, más que las pirámides. El velocirraptor había estado muerto durante mucho tiempo. —No tiene la apariencia de ser muy temible —opinó uno de los muchachos. —No lo era —dijo Grant—. No hasta que creciera, al menos. 72/534
Era probable que ese bebé se hubiera alimentado de carroña, comiendo de los cadáveres de presas muertas por los adultos, después de que los animales grandes se hubieran saciado, y que se complacieran en tenderse al sol. Los carnívoros podían consumir tanto como el veinticinco por ciento de su peso corporal en una sola comida, y eso les dejaba luego somnolientos. Los bebés juguetearían y gatearían sobre los cuerpos indulgentes, adormecidos, de los adultos, y pellizcarían bocaditos del animal muerto. Los bebés probablemente eran animales bonitos. Pero un velocirraptor adulto era algo por completo diferente. Kilogramo por kilogramo, el velocirraptor fue el dinosaurio más depredador de los que existieron. Aunque relativamente pequeño, unos noventa kilogramos, el tamaño de un leopardo, el velocirraptor era rápido, inteligente y valiente, capaz de atacar con mandíbulas afiladas, antebrazos dotados de garras poderosas y la devastadora garra única de la pata. Esos animales cazaban en manadas, y Grant pensaba que debió de haber sido todo un espectáculo ver una docena de velocirraptores corriendo a toda velocidad, saltando sobre el lomo de un dinosaurio mucho más grande, despedazando el cuello y cortando, como con un cuchillo, a la altura de las costillas y del vientre… —Se nos acaba el tiempo —anunció Ellie, devolviéndole a la realidad. Grant dio instrucciones para hacer la zanja. Por la imagen que les daba el ordenador, sabían que el esqueleto yacía en una zona relativamente limitada, una zanja que rodeara un cuadrado de dos metros sería suficiente. Mientras tanto, Ellie dejó caer con fuerza la tela impermeable que cubría la ladera de la colina. Grant la ayudó a colocar las estacas finales. —¿Cómo murió el bebé? —preguntó uno de los muchachos. —Dudo que lo sepamos —repuso Grant—. La mortandad infantil en estado silvestre es alta. En los parques africanos alcanza el setenta por ciento entre algunos carnívoros. Pudo haber sido cualquier cosa: enfermedad, separación del grupo, cualquier cosa. O hasta pudo atacarle un adulto. Sabemos que estos animales cazaban en manada, pero no sabemos nada sobre su conducta social en un grupo. Los alumnos asintieron con la cabeza. Todos habían estudiado conducta animal y sabían que, por ejemplo, cuando un nuevo macho se apoderaba de la jefatura de una manada de leones, lo primero que hacía era matar a todos los cachorros. Aparentemente, el motivo era de orden genético; el macho había evolucionado para diseminar sus genes de la forma más amplia posible y, al matar los cachorros, ponía a todas las hembras en celo, para poder fecundarlas. También evitaba que las hembras perdieran el tiempo criando la prole de otro macho. 73/534
Quizá la manada de caza de los velocirraptores también estaba regida por un macho dominante. ¡Sabían tan poco sobre los dinosaurios!, pensaba Grant. Después de ciento cincuenta años de investigaciones y excavaciones por todo el mundo, todavía no sabían casi nada sobre cómo habían sido realmente. —Tenemos que irnos —dijo Ellie—, si queremos llegar a Choteau a eso de las cinco. 74/534
Hammond La secretaria de Gennaro entró presurosa con una maleta nueva. Todavía llevaba las etiquetas. —Sabe, señor Gennaro —dijo la mujer con severidad—, cuando olvida hacer la maleta eso me hace pensar que en realidad no quiere hacer este viaje. —Quizá tenga razón —dijo Gennaro—, me voy a perder el cumpleaños de mi hija. El sábado era el cumpleaños de Amanda, y Elizabeth había invitado a veinticuatro gritones de cuatro años de edad para celebrarlo, así como a Sombrerito el Payaso y a un mago. Su esposa no se había mostrado feliz al enterarse de que Gennaro salía de la ciudad. Tampoco Amanda. —Bueno, lo he hecho lo mejor que he podido, dado el poco tiempo —dijo la secretaria—. Hay zapatillas de su número, shorts, camisas color caqui y las cosas de afeitarse. Un par de vaqueros y una camiseta, por si hace frío. El coche está abajo, para llevarle al aeropuerto. Tiene que irse ahora para alcanzar el vuelo. La secretaria salió. Gennaro se fue caminando por el pasillo, arrancando las etiquetas de la maleta. Cuando pasó frente a la sala de conferencias, con las paredes íntegramente hechas de vidrio, Dan Ross dejó la mesa y salió: —Que tenga buen viaje —dijo Ross—. Pero seamos muy claros en una sola cosa, no sé hasta qué punto es mala la situación en realidad, Donald, pero si hay algún problema en esa isla quiero que no deje piedra sobre piedra. —Jesús, Dan… Estamos hablando de una gran inversión. —No vacile. No piense en eso. Simplemente hágalo, ¿me entiende? Gennaro asintió con la cabeza: —Le entiendo, pero Hammond… —¡A la mierda con Hammond! —dijo Ross. —Querido muchacho, querido muchacho —dijo la familiar voz chirriante—. ¿Cómo le va, muchacho? 75/534
—Muy bien, señor —contestó Gennaro. Se reclinó en el asiento de cuero acolchado del reactor Gulfstream II , mientras la máquina volaba hacia el Este, hacia las Rocosas. —Ya no me llama —dijo Hammond, con tono de reproche—. Lo extrañé, Donald. ¿Cómo está su encantadora esposa? —Está bien. Elizabeth está bien. Ahora tenemos una niña. —Maravilloso, maravilloso. ¡Los niños son una delicia tan grande! A la suya le encantará nuestro nuevo parque de Costa Rica. Gennaro había olvidado lo bajo que era Hammond. Instalado en el asiento, los pies no tocaban el suelo alfombrado; hacía oscilar las piernas cuando hablaba. En ese hombre había algo que impresionaba como infantil, aun cuando Hammond ahora debía de tener… ¿cuánto?, ¿setenta y cinco? ¿Setenta y seis? Algo así. Parecía más viejo de lo que Gennaro lo recordaba pero, claro, Gennaro no le había visto desde hacía casi cinco años. Desde los días en los que estaban buscando fondos para «InGen», los días a los que Gennaro solía llamar de la «Cartera del paquidermo». Hammond era aparatoso, un histrión nato y, en 1983, tenía un elefante que llevaba consigo en una jaulita. El elefante medía veintitrés centímetros de alto y treinta de largo y estaba perfectamente formado, salvo por los colmillos, que estaban atrofiados. Hammond llevaba el elefante a las reuniones que se hacían para obtener fondos. Por lo común, Gennaro le llevaba a la sala de reunión con la jaula cubierta con una mantita, como si fuese un cubreteteras, y Hammond pronunciaba su discurso de siempre, en el que hablaba de las perspectivas para desarrollar lo que él denominaba «productos biológicos de consumo». Entonces, en el momento crucial, con un rápido movimiento, quitaba la manta para exponer el elefante. Y solicitaba el dinero. El elefante siempre era un éxito tremendo. Su diminuto cuerpo, apenas más grande que el de un gato, era la promesa de maravillas inimaginables que habrían de salir del laboratorio de Norman Atherton, el genetista de Stanford socio de Hammond en esa nueva empresa. Pero, cuando Hammond hablaba del elefante, dejaba mucho sin decir. Por ejemplo, que estaba iniciando una compañía dedicada a la ingeniería genética, pero que al diminuto elefante no lo había obtenido siguiendo procedimiento genético alguno; Atherton se había limitado a tomar el embrión de un elefante enano y lo había criado en un útero artificial, con modificaciones hormonales. Eso, en sí mismo, era todo un logro, pero no lo que Hammond daba a entender que se había hecho. Atherton tampoco había conseguido otro elefante en miniatura, aunque lo había intentado. En primer lugar, todos los que veían el elefante querían uno. Algo más, el animalito era demasiado propenso a resfriarse, en especial durante el invierno. Los estornudos que llegaban a través de la trompita llenaban de pavor a Hammond. Y, en ocasiones, 76/534
al elefante se le trababan los colmillos entre las barras de la jaula y bufaba, irritado, tratando de zafarse; a veces contraía infecciones alrededor de la línea de nacimiento de los colmillos. A Hammond siempre le preocupaba que su elefante muriera antes de que Atherton pudiera conseguir un sustituto. A los potenciales inversores también les ocultaba el hecho de que la conducta del elefante había cambiado de modo esencial en el proceso de reducción de su tamaño al de una miniatura. El pequeño ser podía parecer un elefante, pero se comportaba como si fuera un roedor violento, de rápidos movimientos y pésimo carácter. Hammond se oponía a que la gente lo acariciara para que no hubiese dedos mordisqueados. Y aunque hablaba, con aire de confianza, de siete mil millones de dólares en réditos anuales para 1993, su proyecto era ampliamente especulativo. Hammond tenía visión y entusiasmo, pero no había certeza alguna de que su plan funcionara. En especial desde que Norman Atherton, el cerebro que movía el proyecto, contrajo un cáncer terminal, lo que constituía una cuestión definitiva que Hammond olvidaba mencionar. Pero, al final, con ayuda de Gennaro, Hammond consiguió su dinero. Entre setiembre de 1983 y noviembre de 1985, John Alfred Hammond y su «Cartera del paquidermo» obtuvieron ochocientos setenta millones de dólares en capital, para financiar la sociedad anónima que se proponía, «International Genetic Technologies, Inc». Y podrían haber obtenido más, de no ser porque Hammond insistía en el secreto absoluto y no ofrecía dividendos hasta pasados cinco años, por lo menos. Eso ahuyentó a muchos inversores. Al final tuvieron que aceptar consorcios mayoritariamente japoneses; los japoneses eran los únicos que tenían paciencia. Sentado en el asiento de cuero del reactor, Gennaro pensaba en lo evasivo que era Hammond. El anciano era resbaladizo. Ahora estaba pasando por alto el hecho de que el estudio jurídico de Gennaro le había forzado a realizar ese viaje; en cambio, Hammond se comportaba como si aquello fuese una salida de índole puramente social: —Qué lástima que no haya traído a su familia con usted, Donald —dijo. Gennaro se encogió de hombros: —Es el cumpleaños de mi hija. Veinte chicos invitados. La fiesta y el payaso. Ya sabe cómo son esas cosas. —Oh, entiendo —dijo Hammond—. Los niños ponen el corazón en lo que hacen. —Sea como fuere, ¿está el parque listo para recibir visitantes? — preguntó Gennaro. 77/534
—Bueno, no oficialmente. Pero el hotel está construido, así que hay un sitio en el que estar… —¿Y los animales? —Por supuesto, todos los animales están allí. Todos en sus espacios. —Recuerdo que, en la propuesta originaria, usted tenía la esperanza de contar con un total de doce… —Ah, hemos sobrepasado con mucho esa cantidad. Contamos con doscientos treinta y ocho animales, Donald. —¿Doscientos treinta y ocho? El anciano lanzó una risita chirriante, complacido por la reacción de Gennaro: —No se lo puede imaginar. Tenemos manadas . —Doscientos treinta y ocho… ¿Cuántas especies? —Quince especies diferentes, Donald. —Es increíble —dijo Gennaro—. Es fantástico. ¿Y qué hay de todas las demás cosas que usted quería? ¿Las instalaciones? ¿Los ordenadores? —Todo eso, todo eso —dijo Hammond—. Todo lo que hay en esa isla representa lo más avanzado de la tecnología actual. Lo verá por sí mismo, Donald. Es perfectamente maravilloso. Ésa es la razón de que esta… empresa … esté tan a trasmano. Con la isla no existe problema alguno. —Entonces, una inspección no debería suponer problema alguno —dijo Gennaro. —Y no lo hay. Pero retrasa las cosas. Todo se tiene que detener por la visita oficial… —Usted ya tuvo retrasos, de todos modos. Pospuso la inauguración. —Ah, eso. —Hammond tironeó del pañuelo rojo de seda que asomaba por el bolsillo superior de su chaqueta deportiva—. Era inevitable que pasara. Inevitable. —¿Por qué? 78/534
—Bueno, Donald, para explicar eso hay que volver atrás, a la idea inicial que teníamos del centro de recreo. La idea que les vendimos juntos, usted y yo, a los inversores. Usted está en esto conmigo , era lo que Hammond estaba diciendo. Gennaro se removió en su asiento. —La idea que usted posteriormente puso en práctica según su propio y exclusivo criterio —le dijo con una sonrisa. —La idea del parque de diversiones más avanzado del mundo —repuso Hammond—. En el que se combinan la última palabra en las tecnologías electrónica y biológica. ¿Qué es lo que falta por hacer en un parque así? Todos tienen viajes en cochecitos. Connie Island tiene viajes en cochecitos. Y hoy en día todos tienen ambientes con animación proporcionada por robots electrónicos: la casa encantada, la guarida de los piratas, el salvaje Oeste, el terremoto… todo el mundo tiene esas cosas. Así que nos propusimos crear atracciones biológicas. Atracciones vivientes . Atracciones tan asombrosas que habrían de atrapar la imaginación del mundo entero. Gennaro tuvo que sonreír. Era casi el mismo discurso, palabra por palabra, que Hammond había utilizado con los inversores, tantos años atrás: —Y nunca podemos olvidar el objetivo que, en última instancia, tiene el proyecto de Costa Rica: producir dinero —continuó Hammond, mirando con fijeza a través de las ventanillas del avión—, montones y montones de dinero. —Lo recuerdo —dijo Gennaro. —Y el secreto para hacer dinero con un parque de diversiones —dijo Hammond— consiste en limitar los costos de personal: los encargados de alimentar a los animales, las taquilleras, las cuadrillas de limpieza, las de reparaciones. Hacer un parque que funcione con una cantidad mínima de personal. Ésa es la causa de que hayamos invertido en toda esa tecnología de procesamiento de datos, para automatizar todo lo que pudiéramos. —Recuerdo… —Pero el hecho liso y llano es que, cuando se ponen juntos todos los animales y todos los sistemas de procesamiento electrónico de datos, uno topa con dificultades inesperadas. ¿Quién consiguió que un sistema importante de procesamiento de datos se encendiera y funcionara a tiempo? Nadie que yo conozca. —¿Así que sólo tuvo los retrasos normales de arranque del equipo? 79/534
—Sí, así es. Retrasos normales. —Me enteré de que se produjeron accidentes durante la construcción — dijo Gennaro—. Algunos obreros murieron… —Se encogió ligeramente de hombros. —Sí, hubo varios accidentes y un total de tres muertos. Dos obreros murieron construyendo la carretera del acantilado. Otro murió como consecuencia de un accidente con una retroexcavadora, en enero. Pero desde entonces no hemos tenido accidentes. —Puso su mano sobre el brazo de Gennaro—. Donald —dijo—, créame cuando le digo que en la isla todo marcha según lo planeado. En la isla, todo va perfectamente bien. El intercomunicador chasqueó. El piloto dijo: —Los cinturones, por favor. Estamos aterrizando en Choteau. 80/534
Choteau Planicies áridas se extendían hacia distantes oteros negros. El viento de la tarde arrastraba polvo y hierbas sobre el hormigón resquebrajado. Grant estaba en pie con Ellie cerca del jeep, esperando mientras el lustroso reactor «Grumman» describía círculos para aterrizar. —Odio estar de pie como un camarero lustroso esperando la llegada de los ricos —gruñó Grant. Ellie se encogió de hombros: —Es parte del trabajo. Aunque muchos campos de la ciencia, como la Física y la Química, recibían ahora fondos federales, la Paleontología seguía dependiendo en gran parte de los patrocinadores privados. De modo absolutamente independiente de su propia curiosidad en cuanto a la isla, Grant entendió que, si John Hammond le pedía ayuda, él se la daría. Así era como funcionaba el mecenazgo… así era como siempre había funcionado. El pequeño reactor aterrizó y rodó con rapidez hacia ellos. Ellie cargó su bolsa al hombro. El avión se detuvo y una azafata vestida con uniforme azul abrió la portezuela. Una vez en el interior, Grant se sorprendió por lo reducido del espacio, a pesar del lujoso equipamiento. Tuvo que inclinarse mucho cuando fue a estrechar la mano de Hammond: —Doctores Grant y Sattler —dijo Hammond—, son muy amables por haberse unido a nosotros. Permítanme que les presente a mi socio, Donald Gennaro. Gennaro era un hombre robusto y fornido que andaba por los treinta y cinco años de edad, vestía un traje de Armani y llevaba gafas con montura de metal. A Grant le disgustó en cuanto le vio. Le estrechó la mano con rapidez. Cuando lo hizo Ellie, Gennaro dijo, sorprendido: —Usted es una mujer. —Estas cosas suelen ocurrir —repuso Ellie, y Grant pensó: «A ella tampoco le gusta». Hammond se volvió hacia Gennaro: 81/534
—Usted sabe, por supuesto, quiénes son el doctor Grant y la doctora Sattler. Son paleontólogos. Desentierran dinosaurios. —Y entonces se echó a reír, como si encontrara la idea muy graciosa. —Ocupen sus asientos, por favor —dijo la azafata, cerrando la portezuela. De inmediato, el avión empezó a moverse. —Tendrán que disculparnos —explicó Hammond—, pero estamos un tanto apurados. Donald cree que es importante que lleguemos allá enseguida. El piloto anunció un tiempo de vuelo de cuatro horas hasta Dallas, donde se reabastecerían de combustible y, después, seguirían hasta Costa Rica, donde llegarían a la mañana siguiente. —¿Y cuánto tiempo estaremos en Costa Rica? —preguntó Grant. —Bueno, eso realmente depende —dijo Gennaro—. Tenemos que aclarar algunas cosas. —Acepte mi palabra —añadió Hammond, volviéndose a Grant—; no estaremos más que cuarenta y ocho horas. Grant se abrochó el cinturón de seguridad: —Esta isla suya a la que nos dirigimos… nunca oí hablar de ella. ¿Es una especie de secreto? —En cierto sentido —contestó Hammond—. Hemos sido sumamente cuidadosos asegurándonos de que nadie sepa nada de ella hasta el día en el que, finalmente, la inauguraremos ante un público sorprendido y encantado. 82/534
Blanco de la oportunidad La «Biosyn Corporation» de Cupertino, California, nunca había convocado una reunión de emergencia de su junta directiva. Los diez directores ahora sentados en la sala de conferencias estaban irritables e impacientes. Eran las ocho de la noche. Habían estado hablando entre sí durante los diez últimos minutos, pero lentamente se habían ido quedando en silencio. Revisando papeles. Mirando sus relojes de manera significativa. —¿Qué estamos esperando? —preguntó uno de ellos. —Uno más —dijo Lewis Dodgson—. Necesitamos uno más. Echó un vistazo a su reloj. La oficina de Ron Meyer había dicho que llegaba en el avión de las seis, proveniente de San Diego. Para estos momentos debería estar aquí, incluso tomando en cuenta el tráfico que venía desde el aeropuerto. —¿Se necesita quórum? —preguntó otro director. —Sí —contestó Dodgson—. Lo necesitamos. Eso le hizo callar durante unos instantes. Quórum significaba que se les iba a pedir que tomaran una decisión importante. Y Dios sabe qué les iban a pedir que la tomaran, aunque Dodgson hubiese preferido no convocar la reunión en absoluto. Pero Steingarten, el presidente de «Biosyn», se había mostrado inflexible: —Tendrás que contar con su aprobación para esto, Lew —declaró. Según quién fuese la persona consultada, Lewis Dodgson era famoso por ser el genetista más emprendedor de su generación, o el más imprudente. De treinta y cuatro años de edad, con la calvicie incipiente, rostro aguileño y vehemente, John Hopkins le había despedido, siendo licenciado en Biología, por haber planeado un tratamiento genético en pacientes humanos sin haber obtenido los protocolos adecuados de la FDA. Contratado por «Biosyn», condujo el controvertido ensayo de la vacuna para la rabia, en Chile. Ahora estaba a cargo de la sección de desarrollo de productos de «Biosyn» lo que, presuntamente, consistía en hacer «ingeniería retrospectiva»: tomar el producto de un competidor, desmenuzarlo, aprender cómo funcionaba y, después, elaborar la versión «Biosyn». En la práctica, eso entrañaba hacer espionaje industrial, mucho del cual estaba dirigido contra la compañía «InGen». 83/534
Las compañías de ingeniería genética más grandes de Norteamérica, como «Genentech» y «Cetus», se habían iniciado en la década de 1970 para elaborar productos farmacéuticos. Pero, en la década de 1980, algunas empresas pequeñas habían comenzado con otros fines: «Biogen» y «Genrac» estaban elaborando semillas y cosechas resistentes a las plagas, para la agricultura. «Techlog» y «Algol» hacían componentes para un bioordenador compuesto de tejido vivo. E «InGen» y «Biosyn» estaban desarrollando lo que se denominaba «productos biológicos para consumo». Los productos biológicos para consumo eran el equivalente de los productos electrónicos para consumo. En la década de 1980, unas pocas compañías dedicadas a la ingeniería genética habían empezado a preguntarse: —¿Cuál es el equivalente biológico del Walkman de Sony? Esas compañías no estaban interesadas ni por fármacos ni por la salud sino por los entretenimientos, los deportes, las actividades del tiempo libre, los cosméticos y las mascotas. Se habían dado cuenta de que la demanda que habría de productos biológicos de consumo en la década de 1990 sería elevada. «Biosyn» ya había tenido algún éxito al producir una nueva trucha de color claro, mediante un contrato establecido con el Departamento de Caza y Pesca del Estado de Idaho. Esa trucha era de más fácil localización en los cursos de agua y se decía que representaba un paso adelante en la pesca con caña. (Por lo menos, eliminó las quejas que se le hacían al Departamento de Caza y Pesca, relativas a que no había truchas en los ríos). El hecho de que, en ocasiones, muriese quemada por el sol y que su pálida carne fuese pastosa e insípida fue algo de lo que ni se habló. «Biosyn» todavía estaba trabajando en esos aspectos, y… La puerta se abrió y Don Meyer entró en la sala, deslizándose en un asiento. Ahora Dodgson ya tenía su quórum. Se puso en pie de inmediato. —Señores —anunció—, nos encontramos aquí esta noche para examinar un blanco de oportunidad: «InGen». Dodgson repasó rápidamente los antecedentes: la iniciación de «InGen» en 1983, con inversores japoneses. La adquisición de tres superordenadores «Cray XMP». La adquisición de Isla Nubla, en Costa Rica. La acumulación de ámbar. Las inusitadas donaciones a los zoológicos de todo el mundo, desde la Sociedad Zoológica de Nueva York hasta el Parque de Vida Silvestre de Ranthapur, de la India. —A pesar de todos estos indicios —dijo Dodgson—, todavía no teníamos la menor idea de hacia dónde podría estar dirigiéndose «InGen». Era obvio que la compañía se dedicaba a los animales, y que habían 84/534
contratado investigadores cuyo campo de acción era el pasado: paleobiólogos, filogenetistas del ADN, y otros por el estilo. La utilización de una ingente potencia para el procesamiento de datos, y el interés de «InGen» por los zoológicos, nos llevó a pensar en algunas atrevidas posibilidades. Entonces, en 1987, «InGen» compró una compañía desconocida llamada «Millipore Plastic Products», situada en Nashville, Tennessee. Esta compañía trabajaba en el ramo de los productos agrícolas y en época reciente había patentado un plástico nuevo que presentaba las características de la cáscara de un huevo de pájaro. A este plástico se le podía dar la forma de un huevo y se podía usar para desarrollar embriones de pollo. A partir del año siguiente, «InGen» acaparó toda la producción de plástico miliporoso para su propio uso. —Doctor Dodgson, todo esto es muy interesante… —Al mismo tiempo —prosiguió Dodgson— se iniciaron construcciones en la Isla Nubla. Éstas entrañaron el movimiento de enormes cantidades de tierra, entre las que figuraban un lago de poca profundidad y tres kilómetros de largo, en el centro de la isla. Los planos correspondientes a instalaciones de recreo se dieron a conocer con un elevado grado de reserva, pero pudimos conseguir algunos detalles. Parece ser que «InGen» construyó un zoológico de grandes dimensiones en la isla. Uno de los directores se inclinó hacia delante y dijo: —Doctor Dodgson, ¿y con eso, qué? —No es un zoológico común y corriente —dijo Dodgson—. Este zoológico es único en todo el mundo. Parece ser que «InGen» hizo algo bastante extraordinario; se las arreglaron para clonar animales extintos del pasado. —¿Qué animales? —Animales que salen de huevos y necesitan mucho lugar en un zoológico. —¿Qué animales? —Dinosaurios. Están haciendo clones de dinosaurios. La consternación que siguió a esas palabras estuvo completamente fuera de lugar, en opinión de Dodgson. El problema de los hombres que manejan dinero es que no sabían comportarse; habían invertido en un campo, pero no sabían qué era posible hacer. De hecho, ya en 1982 había habido discusiones técnicas sobre la clonación de dinosaurios. Cada año que pasaba, la manipulación del ADN se hacía más fácil. Ya se había extraído material genético de 85/534
momias egipcias, así como del cuero de una cuaga, animal africano parecido a la cebra, extinguido en la década de 1880. Para 1985 parecía posible que el ADN de la cuaga se pudiera reconstruir y hacer que creciera un nuevo animal. De ser así, habría sido el primer ser vivo recuperado de la extinción merced, exclusivamente, a la reconstrucción de su ADN. Si eso era posible, ¿qué otras cosas lo eran? ¿El mastodonte? ¿El tigre de dientes de sable? ¿El dodo? ¿O hasta un dinosaurio? Por supuesto, no se sabe que exista ADN de dinosaurio en parte alguna del mundo. Pero, al moler grandes cantidades de huesos de dinosaurio podría ser posible extraer fragmentos de ADN. Antaño se pensaba que la fosilización eliminaba todo el ADN. Ahora se admitía que eso no era cierto. Y si se recuperaban suficientes fragmentos de ADN, quizá fuese posible obtener, por clonación, un animal vivo. Allá por 1982 los problemas técnicos habían parecido desalentadores. Pero la teoría no mostraba obstáculos. Hacerlo resultaba simplemente difícil, costoso y era improbable que funcionara. Pero era posible, si alguien tenía interés en intentarlo. Aparentemente, «InGen» había decidido intentarlo. —Lo que han hecho —dijo Dodgson— ha sido construir la más grande atracción turística, concentrada en un solo sitio, de la historia del mundo. Como ya saben, los zoológicos gozan de suma popularidad: el año pasado fue mayor la cantidad de norteamericanos que visitaron zoológicos que la cantidad de los que fueron a todos los juegos profesionales de béisbol y rugby juntos. Y a los japoneses les encantan los zoológicos; hay cincuenta en Japón y se están construyendo más. Y, por este zoológico, «InGen» puede cobrar lo que quiera. Dos mil dólares por día, diez mil dólares por día… —Hizo una pausa—. Y después está la cuestión de la comercialización derivada : los libros, las camisetas, los videojuegos, las gorras, los muñecos de paño, las revistas de historietas y las mascotas. —¿Mascotas? —Claro. Si «InGen» puede hacer dinosaurios de tamaño real, también los puede hacer de tamaño pigmeo, para que sirvan como mascotas domésticas. ¿Qué niño no querría un dinosaurio pequeño como mascota? Un animalito patentado de propiedad exclusiva del niño. «InGen» vendería millones. E «InGen» los elaboraría genéticamente de manera que esas mascotas únicamente comieran alimento para dinosaurios elaborado por «InGen»… —¡Jesús! —exclamó alguien. —Exactamente —acotó Dodgson—. El zoológico es la parte central de una enorme empresa. 86/534
—¿Dijo usted que esos dinosaurios estarán patentados? —Sí. Ahora los animales creados por ingeniería genética se pueden patentar. El Tribunal Supremo falló al respecto en favor de Harvard, en 1987. «InGen» será propietaria de los dinosaurios y, legalmente, nadie más los puede elaborar. —¿Qué nos impide crear nuestros propios dinosaurios? —preguntó alguien. —Nada, salvo que ellos nos llevan una delantera de cinco años. Será casi imposible ponerse a la par antes de fin de siglo. Hizo una pausa, y prosiguió: —Naturalmente, si pudiéramos conseguir muestras de sus dinosaurios, podríamos analizarlos mediante nuestra ingeniería retrospectiva y hacer los nuestros propios, con suficientes modificaciones en el ADN como para evitar las patentes de «InGen». —¿Podemos conseguir ejemplos de sus dinosaurios? Dodgson se detuvo un instante, y después asintió: —Yo creo que podemos, sí. Alguien se aclaró la garganta: —No habrá nada ilegal en ello… —¡Oh, no! —se apresuró a afirmar Dodgson—. Nada ilegal. Estoy hablando de una legítima fuente de su ADN: un empleado disgustado, o algunos desperdicios eliminados de manera inadecuada, o algo por el estilo. —¿Tiene usted una fuente legítima, doctor Dodgson? —La tengo. Pero temo que hay cierta urgencia en cuanto a la decisión, porque «InGen» está experimentando una pequeña crisis, y mi fuente tendrá que actuar dentro de las veinticuatro próximas horas. Un prolongado silencio cayó sobre la sala. Los hombres miraron a la secretaria, que tomaba notas, y al grabador colocado sobre la mesa que estaba frente a ella. —No veo la necesidad de llegar a una resolución formal respecto de esto —prosiguió—. Nada más que lo que siente la sala, en el sentido de si ustedes opinan que debo seguir adelante… 87/534
Con lentitud, las cabezas se movieron en señal de aprobación. —Gracias por venir, señores —concluyó—. A partir de este momento me hago cargo yo. 88/534
Aeropuerto Lewis Dodgson entró en la cafetería del edificio de salidas del aeropuerto de San Francisco, y miró alrededor con rapidez. Su hombre ya estaba allá, esperando junto al mostrador. Dodgson se sentó a su lado y colocó el maletín en el piso, entre los dos. —Llega tarde, amigo —dijo el hombre. Miró el sombrero de paja que llevaba Dodgson y rio—. ¿Qué es eso, un disfraz? —Uno nunca sabe —dijo Dodgson, reprimiendo la ira. Durante seis meses, Dodgson había estado cultivando pacientemente a ese hombre, que se hacía más odioso y arrogante en cada entrevista. Pero no podía hacer nada al respecto; los dos sabían con exactitud cuáles eran las apuestas. El ADN reconstituido por bioingeniería era el material más valioso del mundo. Una sola bacteria microscópica, demasiado pequeña como para verla a simple vista, pero que contuviera los genes de una enzima contra los ataques cardíacos, la estreptoquinasa, los genes de «hielo-menos», que evitaba los daños que la helada producía en las cosechas, podría valer cinco mil millones de dólares para el comprador adecuado. Y eso había creado un extraño mundo nuevo de espionaje industrial. Dodgson era especialmente diestro en esa actividad: en 1987 convenció a una genetista, descontenta con «Cetus», para que se pasase a «Biosyn» y se llevara consigo cinco cepas de bacterias reconstruidas por bioingeniería. La genetista, sencillamente, se puso una gota de cada una en las uñas de una mano y salió caminando por la puerta. Pero «InGen» planteaba un desafío más duro. Dodgson quería algo más que un ADN bacteriano, quería embriones congelados, y sabía que «InGen» protegía los embriones con las medidas de seguridad más complejas. Para conseguirlos necesitaba un empleado de «InGen» que tuviera acceso a los embriones, que estuviera dispuesto a robarlos y que pudiera burlar la seguridad. Una persona así no era fácil encontrarla. Finalmente, a principios de año, Dodgson localizó a un empleado de «InGen» sobornable. Si bien no tenía acceso al material genético, Dodgson mantuvo el contacto, reuniéndose con él todos los meses, en «Carlos and Charlie's», en el Silicon Valley, ayudándole en pequeñeces. Y ahora que «InGen» estaba invitando a contratistas y asesores para visitar la isla, era el momento que Dodgson había estado esperando… porque significaba que su hombre tendría acceso a los embriones. —Vayamos al grano —dijo éste—. Faltan diez minutos para que salga mi vuelo. 89/534
—¿Quiere repasarlo todo otra vez? —preguntó Dodgson. —¡Demonios, no, doctor Dodgson! Quiero ver el maldito dinero. Con rápido movimiento, Dodgson descorrió el cerrojo del maletín y lo abrió unos pocos centímetros. El hombre echó un vistazo con aire indiferente, y preguntó: —¿Está todo? —La mitad, setecientos mil dólares. —Bien. Excelente. —Volvió la cabeza y bebió su café—. Está muy bien, doctor Dodgson. Dodgson, con rapidez, echó el cerrojo al maletín y dijo: —Eso es por las quince especies, ya sabe. —Lo recuerdo. Quince especies, embriones congelados. ¿Y cómo los voy a transportar? Dodgson le alcanzó un tubo grande de crema de afeitar «Gillette Foamy». —¿Es esto? —Es esto. —Pueden revisar mi equipaje… Dodgson se encogió de hombros. —Apriete la parte de arriba. El hombre lo hizo y una leve bola de crema de afeitar blanca le cayó en la mano. —No está mal. —Se limpió la espuma en el borde del plato, y repitió—: No está mal. —El tubo es un poco más pesado que el normal, eso es todo. —El equipo técnico de Dodgson lo había estado montando durante los dos últimos días, trabajando contra reloj. Rápidamente, le mostró al hombre cómo funcionaba. —¿Cuánto gas refrigerante hay en el interior? 90/534
—El suficiente para treinta y seis horas. Los embriones tienen que estar de vuelta en San José para ese momento. —Eso depende del tipo suyo que vaya en la lancha —dijo el hombre—. Mejor será que se asegure de que tenga un refrigerador portátil a bordo. —Lo haré —dijo Dodgson. —Y hagamos un repaso de la subasta… —El trato es el mismo —dijo Dodgson—. Cincuenta mil al entregar cada embrión. Si son viables, cincuenta mil adicionales por cada uno. —Está bien. Pero asegúrese de tener la lancha esperando en el muelle este de la isla, el viernes por la noche. No el muelle norte, al que llegan los grandes barcos de suministros. El este; es un pequeño muelle auxiliar. ¿Lo ha entendido? —Lo he entendido. ¿Cuándo volverá usted a San José? —Es probable que el domingo. —El hombre se separó del mostrador. Dodgson se inquietó: —¿Está seguro de saber cómo se opera el…? —Lo sé. Créame, lo sé. —También creemos que la isla mantiene contacto constante por radio con la casa matriz de «InGen» en California, de modo que… —Mire, tengo ese aspecto cubierto. Limítese a descansar y a tener el dinero listo. Lo quiero todo el domingo por la mañana, en el aeropuerto de San José, en efectivo. —Le estaré esperando. No se preocupe —aseguró Dodgson. 91/534
Malcolm Poco antes de medianoche subió al avión en el aeropuerto de Dallas un hombre alto, delgado, con calvicie incipiente, de treinta y cinco años de edad y vestido de negro de pies a cabeza: camisa negra, pantalones negros, calcetines negros, calzado negro. —Ah, doctor Malcolm —saludó Hammond, sonriendo con forzada afabilidad. Malcolm sonrió ampliamente, mostrando los dientes: —Hola, John. Sí, temo que su antigua Némesis está aquí. Malcolm estrechó las manos de todos, al tiempo que decía con rapidez: —Ian Malcolm, ¿cómo está usted? Me dedico a las matemáticas. A Grant le dio la impresión de que estaba más divertido por el paseo que por cualquier otra cosa. Por supuesto que Grant reconoció el nombre. Ian Malcolm era uno de los más famosos de la nueva generación de matemáticos, que estaba abiertamente interesada en «cómo funciona el mundo real». Estos eruditos habían roto con la enclaustrada tradición de la matemática en varios sentidos importantes: ante todo, utilizaban ordenadores en forma constante, práctica que los matemáticos tradicionales no aprobaban. Después, trabajaban, de modo casi exclusivo, con ecuaciones no lineales, en el emergente campo al que se conocía, en sentido amplio, como caos. En tercer lugar, parecían interesarse por que su matemática describiera algo que realmente existía en el mundo real. Y, por último, como para recalcar que habían salido del ámbito universitario al mundo, se vestían y hablaban con lo que un matemático de mayor edad denominaba «un deplorable exceso de personalidad». De hecho, a menudo se comportaban como estrellas del rock. Malcolm se acomodó en uno de los asientos acolchados. La azafata le preguntó si deseaba una bebida, a lo que él replicó: —«Coca Light», batida pero no agitada. El aire húmedo de Dallas penetró por la portezuela abierta. Ellie preguntó: —¿No hace un poco de calor, para ir vestido de negro? 92/534
—Es usted extremadamente bonita, doctora Sattler —contestó Malcolm —. Podría mirarle las piernas todo el día. Pero no, a decir verdad, el negro es, en realidad, lo mejor para el calor. Radiación eficiente. De todos modos, yo sólo uso dos colores, negro y gris. Ellie tenía la vista clavada en él, boquiabierta. —Estos colores son apropiados para toda ocasión —continuó Malcolm —, y van bien juntos, en el caso de que, por error, me pusiera un par de calcetines grises con pantalones negros. —¿Pero no encuentra aburrido usar nada más dos colores? —En absoluto. Lo encuentro liberador: creo que mi vida tiene valor, y no quiero malgastarla pensando en ropa —aseveró Malcolm—. No quiero pensar en lo que voy a usar por la mañana . En verdad, ¿se puede imaginar algo más aburrido que la moda? Los deportes profesionales, quizá. Hombres grandes golpeando pelotitas, mientras el resto del mundo paga dinero por aplaudir. Pero, teniéndolo todo en cuenta, encuentro que la moda es más tediosa que los deportes. Ellie cerró la boca. —El doctor Malcolm —explicó Hammond— es un hombre de firmes convicciones. —Y loco de remate —dijo Malcolm de buena gana—, pero tiene que admitir que éstos son temas triviales. Vivimos en un mundo de aterradores descontados : se da por descontado que una persona se comportará así, por descontado que le interesará aquello. Nadie piensa en los descontados. ¿No es sorprendente? En la sociedad de la información, nadie piensa. Esperábamos desterrar el papel pero, en realidad, desterramos el pensamiento. Hammond se volvió hacia Gennaro y alzó las manos: —Usted le invitó. —Y fue una actitud afortunada también —dijo Malcolm—, porque la cosa pinta como si ustedes tuvieran un grave problema. —Nosotros no tenemos problemas —repuso Hammond con rapidez. —Siempre sostuve que esa isla sería impracticable —insistió Malcolm—. Lo predije desde el comienzo. —Buscó dentro de un maletín de cuero blando, y agregó—: Y, para estos momentos, confío en que todos sepamos cuál habrá de ser el resultado final: usted tendrá que bajar el telón para siempre. 93/534
—¡Bajar el telón! —Hammond se puso de pie, con furia—. Eso es ridículo. Malcolm se encogió de hombros, indiferente al arranque de cólera de Hammond: —He traído copias de mi trabajo original, para que las vean —anunció —. El trabajo original de consultoría que hice para «InGen». La parte matemática es un tanto trabajosa, pero les puedo guiar a través de ella. ¿Se va ahora? —Tengo algunas llamadas telefónicas que hacer —adujo Hammond, y entró en la cabina contigua. —Bueno, es un largo vuelo —dijo Malcolm a los demás—. Por lo menos, mi trabajo les dará algo que hacer. El avión volaba a través de la noche. Grant sabía que Ian Malcolm tenía su cuota de detractores, y pudo entender por qué algunos encontraban que su estilo era demasiado abrasivo y sus aplicaciones de la teoría del caos demasiado verbosas. Grant hojeó el trabajo, limitándose a echar un vistazo a las ecuaciones; no se sentía con ánimos para luchar con la lectura del trabajo a esa hora. Gennaro inquirió: —¿Su trabajo llega a la conclusión de que la isla de Hammond está condenada al fracaso? —Exacto. —¿Debido a la teoría del caos? —Exacto. Para ser más precisos, debido al comportamiento del sistema en el espacio de fase. Gennaro frunció el entrecejo. Arrojó el trabajo a un costado y dijo: —¿Puede explicarlo en lenguaje para legos? —Claro. Veamos dónde tenemos que empezar. ¿Sabe qué es una ecuación no lineal? —No. —¿Atracadores extraños? 94/534
—No. —Muy bien —dijo Malcolm—. Volvamos al comienzo. —Hizo una pausa, clavando la vista en el techo—. La física tuvo un gran éxito en la descripción de ciertas clases de comportamiento: planetas en órbita, espacionaves yendo a la Luna, péndulos, resortes y bolas que ruedan, esa clase de cosas. El movimiento regular de los objetos. Estos movimientos se describen mediante lo que se denomina ecuaciones lineales, y los matemáticos pueden resolver esas ecuaciones fácilmente. Lo hemos estado haciendo durante centenares de años. —De acuerdo —asintió Gennaro. —Pero existe otra clase de comportamiento, que la física maneja mal. Por ejemplo, todo lo que tenga que ver con la turbulencia: el agua que sale de un surtidor, el aire que se desplaza sobre el ala de un avión, el clima, la sangre que fluye a través del corazón. Los sucesos turbulentos se describen mediante ecuaciones no lineales. Son difíciles de resolver… De hecho, habitualmente es imposible resolverlos. Así que la física nunca entendió toda esta clase de sucesos. Hasta hace unos diez años. La teoría que los describe se denomina teoría del caos . »En su origen, la teoría del caos surgió de los intentos por hacer modelos meteorológicos computarizados, en la década de 1960. El clima es un sistema grande y complicado; específicamente la atmósfera de la Tierra cuando interactúa con las masas continentales y el mar, y con el Sol. El comportamiento de este sistema grande y complicado siempre desafía el entendimiento. Así que, como es natural, no podemos predecir el clima. Pero lo que los primeros investigadores aprendieron de los modelos de ordenador fue que, aunque se pudiera entender aquel sistema, seguiría siendo imposible predecirlo. La predicción del clima es absolutamente imposible. El motivo es que el comportamiento del sistema depende mucho de las condiciones iniciales. —Me he perdido —dijo Gennaro. —Si uso un cañón para disparar un proyectil de cierto peso, a cierta velocidad y con un cierto ángulo de inclinación, y si después disparo un segundo proyectil con peso, velocidad y ángulo casi iguales, ¿qué ocurre? —Los dos proyectiles caerán casi en el mismo punto. —Así es. Eso es dinámica lineal. —Entendido. —Pero si tengo un sistema meteorológico en el que empiezo con una cierta temperatura, y una cierta velocidad del viento y una cierta humedad, y si después lo repito casi con las mismas temperatura, viento 95/534
y humedad, el segundo sistema no se comportará casi igual, se desviará y rápidamente se hará muy diferente del primero; tormentas de truenos en vez de sol. Eso es dinámica no lineal. Es sensible a las condiciones iniciales: diferencias diminutas resultan amplificadas. —Creo que ya lo entiendo. —Un resumen de todo esto es el «efecto mariposa»: una mariposa bate sus alas en Pekín, y las condiciones meteorológicas de Nueva York son diferentes. —¿Así que todo el caos no es más que aleatorio e impredecible? ¿Es eso todo? —No. Dentro de la compleja variedad de comportamiento de un sistema, realmente encontramos regularidades ocultas. Ése es el motivo de que, ahora, la del caos se haya convertido en una teoría muy amplia que se usa para estudiarlo todo, desde la Bolsa hasta multitudes que producen tumultos, pasando por las ondas cerebrales durante la epilepsia. Cualquier sistema complejo en el que haya confusión y que sea imposible predecir. Podemos hallar un orden subyacente. ¿Está claro? —Sí. Pero ¿cuál es ese orden subyacente? —Está caracterizado, en esencia, por el movimiento del sistema dentro del espacio de fase. —Dios mío —se quejó Gennaro—. Todo lo que quiero saber es por qué piensa usted que la isla de Hammond no puede funcionar. —Entiendo. Ya llego a eso. La teoría del caos dice dos cosas: primero, que los sistemas complejos, como el clima, tienen un orden subyacente. Segundo, la inversa de eso, que sistemas simples pueden producir un comportamiento complejo. Por ejemplo, las bolas de billar. Gennaro asintió con la cabeza. —Se golpea una bola de billar y empieza a rebotar contra las bandas de la mesa. En teoría, éste es un sistema bastante simple, casi un sistema newtoniano. Puesto que se puede conocer la fuerza que se le dio a la bola y la masa de la bola, y se pueden calcular los ángulos según los cuales la bola golpeará las bandas, se puede predecir el comportamiento futuro de la bola para hacer que se detenga. En teoría, se podría predecir el comportamiento de la bola para un futuro muy lejano, mientras sigue rebotando de un lado a otro. Se podría predecir dónde va a terminar dentro de las tres próximas horas, en teoría. —Bien. —Pero, de hecho —añadió Malcolm—, no se pueden predecir más que unos pocos segundos. Porque casi de inmediato efectos muy pequeños, 96/534
imperfecciones en la superficie de la bola, diminutas hendiduras en la madera de la mesa, empiezan a marcar la diferencia. Y no hace falta mucho tiempo para que esos efectos acaben con los cuidadosos cálculos que se hayan hecho. Así que resulta que ese sistema simple, formado por una bola de billar sobre una mesa, tiene un comportamiento impredecible. —Comprendido. —Y el proyecto de Hammond es otro sistema aparentemente simple, animales dentro de un ambiente de jardín zoológico que, al final, exhibirá un comportamiento impredecible. —Usted sabe esto debido a… —La teoría —dijo Malcolm. —¿Pero no sería mejor que viera la isla, para comprobar qué es lo que se hizo en realidad? —No; eso es del todo innecesario. Los detalles no importan. La teoría me dice que la isla pronto empezará a comportarse de manera impredecible. —Y usted confía en su teoría. —Oh, sí. Plenamente. —Se reclinó en el asiento—. Hay un problema en la isla: es un accidente que está esperando el momento de producirse. 97/534
Isla Nubla Con un gemido, los rotores empezaron a oscilar describiendo círculos sobre el aparato, arrojando sombras sobre la pista del aeropuerto de San José. Grant escuchó el chasquido en sus auriculares cuando el piloto habló con la torre. Habían recogido a otro pasajero en San José, un hombre llamado Dennis Nedry, que había volado hasta allí para encontrarse con ellos. Era gordo y desaliñado, estaba comiendo una barra de chocolate y tenía los dedos pegajosos y partículas de papel de aluminio en la camisa. Masculló algo respecto de los ordenadores en la isla, y no dio lugar a un apretón de manos. A través de la burbuja de plexiglás, Grant observaba el hormigón del aeropuerto escabullírsele bajo los pies, y vio la sombra del helicóptero corriendo junto a ellos mientras viajaban hacia el Oeste, hacia las montañas. —Es un viaje de alrededor de cuarenta minutos —informó Hammond, desde uno de los asientos posteriores. Grant observó las colinas bajas elevarse y, después, se encontraron pasando a través de nubes intermitentes, para volver a irrumpir a la luz del sol. Las montañas eran abruptas, aunque le sorprendió el grado de deforestación; área tras área de colinas erosionadas, despojadas. —Costa Rica —informó Hammond— tiene un mejor control de la población que otros países de América Central pero, aun así, la tierra está ferozmente deforestada. La mayor parte de esto tuvo lugar durante los diez últimos años. Desde las nubes bajaron al otro lado de las montañas, y Grant vio las playas de la costa oeste. Pasaron velozmente sobre una pequeña aldea costera: —Bahía Añasco —anunció el piloto—. Aldea pesquera. —Señaló hacia el Norte—. Subiendo la costa, allá, se ve la reserva de Cabo Blanco. Tienen hermosas playas. El piloto enfiló directamente hacia el océano y se estabilizó sobre las aguas que primero se volvieron verdes y después de un aguamarina profundo. El sol brillaba sobre ellas. Eran alrededor de las diez de la mañana. —Ahora sólo faltan unos minutos para que divisemos Isla Nubla — añadió Hammond y explicó que Isla Nubla no era una verdadera isla; en 98/534
vez de eso era un guyot, una elevación volcánica de roca proveniente del lecho oceánico. —Sus orígenes volcánicos se pueden ver por toda la isla —dijo—. Hay chimeneas para escape del vapor en muchos sitios y, a menudo, el suelo se siente caliente bajo los pies. Debido a eso, y también a las corrientes predominantes, Isla Nubla se encuentra en una región neblinosa. Cuando lleguemos ahí lo verán… Ah, ahí estamos. El helicóptero aceleró su marcha, volando a ras del agua. En esa zona había una tenue neblina suspendida en el aire. Frente a ellos, Grant vio una isla escabrosa y escarpada, que brotaba del océano abruptamente. —¡Cristo, parece Alcatraz! —exclamó Malcolm. Las boscosas laderas de la isla estaban coronadas de niebla, lo que le confería una apariencia misteriosa. —Mucho más grande, claro —dijo Hammond—, trece kilómetros de largo y cinco de ancho, en su punto más amplio, en total, casi cincuenta y siete kilómetros cuadrados. Lo que la convierte en la reserva animal privada más grande de América del Norte. El helicóptero empezó a subir y enfiló hacia el extremo norte de la isla. Grant estaba tratando de ver a través de la densa niebla. —Por lo general, no es tan densa. —La voz de Hammond denotaba preocupación. En el extremo norte de la isla estaban las colinas más altas, que se elevaban a más de seiscientos metros sobre el nivel del mar. La cumbre de las colinas estaba envuelta en niebla, pero Grant vio acantilados escarpados y el océano que se estrellaba contra ellos, allá abajo. El helicóptero ascendió por encima de las colinas. —Lamentablemente, tenemos que aterrizar en la isla. No me gusta, porque eso perturba a los animales. Y a veces resulta un tanto estremecedor. El piloto le interrumpió: —Iniciamos nuestro descenso ahora. Sujétense, amigos. El helicóptero empezó a bajar y, de inmediato, quedaron envueltos en la niebla. A través de los auriculares, Grant oía un bip-bip electrónico, pero no veía nada en absoluto; después empezó a distinguir débilmente las ramas verdes de los pinos, que se extendían hacia ellos por entre la 99/534
neblina. Algunas de las ramas estaban cerca. El helicóptero proseguía su descenso. —¿Qué diablos está haciendo? —se inquietó Malcolm, pero nadie respondió. El piloto desplazó su atenta mirada hacia la izquierda; después, hacia la derecha, observando el bosque de pinos. Los árboles seguían estando próximos. El helicóptero descendía con rapidez. —Ciento cincuenta metros… Ciento veinte metros… —¡Jesús! —exclamó Malcolm. —Noventa metros… Sesenta metros… El bip-bip era cada vez más intenso. Grant miró al piloto. Estaba concentrado. —Treinta metros… Quince metros… Grant echó un vistazo hacia abajo y vio una gigantesca cruz fluorescente por debajo de la burbuja de plexiglás, a sus pies. Había luces intermitentes en las esquinas de la cruz. El piloto hizo una leve corrección y tocó tierra en un helipuerto. El sonido de los rotores fue disminuyendo y murió. Grant suspiró y se desabrochó el cinturón de seguridad. —Tenemos que bajar deprisa, por allí —urgió Hammond—, debido al viento. A menudo hay fuertes vientos en esta cumbre y…, bueno, estamos a salvo. Alguien corría hacia el helicóptero, un hombre con una gorra de béisbol y cabello rojo. Abrió la puerta de un empujón y dijo con alegría: —Hola, soy Ed Regis. Bienvenidos a Isla Nubla. Y vigilen dónde pisan, por favor. Un estrecho sendero formaba una espiral descendente alrededor de la colina. El aire era frío y húmedo. A medida que descendían, la neblina que los rodeaba se hacía menos espesa, y Grant pudo ver mejor el paisaje. Parecía más bien —pensaba— como el Noroeste del Pacífico, la Península Olímpica. —La ecología primaria es bosque pluvial de caducifolias —explicó Ed Regis—. Bastante diferente de la vegetación de tierra firme, que es una pluviselva más clásica. Pero este es un microclima que sólo se produce en altura, sobre las laderas de las colinas del Norte. La mayor parte de la isla es tropical. 100/534
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