Ana con sus hijos, Santiago y su esposa, los Citro, Consuelo e hijas. Vacaciones en Córdoba. (1957) María, Chesco y Norma de paseo por Cruz del Eje. (1952)
VII. Según pasan los años Los tres Schiavi juntos: José, Yuleto y Chesco. Aproximadamente 1940. ADIÓS A YULETO En 1954, tras una enfermedad de un año que hacia el último tiempo lo mantuvo internado, se produjo el fallecimiento de Ángel “Yuleto” Schiavi. Su esposa Ana lo había visitado cada día en el Hospital Italiano, hasta que una mañana encontró la cama vacía. La muerte de Yuleto por aplasía medular, con tan solo 42 años, sería un duro golpe para la gran familia. De común acuerdo, con el tiempo los dos terrenos de Lavalle pasarían a manos de su hermano José y los dos de Sarratea a su viuda. Poco después, José y Ana vendieron otra de las propiedades que habían comprado en sociedad. Con ese dinero, Ana compró el sulky y una casa cerca de su hermano Santiago, quien se preocupó mucho por ella y sus hijos. Vivió un período ahí, mientras alquiló su casa de Sarratea. Luego conocería a Antonio, con quien se iría a vivir para rehacer su vida, vendiendo la última casa que había comprado. Pero su hija Mirta y Antonio no congeniaban, por lo que Mirta terminó viviendo un tiempo en casa de sus tíos José y Consuelo, junto a sus primas. Finalmente Ana utilizó el dinero de la venta para empezar a armarse una prefabricada en el terreno vacío de Sarratea 28, al lado de la casa que tenían con Yuleto. Cuando los inquilinos dejaron la casa, Ana volvió a vivir ahí. Miguel Ángel se ocuparía de ir arreglándola y pintándola. Años después, Ana le regalaría el terreno con la prefabricada a Mirta, para su casamiento. Y es así como su hija luego se mudaría a su lado.
LOS HIJOS DE LOS SCHIAVI María Ester Schiavi, hija primeriza de Consuelo y José y primera nieta de María Gatti y Dolores Segovia, hizo la escuela primaria en la Nº 9, sobre la calle Moreno 932. Como había empezado a estudiar antes con un docente particular, consideraron que sabía bastante y la hicieron comenzar en primer grado superior. El bravo maestro Corrales, según cuentan de gran parecido a Sarmiento, no solo enseñó particular a “Mary” sino también unos años después a Marta. Aunque para entonces su hermana mayor la ayudaba bastante en las cosas de la escuela. Durante su adolescencia, a Mary le atrajo la música y estudió teoría y solfeo. Cada año la profesora Rodríguez la llevaba a dar el examen final al Instituto Musical Santa Cecilia, en capital. Marta la acompañaba al conservatorio y la esperaba en una sala, desde donde escuchaba lo hermoso que tocaba. Luego de rendir, y para celebrar, la profesora acostumbraba llevarlas a tomar el té a una confitería. Marta no se olvidaría nunca la vez que se pidió una tarta de frutilla y al cortarla voló la mitad por el aire. En su comunión y junto a Marta, yendo a la escuela, hacia 1950. A comienzos de su adolescencia.
Como premio para sus quince años, su familia le regalaría un piano. No sería el ideal, ya que era usado y no estaba en las mejores condiciones. Pero fue un gran paso. Su foto con el vestido blanco, y con sus manos en el teclado, había salido en un recuadro destacado de El Sol, al mes siguiente, pero la mejor noticia fue que a mediados de 1958 sus padres pudieron por fin comprarle un piano nuevo. Durante el último examen en el conservatorio, en 1961, Mary tuvo que tocar “La Danza de la Gitana”. Siempre la practicaba en su casa con la canción original sonando en el tocadiscos. Y ese día estuvo tan bien que las señoras que esperaban fuera comentaron: “¡Cómo toca esta chica!”, según pudo escuchar orgullosa su hermana. En su diploma de profesora superior recibió un 10. Mary se entusiasmó con dar clases y tuvo algunos alumnos. Uno, al que llamaban “Bocha”, en un descuido le dejaría su apodo marcado para siempre en un rincón del piano. Su hermanito Juan José se inclinó por el canto y la guitarra, y eso los llevaría a compartir presentaciones juntos, con un alcance que no imaginaban. Cumpleaños de quince de Mary. La familia completa junto a su primer piano. (1956) Tocando durante los quince años de su hermana Marta, con su piano definitivo. (1960)
Marta a los cinco años, sola y junto a su hermana mayor Mary. (1950) Marta Schiavi, cuatro años menor que Mary, había sido siempre una nena tímida y En su primera comunión, luciendo bastante callada. Alumna de la escuela Nº 9, como sus hermanos, era muy buena en el largo cabello que, como se ve a la clase y la maestra la ponía siempre de ejemplo frente al resto: “¡A ver cuándo se derecha, después le cortarían. portan bien como Schiavi!”, decía y a ella le daba vergüenza. A los 10 años comenzó a asistir a las clases de folclore de la hija de un compañero de su papá. Bailó malambos, chacareras, gatos. Y casi siempre ocupaba el lugar del varón, porque faltaba uno. Juan José no quiso saber nada con la danza, pero su prima Mirta empezó ahí mismo con baile español. Durante toda la primaria fue acompañada por Mary. Luego, ya con 12, fue el turno de acompañar ella a su hermano menor. Hubo un tiempo en el que cuando pasaba por cierta cuadra había un chico que siempre le decía algo. Y un día parece que un poco se cansó, porque Marta le tiró una piña como para dejar las cosas claras.
Y a partir de ahí, el pibe la apodó “Trompada 45”, por una película argentina de Marta a los 13 años, aquellos años. Seguramente un poquito le gustaba escucharlo y le sacaba alguna sonrisa, junto a su hermana. porque siguió pasando por aquél lugar, pero hay que destacar que él era un valiente al arriesgarse a otro mamporro. Bailando con Chesco en sus 15, y estrenando Marta terminó el primario y tuvo intenciones de estudiar matemáticas. Pero al final peluquería en su casa, desistió. A los 13 eligió dedicarse a la peluquería. Estudiaba en una academia en Wilde, en la década del 60. llamada Juancho. Pasó un año y todavía no se animaba a cortar el pelo. Un día el profesor le puso los puntos y le dijo que cortaba o no asistía más, así que Marta se tuvo que decidir a agarrar la tijera. Hacia 1960 se propuso llevar el oficio de manera independiente y se armó la peluquería en el living de la casa de Lavalle. Consuelo y José le regalaron un “moderno” secador de pelo de pie y el lavacabezas. Hubo desfile de vecinos a diario por la peluquería, pero el “después te pago” que no se cumplía no ayudaba al negocio. Bancó el cuentapropismo por dos años hasta que se decidió a trabajar en un local cercano que buscaba personal. Allí, una italiana la puso a lavar cabello y poner ruleros. Pero el tiempo pasaba y nunca la dejaban arrancar con la tijera, justo ahora que ya se animaba. Hasta que un día entró una nueva compañera que empezó cortando el pelo. Marta volvió llorando, no queriendo regresar más ahí. En esta época también se dedicó a la venta de tejidos. Se había comprado una máquina de tejer eléctrica, que estaba en el galpón de la casa. Allí trabajaba de noche, compartiendo aquel lugar con su hermano Juan José, que a veces se quedaba estudiando. A los 18 años comenzó a buscar avisos en los diarios. Se presentaba en lugares de capital federal, pero la rechazaban por ser de Quilmes, diciendo que se le podía dificultar llegar. En aquellos años llevaba la comida a su papá, a la cervecería. Se anunciaba en la entrada de la calle Amoedo y José se acercaba al portón. Lentamente, ya que no se quitaba la ropa que usaba en el sótano de reposo, sobre todo aquellos pesados zapatos de seguridad. Fue él quien un día le recomendó que empiece a leer avisos en el diario El Sol, y allí pronto encontró uno de una peluquería en Berazategui, donde finalmente fue elegida para el puesto. En ese lugar conoció a una compañera llamada Ani y se hicieron amigas.
Mary y Marta El Club Libertad se llenó. Y Juan Franco, que era un hombre mayor y con contactos posando. (1963) en el medio, se quedó finalmente con la organización de los bailes. Pero las Schiavi tuvieron entrada gratis y mesa reservada mucho tiempo ahí. Iban con sus primas, incluídas las hijas de Porota, Mónica Mella y otras amigas. José se ponía la alarma para ir a buscarlas a su regreso, a la parada del colectivo. Ellas luego le cebaban mate. De la etapa de la peluquería de Ani había hecho amistad con una clienta que era esposa de “Pancho” Loiacono, histórico periodista y creador de Radiolandia 2000. Él siempre les conseguía a las Schiavi entradas para diferentes eventos. Así, Marta logró viajar a presenciar el festival de la canción “De Costa a Costa”, en Uruguay. En 1965, entre su hermana y su prima. Ani se fue a trabajar por su cuenta a su casa, tiempo después, y Marta la acompañó. Con el pelo nuevamente largo, Su peluquería fue un éxito. Trabajaban muchas horas por día. Pero a mediados de los a principios de los 70. 60 se usaban mucho los peinados con sprays, y Marta descubrió que esos productos le causaban alergia. Se la pasaba estornudando. Finalmente decidió dejar la peluquería. En aquellos años, las hermanas Schiavi concurrían al Club Libertad, en Berazategui. De día era un club social, típico de barrio, con cancha de bochas incluída. Marta, Mary y su prima Mirta practicaban básquet con el profesor Coqui. Aunque según Marta, ella nunca aprendió. Además de lo deportivo, las Schiavi se encargaban de organizar los bailes del club y pegaban los afiches haciendo propaganda. En las noches del fin de semana se armaba el baile. Pero... la concurrencia no era mucha. Es así que un día les da una mano con la organización un tal Juan Franco. Y resulta que logra traer como invitado a Palito Ortega, que por entonces ya era un famoso cantante popular.
Cruzando el Río de la Plata en el ferrie, en una cena le tocó sentarse junto a Gino Renni. Aunque sería conocido como actor, por entonces era cantante. Invitado al escenario, Renni cantó en su idioma natal. Pero a Marta le parecía que se “hacía” el italiano. Cuando volvió a la mesa, sonriente le susurró: “¿Le gustó como canté?”. Marta fue totalmente honesta: “La verdad que no”. Poco después, él se levantó de la mesa y eligió sentarse en otra. En aquella época de mucho contacto con las luces del espectáculo hasta conoció en persona a Alfredo Alcón. Un día Loiacono le preguntó intrigado a Marta: “¿Usted quiere ser artista...?”. A lo que ella respondió enseguida que no. Sin embargo, a partir de los años 70 dedicaría varios años a disfrazarse y animar algunas fiestas infantiles, inicialmente de sobrinos. Su hermano le había propuesto llamarse “Marta Pandereta”. Con el tiempo usaría un teatro de títeres hecho por su papá. Siempre activa y orientada a manualidades y cosas creativas, José tenía una frase al respecto: “Cuando Marta diga´¿Sabés lo que estoy pensando?´, sentate y escuchá porque algo se trae”. Marta de vacaciones en la década del 70. Animando fiestas infantiles. A la derecha, el día que conoció a Alfredo Alcón.
Destacado en nota de diario El Sol. Una voz comparable a la de Joselito. Juan José en la puerta de Lavalle. A la derecha, con Miguel Ángel. Cantando “Dónde estará mi vida”, Juan José Schiavi comenzó a entusiasmarse con el canto de chiquito. Una famosa con su hermana película española de entonces llamada “Marcelino, pan y vino”, cuyo pequeño Mary en el Club protagonista se robaba los laureles cantando, fue su inspiración inicial. Luego se Social Quilmes. sumaría la película “El ruiseñor”, con otro famoso niño-cantor Joselito, que por (1962) entonces se conocía como “El niño de la voz de oro”. A ese potencial se comparaba la voz de Juan José. Fue natural que con seis años, en 1957, comenzara a cantar con su hermana Mary acompañándolo al piano. Comenzó a interpretar también canciones mexicanas, como la popular de la época “Cucurrucucú Paloma”, y algunos temas italianos como “Ciao Bambina”. Hacia 1958, lograron actuar en LS10 Radio Libertad (hoy es 1030 Del Plata). Durante un año, se presentaron sábados y domingos por la mañana, en el programa “Juancho y los niños”, conducido por Oscar del Priore. Y también actuaron en otras emisoras, como la uruguaya Radio Colonia que también tenía estudios en Buenos Aires.
Vacaciones en La Falda, Córdoba. Con el tiempo formó parte de dos grupos musicales. El “Quinteto Azul”, donde a Juan José a los diez años. (1962) veces cantaba Sunilda, la hija de su profesor de guitarra, y ellos acompañaban. Y el “Trío Canto y Guitarra”, que se orientó exclusivamente al género mexicano, con un repertorio de rancheras, corridos y valses, sazonados con gritos mariachis. Ambos grupos hicieron presentaciones en distintos lugares, siendo habitués en radios, peñas y concursos infantiles, y actuando en los corsos de Avenida Rivadavia de Quilmes, de la mano del popular locutor de la época Omar “Clavelito” Andragnez. De tanto actuar en festivales por todo Quilmes, conocieron al dueño y adiestrador de Con sus hermanas en Córdoba (1957) un famoso perro policía de entonces, llamado Arco. Con el tiempo, Arco tuvo la y en la piscina del Parque de la posibilidad de un contrato para participar en un film italiano, de la actriz Sofía Loren. Cervecería. (1963) Y el dueño del perro lo tentó a Juan José para llevárselo, y hacer del hijo de Sofía, en el papel de una muchacha ciega con un perro lazarillo. Su padre José no se lo permitió, pero dicen que Arco fue igual y filmó. Iniciados los 60, Juan José y Mary actuaron varias veces en el salón del Club Social Quilmes. Cuando cumplió 10 años, José le regaló a su hijo una guitarra, y él empezó a aprender a tocarla con un profesor y a vocalizar con un tenor quilmeño. A los 14 comenzó a cambiar la voz, pero gracias al estudio su agudo se mantuvo, pudiendo seguir entonando con voz de niño.
Juan José durante su adolescencia. Guitarra en mano, a principios de los 70. Con el trío llegaron a tocar también en Canal 9. Era 1968 y a la 1 de la tarde un programa llamado “Estudiantes”, conducido por un joven Silvio Soldán, brindaba unos minutos de fama a nuevas figuras. Lograron integrar la “embajada” del canal y los llevaron en micro a actuar junto a cantantes como Donald, Rimoldi Fraga, el grupo Conexión Nº 5 y otros populares artistas. El trío de Juan José iba “por el pancho y la Coca” a donde sea. Pero Alejandro Romay, dueño de Canal 9, levantó aquel programa para dar inicio a un extraño formato de programa a desarrollarse durante un almuerzo entre la popular actriz Mirtha Legrand y algunos invitados, denominado por entonces “Almorzando con las Estrellas”. Hubo ofertas para continuar en los programas “Tropicana Club” y el “Specialissimo”, pero el trío a esa altura se empezaba a desintegrar. Las luces de la TV volverían a iluminar a Juan José en el programa “Galanterías“, del popular conductor Roberto Galán (pronto se convertiría en “Si lo sabe, cante”). Allí se presentaría solo y ganaría un premio en dinero, con el cual le compraría luego un regalo a su futura novia Marisa, en un momento en el que él no tendría trabajo.
Mirta y Miguel Ángel, hijos de Ana y Yuleto, y Norma, hija de María y Chesco, hicieron el primario en la Nº 30, del barrio de la Cervecería: Villa Argentina. Aquella escuela que había sido construída junto a las viviendas que conforman esas manzanas, para dar a los trabajadores de la fábrica hogar y educación. De chicas, las primas Schiavi andaban siempre juntas por su lado, y los primos por el suyo. A veces había “pica” entre Mirta y Norma... cosas de chicas. Salvo la vez que dicen que Norma la corrió con una pala, pero la cosa no pasó a mayores. En una época donde la mayor parte de la diversión pasaba por estar en la calle, un clásico de Mirta era que la tengan que llamar poque se hacía de noche y seguía en la vereda de enfrente de la casa, jugando con los vecinos. Cuando murió Yuleto, su viuda e hijos pasaron años difíciles. Ana Vázquez empezó a trabajar. Se llevaba al pequeño Miguel Ángel y dejaba a Mirta al cuidado de una vecina de enfrente. Arriba: Miguel Ángel (con jopo armado por su tío Santiago) junto a su hermana Mirta. (1951) izquierda: Marta, Mirta y Miguel en foto de estudio en el río de Quilmes. Derecha: Miguel Ángel en 1956.
Ana Vázquez con sus hijos Mirta y Miguel Ángel Schiavi. Miguel de paseo en 1961. Arriba: los primos Juan José y Miguel Ángel Schiavi. Norma con disfraz primaveral. Derecha: Miguel entrando en la adolescencia.
Su mamá a veces le hacía molinetes de papel, y Miguel los vendía en la puerta de la estación del tren. O lo mandaba a buscar frutas y verduras de descarte en la verdulería, porque a ella y Mirta les daba un poco de vergüenza. Con eso Ana hacía dulces y ensaladas. Miguel todavía recuerda los sanguchitos de berenjena, que su mamá les preparaba por ser un vegetal muy nutritivo. También volvieron a usar la vieja técnica de las Vázquez, para atraer alguna gallina del vecino con miguitas. De chiquito, Miguel Ángel a veces se pasaba para la casa de su tío Chesco, por el fondo, que no tenía división. Le hacía compañía, y su tío lo quería como a un hijo, sobre todo después del fallecimiento de Yuleto. Charlaban, y a partir de esas charlas es que hoy sabemos muchas de las historias de los primeros tiempos de los tanos en Quilmes. De su padre, con el tiempo recordaría pocas cosas, por ejemplo, que lo alzaba para mirar por la ventana hacia la calle, ya que lo había perdido cuando tenía apenas cinco años. También estuvo a su lado su tío Santiago, en quien Ana se apoyó al enviudar. Un par de veranos, Marta, Mirta, Miguel y Carlitos Camarotta fueron a la colonia de los cerveceros. Los pasaba a buscar y traía de vuelta Faílde en su “bañadera”, vestidos con el mismo guardapolvo blanco de la escuela. Iban junto a otro colectivo, y los chicos le competían cantando a grito pelado: “¡Con los bigotes del chofer... haremos un escobillón... para barrer la bañadera de Faílde el gran campeón!”. Esos ómnibus, parecidos a bañeras con ruedas, eran de gran longitud y ancho, con carrocería para filas de cuatro asientos separados por un pasillo. Su capota de lona desmontable protegía a los viajantes en invierno, y si estaba lindo se disfrutaba el paseo al aire libre. Miguel Ángel odiaba un poco la colonia porque de los árboles, en esa época, se les caían siempre gatapeludas encima. Las chicas, en cambio, las usaban para jugar. Por ejemplo, las mataban y las enterraban con velorio y todo. Cosas para pasar las tardes de verano. Los hermanos Miguel Ángel y Mirta en 1963. Norma Schiavi (1963) y Carlitos Camarotta (1960).
Las primas A los 9 años, Miguel ya tenía una changa en un aserradero, después de la primaria. Schiavi, en Llevaba su martillo y armaba cajoncitos por unos centavos. Con el tiempo dejó de ir a el quince la escuela y terminó libre. De adolescente, usó el sulky de Ana para ganarse unas de Norma. monedas paseando chicos. Su tío Juan Citro a veces lo ayudaba a prepararlo, poniéndole (1963) la montura a Flecha. A los 16 trabajó en una tornería, luego fue chapista y, a finales de los 60, manejó un camión haciendo fletes, para una curtiembre y una fábrica de plástico. Trabajaría luego en una verdulería, hasta que un día tendría la oportunidad de dedicarse a algo que sería definitorio en su vida: el transporte escolar. Por lo laboral, y por lo afectivo. Ya saliendo de la adolescencia, las primas Schiavi habían empezado a practicar basquet juntas y luego compartieron salidas. En la época en que Marta trabajó en la peluquería, varias veces desfilaron diferentes peinados en un salón en Berazategui. Las salidas en común a veces incluían a otros primos, como pasaba con Carlitos Camarotta. Con los años, Carlitos llegaría a tener un fuerte vínculo con su primo hermano Miguel Ángel. Norma fue la que estuvo más en contacto con sus lazos en Italia. Era la que más se animaba a manejar el italiano, de todos los descendientes de los tanos. Intercambiaba cartas con los De Domenici, y con su prima Netta (sobrina italiana de los hermanos Schiavi). En casa de Norma pasaría su estadía, al venir de visita desde Pavía, en 1981. Aunque tuvo algunos romances durante su vida, y hubo un noviazgo formal con el que estuvo ilusionada, cuando era muy jovencita, Norma Schiavi no pudo concretar su casamiento. Y Chesco y María no tuvieron nietos. Pero ella siempre se encargó de dar gran afecto a los más chicos de la familia. Carlitos bailando en Chascomús, mientras sus primos aplauden. (1960)
EL CHOQUE DE LA LUCIÉRNAGA Era febrero de 1964 y uno de los más graves accidentes de la historia ferroviaria del Constitución. Para subir al tren de rescate debieron pasar por al lado del lugar del país, conocido luego como el “accidente de Altamirano”, pudo haber cambiado todo accidente. El cuerpo sin vida del maquinista asomaba todavía con su mitad atrapada el futuro de las familias Schiavi y Vázquez. dentro de la cabina de la locomotora. Consuelo, José y sus hijos, junto a María Vázquez y su esposo Juan Citro, volvían En Buenos Aires, la radio informaba sobre la tragedia. Pero no se tenía noticias sobre de una vacaciones en Mar del Plata. Viajaban en el último vagón del ferrocarril ningún pasajero en particular. No existía manera de comunicarse con un familiar. denominado “La Luciérnaga”, que unía la estación marplatense con la Capital Federal. Santiago Vázquez esperaba desesperado por saber algo, en Constitución. Cuando Llegando al pueblo de Altamirano, a mitad de la madrugada y a 100 kilómetros por llegó el tren, y se reencontraron, suspiró de alivio. Recuerdan que revisó de arriba a hora, el cambio de vías falló y desvió a la formación contra un carguero detenido. abajo a Juan José, diciéndole: “¿Seguro estás bien vos, pibe?”. El golpe fue tremendo y provocó el descarrilamiento y vuelco de varios vagones. Los Schiavi se despertaron con la fenada y el impacto repentinos, pero no sabían bien qué había pasado. Estaba oscuro y afortunadamente el vagón de ellos no había sufrido ninguna consecuencia. José y Juan decidieron bajar e ir hacia adelante a ver qué ocurría. El espectáculo que vieron fue impactante. Regresaron e hicieron que bajara el resto de la familia. Caminaron todos hasta el pueblo. Allí mucha gente comenzaba a refugiarse donde podía, recuperarse del susto y esperar. Un viejo bar que estaba abierto se llenó, y aprovechó a sacar beneficio de sus ventas, a precios inflados. Los Schiavi se sentaron a tomar algo y se quedaron viendo el triste panorama, mientras comenzaba a despuntar el alba. Advirtieron que había gente que iba y venía del lugar del accidente. Pasaban con las manos vacías y volvían cargados, con valijas, bolsos... Ahí se dieron cuenta de que era gente del pueblo que estaba saqueando lo que podía de los vagones. Incluso, le sacaban los anillos y otras pertenencias a los muertos. Hasta varias horas después no hubo rescate ni ayuda para los sobrevivientes de La Luciérnaga. Finalmente, llegó otra formación para llevarlos hasta la estación
VIII. Caminos cruzados MARÍA ESTER Y ROBERTO En 1962 Roberto Muñoz ya trabajaba en General Electric, en el barrio de Barracas, como cajero. Había hecho un curso en las famosas Academias Pitman, para especializarse en contaduría. Hacia 1967 Mary Schiavi comenzó como vendedora en un gran negocio de ropa y fábrica de lencería en el barrio de Once: Segura Hermanos y Cía. Fue entonces que ella también empezó a viajar a capital. Ambos se trasladaban en el Ferrocarril Roca, cada uno por su lado. Se tenían vistos mutuamente del barrio, pero no fue hasta que el destino los comenzó a cruzar a diario en la estación de Quilmes que empezaron a prestarse más atención. Mary y Roberto en la época en que se conocieron.
Al principio coincidían de casualidad, de vez en cuando en el andén. Y charlaban durante lo que duraba el viaje. Pero con el tiempo, y casi sin darse cuenta, empezaron a tratar de esperarse uno al otro, cada mañana, para subir al mismo vagón. Así, se hicieron compañía mientras se iban conociendo poco a poco. Y haciendo que el viaje parezca cada vez más corto. En esa época, Roberto solía visitar con frecuencia a su vecino de enfrente, Chesco. Cruzaba y se quedaban charlando un rato largo. Esto permitió que Chesco llegara a conocer más profundamente a aquél muchacho, y seguramente le habrá dado el “visto bueno” a su hermano José, frente a la relación que estaba comenzando su hija Mary. Mary y Roberto en el Registro Civil. Los Schiavi y los novios en la casa de Lavalle 1338. Entre tantos regalos de Roberto a Mary, uno sería muy especial en 1968: un disco con la marcha nupcial. Y la dedicatoria de amor de “Quien mucho la quiere”. Y así, la siguiente gran fiesta familiar fue su boda en 1969, en casa de los Schiavi. Luego del casamiento en la vieja Parroquia Nuestra Señora de Luján (anterior a la hoy conocida como iglesia “caracol”), con su nuevo sacerdote Luis Farinello, que a futuro sería un histórico cura de Quilmes. Y al final, se fueron en un Gordini hacia el Constitución Palace Hotel, donde pasaron su noche de bodas para estar cerca de la estación de trenes, y partir a su luna de miel en Bariloche al día siguiente. El ferrocarril, una vez más, los llevaría por un camino en común, que los uniría para siempre.
Los Schiavi y los Muñoz después Día del compromiso. Izq: M.Ángel, del casamiento por civil, en el Mirta, Norma. Centro: Roberto y fondo de la casa de Mauricia. Mary, detrás Mauricia, María De Domenici y Consuelo. Der: Marta, Doña Maura y Consuelo, las Marisa, Juan José y su padre. recientes consuegras. Mary junto a José, arribando a la iglesia, el día de la boda.
Chesco, Norma y María, llegando a la fiesta. El patio de Lavalle 1338, escenario una vez más de festejos. Los novios junto a los padrinos, frente al párroco Luis Farinello. Luego de la boda, posando los Schiavi junto a los recién casados.
Izquierda: los novios La novia durante el vals. con Marta y Juan José. con su tío Santiago y Abajo: junto a Monina, su primo Miguel Ángel. madrina de Mary. Brindis de los novios y los padres en el patio de la casa de Lavalle.
JUAN JOSÉ Y MARÍA ISABEL Hacia 1966, Juan José Schiavi había comenzado a trabajar en una librería sobre la Juan José a los 16 años, en familia Avenida San Martín al 400, a pocos metros de la estación de Bernal. Con 15 años, en las playas del sur de Mar del era su primer empleo. Iba y venía hasta ahí con el colectivo 324, cuya parada aún Plata. (1968) está hoy en día del otro lado de las vías, sobre la calle Uriburu. Justo enfrente, en una casa al 834 de Uriburu, vivía María Isabel Mateo (Marisa). También de 15 años, ya lo tenía visto a Juan José y estaba siempre atenta a la hora de salida laboral. Esperaba para ver cruzar las vías al “librero”, como lo llamaba, camino a tomar su colectivo. No se conocían demasiado, más que de verse al pasar. Pero ella se hacía notar, saliendo a la calle a veces y cruzándose a la parada, para sacarle conversación. Para el baile de Reyes de 1967, en el Club Ducilo de Berazategui, la vecina de Marisa, Dora, y su hija comenzaron a tratar de convencer a su mamá Isabel de que la dejara concurrir, mientras un amigo en común con Juan José intentaba llevarlo también ese día a él. Marisa y su mamá vivían solas desde hacía casi un año, cuando había ocurrido el fallecimiento de Ángel Mateo. A su madre no le gustaba la idea del baile, porque todavía estaban ambas en duelo. Sin embargo, la vecina logró hacerla ceder y fue quien las acompañó al baile. Esa noche de Reyes, Juan José y Marisa compartían los alrededores de la pista, pero el encuentro no se producía. Finalmente, él se decidió a “cabecearla” justo cuando empezaban los temas lentos. Ella miró a su vecina, sentada a su lado, quien con un gesto le dio su aprobación. Fue así que caminaron juntos hacia el centro de la pista, como inicio de un noviazgo que duraría 6 años.
Juan José y María Isabel, En esa época José se había comprado una camioneta Ford F-100 modelo 65, primeras épocas de novios. color verde oscuro. La llamaba La Gallega. Los impuestos los pagaba él, pero del “lavado y los chiches” se encargaba Juan José. Era “una máquina”, con un motor de La parejita luego del civil de Mary 8 cilindros en dos líneas de 4, y que consumía nafta “a rabiar”. y Roberto. (1969) Juan José comenzó a manejar a los 18, cuando se empezó a dedicar a hacer fletes. Entregaba muebles, de la mueblería de los padres de un amigo, con La Gallega. Además de estudiar en la Técnica en turno noche. Y a la salida de la escuela, a las 12 de la noche, entraba a trabajar en la Cervecería hasta las 6 de la mañana. Luego volvía a dormir. Y otra vez a salir con la camioneta, si había una entrega. En la cervecería había logrado entrar “acomodado” hacía poco, gracias a los contactos de su papá y su tío. Había tenido que elegir entre estar en el área de reposo o la de fermentación, los sectores en los que se habían desempeñado ambos. Se decidió por fermentación y trabajó allí unos meses, en la limpieza de los tanques. José junto a la camioneta “La Gallega”. (1970)
En manos de Juan José, La Gallega era una herramienta de trabajo los días de semana y Los Schiavi arribando al salón, con una de diversión los sábados, junto a Marisa. Los domingos, era para pasear en familia, José al volante de su camioneta. con José al volante. Marisa tenía una muy buena relación con los Schiavi. Cuando salían todos a bailar, de vez en cuando se quedaba a dormir en su casa. También se iba a veces con ellos de vacaciones. En uno de esos viajes se fueron todos a Mar del Plata a bordo de La Gallega, incluído Roberto, por entonces aún novio de Mary. Con la parte trasera cubierta por una cúpula, para los que no cabían delante. En uno de esos viajes, Marisa se tomó todo el sol el primer día y se insoló. Volviendo en colectivo se desmayó y bajaron de casualidad en la puerta de un médico, que justo salía y la atendió en la calle. Consuelo le había advertido a Juan José que cuide mucho a Marisa, porque la consider- aba “una buena chica”. Cuando cumplieron 21, ambos decidieron que iban a casarse. Para José eran muy jóvenes aún y no se mostró demasiado convencido. Sin embargo, contaron con todo el apoyo de Consuelo. Finalmente, José lo aceptó con mucho agrado. Y les dio a elegir el regalo: la fiesta o el clásico viaje a Bariloche. Marisa no había tenido fiesta de cumpleaños de quince, porque en aquél momento había sido reciente la muerte de su padre. Así que imaginarse con su vestido blanco le dio mucha emoción. La boda se concretó en 1972 y tuvieron su gran fiesta en el salón Pimpi, sobre la calle Guido 319. Adonde los Schiavi se trasladaron, obviamente, en La Gallega. Y como sorpresa para los novios, José no solo les regaló el evento, sino también la luna de miel. El civil y el brindis posterior en la casa de María Isabel.
María Isabel junto a su suegra Consuelo, y al lado de Juan José. (1970) Juan José perdiendo la piel tras tomar mucho sol en Mar del Plata. En el patio de Lavalle 1338. (1970)
MIGUEL ÁNGEL Y MARTA Miguel Ángel y Marta Chiessa, Hacia el año 1973, Carlitos, hijo de “Monina” Vázquez y Pedro Camarotta, era a la salida del civil y en su boda conductor de un transporte escolar y necesitaba alguien que maneje otro para la por iglesia, de moño y capelina. escuela donde trabajaba su esposa (el colegio Juan XXIII de Temperley). Decidió convencer a su primo hermano Miguel Ángel Schiavi, hijo de Ana y Yuleto, que por entonces tenía una verdulería. Él aceptó y se puso en la búsqueda del que fuera su primer micro escolar. Volvería a llevar y traer chicos, como en los paseos en sulky por Bernal, que hacía de joven. Pero la esposa de Carlitos le dijo que si él ponía a su primo, ella quería poner a su prima hermana Marta Chiessa de celadora del micro, ya que no tenía trabajo. Estuvieron todos de acuerdo y así comenzaron Miguel Ángel y Marta su relación laboral y el nuevo desafío. Con el tiempo, la relación se transformó en amistad, hasta que finalmente formaron una pareja inseparable, tanto arriba como abajo del micro escolar, dejando los noviazgos que cada uno tenía por su lado. Se casaron en 1977. Le hicieron algunas reformas a la antigua casa de Ana, en Sarratea 26, modernizándola un poco, y se mudaron a vivir con ella. Junto a los Camarotta compartirían 43 años de trabajo en común en el transporte escolar, y con el tiempo se dedicarían también a organizar excursiones para los vecinos del barrio. El Mercedes Benz con el que Miguel Ángel y Marta Chiessa transportaban chicos en los 70.
LOS NIETOS A principios de los 70, ya había varias parejas formadas en la gran familia. Mirta Schiavi se había casado con Roberto Rodríguez y comenzado a construir su casa en la parte que restaba de los terrenos originales de los Schiavi (Sarratea 28). Otros primos de la familia Vázquez también ya estaban casados. Y así, en la década de 1970, comenzó a nacer una nueva generación. Hacia 1975, los hermanos Schiavi ya tenían cinco nietos varones, Mirta era madre de tres: Leonardo y los mellizos Diego y Gustavo Rodríguez. Mary era madre de Javier Muñoz. Y Juan José padre de Leandro Schiavi. En 1977, Miguel Ángel Schiavi y Marta Chiessa comenzaron “la dulce espera”. Al año siguiente nacía su primer hijo, Sebastián Schiavi. Del lado de los Vázquez, había nacido Gabriela, hija de Carlitos Camarotta, en 1972, y en 1977 nació Erica. Y los hijos de su hermana Estela: Andrea, Nicolás y Alejandra, completaron los 5 nietos de Monina. Sebastián, nieto de Consuelo y José, Ana, junto a su mamá abuelos de Javier. (1974) Marta Chiessa. (1977) Los nietos de Ana, Leonardo, Gustavo y Diego, con Javier Muñoz. (1978)
Javier y los hermanos Rodríguez. (1978) Consuelo y José con sus nietos Leandro y Javier. (1976) Izquierda: primer cumpleaños de Sebastián Schiavi. (1979) Derecha: Leonardo, Leandro, Javier y en la esquina superior, Sebastián. (1980)
MARTA Y MIGUEL Una de las primeras fotos de novios, en la puerta de la casa de Miguel. En 1972, a los 27 años, también se casaría Marta Schiavi, en primeras nupcias. (1978) El matrimonio duraría poco tiempo, pero durante ese lapso, recomendada por el entonces suegro, ella conseguiría entrar a trabajar en los laboratorios John Wyeth, De vacaciones, a principios de los 80. de productos medicinales y nutricionales, en su planta de Quilmes. Allí se desempeñó en las líneas de envasado, haciendo rotación entre la de laboratorio (para antibióticos), la línea de la entonces popular leche para lactantes S-26 y por último la de envasado de productos como jarabes, gotas y anticonceptivos. En las líneas trabajaban todas mujeres y, rotando entre los diferentes puestos, Marta se haría amiga, a través de los años, de una compañera del área de laboratorio, llamada Elba. Aquél día de 19 78 en que nació Sebastián Schiavi, Marta viajaba en colectivo hacia la casa de Elba, invitada a una cena con ella, su novio y un amigo de éste, que le presentarían. Mientras iba pensando en lo que le depararía el encuentro, se cruzó con Miguel Ángel, que salía del hospital donde hacía horas había nacido su primer hijo. Desde la ventanilla le gritó felicitándolo y llegó a preguntarle: “¿Qué fue?”, a lo que Miguel le respondió antes de que arranque el colectivo: “¡Un varón!”. Una vez en casa de su amiga, se conoció con Miguel Naudziunas, un rubio de ojos claros, descendiente de lituanos y muy conversador. Marta lo escuchaba durante la cena y pensaba: “Habla muy fuerte”. Él la observaba y mientras tanto meditaba: ”Esta es una fruncida... Hay que bajarle el copete”. Finalizada la cena, Miguel se ofreció a alcanzarla hasta su casa en su Renault 12 color naranja. No sería hasta que la acerque después de la segunda cita, esta vez a solas, que iniciarían una relación. Además de comenzar a recorrer juntos todo el país en auto, compartiendo la pasión de salir a la ruta.
LOS LITUANOS Adam en el servicio militar. (1924) Y tomando sus primeros mates . La historia de los padres de Miguel Naudziunas merece contarse tanto como la de los tanos y los andaluces, porque también muestra el esfuerzo y las peripecias que inicialmente atravesaron los inmigrantes hasta empezar a afianzarse en el país. Adam Naudziunas había nacido en Trakai, Lituania, en 1905. Huérfano desde chico, por una epidemia de cólera que en 1916 mató a sus padres y gran parte de la población, se dedicaba a la agricultura y cría de animales. Pastorear ovejas ajenas era una actividad que le daba un dinero extra, debiendo estar muy atento a las manadas de lobos que merodeaban cerca. Vivía en una zona de clima difícil, con nieve desde noviembre hasta abril y donde en los inviernos más crudos las temperaturas podían descender hasta 30 grados bajo cero. A los 20 años, después de cumplir con el servicio militar, se decidió a probar suerte en Argentina. La situación lituana tras el fin de la guerra no era nada esperanzadora, así que partió dejando a su hermano allá, prometiéndose ambos volver a encontrarse a futuro en el nuevo continente. Viajó portando una valija con algunas pertenencias, un poco de dinero y ninguna idea de qué iba a ser de su vida una vez llegado a puerto. Arribado a Buenos Aires en 1927, en un trasatlántico belga, pudo instalarse en el Hotel de los Inmigrantes. No tenía contactos acá, ni parientes ni paisanos que hayan llegado antes. Tampoco hablaba una sola palabra en español. Un descuido en el hotel, mientras dormía, permitió que le robaran la valija y lo dejaran sin absolutamente nada. Sin siquiera una muda de ropa, necesitó hacerse más que nunca rápido de unos pesos. El hotel le permitía a los inmigrantes permanecer unos días después de llegados, pero luego de eso tenía que encontrar algo con qué sobrevivir.
Damisela y su hijo Buscando por la calle un trabajo, pasó por una demolición cerca de la Plaza de Mayo. Miguel Naudziunas. Con señas, indicó al capataz de la obra que buscaba poder comer. Éste le ofreció ponerse a trabajar ahí mismo, y al final de un día laboral arduo al sol se apiadó y le dio unos pesos más de lo normal. Con esa primera paga, Adam siempre recordaría que se compró un sánguche enorme en algún bodegón. Y una rica sopa. Con el correr de los días, le surgió la posibilidad de irse a trabajar con quien se llevaba los escombros de la obra en un carro hacia San Martín. Para entonces comía y pasaba la noche en casa de su nuevo patrón. Luego trabajó en una herrería, y allí conoció al dueño de una fábrica de ladrillos, que lo empleó. A esa altura, Adam ya se arreglaba muy bien con el idioma español. Y no paraba de trabajar. A tres años de estar en el país, se produjo el reencuentro con su hermano. Al tiempo, Adam formó parte de un arreglo matrimonial, para que desde Lituania hacia Argentina pudiese emigrar Damisela, de 20 años, perteneciente a una familia vecina del pueblo. Huérfana como él (la misma epidemia había matado a los padres de ambos), Damisela era menor de edad y no podía viajar si no la esperaba un familiar en el puerto de destino. Adam pagó el pasaje de ella desde Buenos Aires. Y así fue que las vueltas de la vida los unieron en nuestro país, donde se conocieron por primera vez. Llegó en 1935, y la sorprendió la cantidad de argentinos que se cruzaba por la calle tristes, incluso llorando. Había muerto justo por aquellos días, en un accidente aéreo, Carlos Gardel. Con el tiempo, el matrimonio que se había pactado “por arreglo” se afianzó con amor. Vivieron primero en Valentín Alsina, barrio de lituanos por entonces. Allí nació Miguel, en 1944, único hijo. Luego, compraron unos terrenos en Lomas de Zamora, en una zona por entonces poco poblada. Construyeron diez años después su casa, mientras vivían provisoriamente en un rancho, al lado. Apenas tres casas había en la cuadra, una calle de tierra con zanjas. Era 1955 y, durante la llamada “Revolución Libertadora”, los aviones Pulqui pasaron disparando ráfagas de ametralladora hacia los cuarteles de La Tablada, mientras los cartuchos caían por todo el barrio, resonando en los techos de chapa. Adam trabajaría en una empresa de Avellaneda donde se lavaba lana. Iría ascendiendo laboralmente y estaría allí por 35 años, prácticamente hasta su jubilación.
IX. Época de cambios José en la terraza de Lavalle 1338, junto a su perrito Pulqui. DE LA CERVECERÍA A LA SAN RAMÓN Hacia 1966, con 50 años, a José Schiavi le llegó la edad de jubilarse. El trabajo que desempeñaba en el sótano de reposo de la cervecería era calificado como insalubre, por lo que lo hizo unos años antes de lo habitual. Así es como dejó la cervecería después de tres décadas, donde llegó a desempeñarse como capataz general. Mientras esperaba el trámite para empezar a cobrar la jubilación, decidió abrir un kiosco de golosinas. Era un local sobre la avenida Mitre casi Dorrego, en Quilmes. Tan pequeño que apenas entraba él. El rubro kiosquero era complicado, a veces no pasaba ningún cliente, o alguno le pedía una marca de cigarrillos que no tenía y al otro día cuando la traía no se la pedían más. La ganancia no era mucha, los días se hacían largos y también la espera por cobrar de una vez por todas la jubilación. A veces Consuelo ponía un muñeco en exhibición para sortear entre los compradores, solo que se las ingeniaba para que el número nunca salga y poder usarlo en un próximo sorteo. No todo era cuestión de suerte. Se hizo tedioso continuar con el kiosco y, al poco tiempo, José empezó como maestranza en una galería cerca de Lavalle y Alem. Trabajando ahí, alguien le avisó de una búsqueda laboral en la clínica San Ramón, sobre Andrés Baranda al 1100. Averiguó de qué se trataba y se animó al desafío. Así es como comenzó a trabajar manejando una ambulancia, una camioneta IKA Jeep, durante un par de años. Los primeros días se le hicieron un poco difíciles. Estaba acostumbrado a manejar, pero empezó a enfrentar situaciones desagradables en emergencias médicas. Eso provocó, durante un tiempo, que vuelva a casa sin muchas ganas de comer, ni contar sobre el día a día de su nuevo trabajo. Con el tiempo se fue amoldando.
Manejar la ambulancia tenía un poco más de acción y adrenalina que trabajar en la Cervecería. Por ejemplo cuando iban a atender a alguien a alguna villa miseria en alguna zona peligrosa, el médico le pedía estacionarse afuera, de culata y con el motor en marcha. Y que esté atento al espejo retrovisor, porque si lo veía salir corriendo tenía que cargarlo y salir lo más rápido posible. Hacia 1972, a José le detectaron una úlcera en el estómago. Debía operarse, pero para fines de ese año se iba a celebrar la boda de Juan José y Marisa, y José quería postergar la cirugía para después del evento. Sin embargo la úlcera no le iba a dar ese tiempo, así que los médicos le recomendaron internarse en junio de ese año. El inconveniente que se presentó fue su tipo sanguíneo poco común: el cero negativo. La búsqueda de donantes se complicó. Para esa fecha se estaba por producir el regreso de Juan Perón al país, después de 18 años de exilio en España, y se esperaba que ocurran violentos choques armados entre las diferentes facciones internas del peronismo. Por esa razón, los bancos de sangre de la zona se cubrían frente a una emergencia. Finalmente, tras una búsqueda veloz de posibles donantes, el repartidor de pan que visitaba la clínica todos los días resultó, afortunadamente, tener ese tipo sanguíneo. Y sirvió como garantía en el caso de una transfusión. José fue operado con éxito en la San Ramón y fue atendido por una enfermera muy especial, la madre de Ubaldo “Pato” Fillol, que había sido arquero de Quilmes y sería futuro campeón del mundo con la Selección del 78. En diciembre, José estuvo recuperado para la fiesta de casamiento de su hijo. Le quedaría José en foto carnet de 1968. para siempre una marca en el abdomen, donde tuvo colocado un guante de goma varios días por un procedimiento quirúrgico. Sería otra cicatriz característica, que se sumaba a En la primera casa de Mary y la que tenía desde su infancia en Italia, donde un invierno sacando una olla del fuego, con durante un fin de semana en el río, la comida de los chanchos (el afrecho), se había derramado agua caliente sobre un brazo. en el camping de los capataces. José Schiavi continuó manejando la ambulancia hasta 1978. Finalmente le salió la jubilación y dejó de trabajar. Pero no de quedarse inactivo, algo más difícil de lograr.
Consuelo y José a mediados de la década del 70.
El frente de Lavalle 1338 LA CASA DE LAVALLE hacia el año 1970. A la derecha, la vereda en Aquella calle Lavalle 1338, a la que se habían mudado los Schiavi en 1951, era de tierra 1957, con los paraísos como las del viejo barrio de Sarratea. En las esquinas los vecinos armaban caminitos de plantados hacía pocos años. ladrillos o piedras, para cruzar y no embarrarse los días de lluvia. Pero Lavalle, aunque no mucho más poblada, era más cercana al centro de Quilmes. Esto facilitó que llegaran primero allí el pavimento y los servicios públicos. La red de agua corriente puso contentos a los vecinos, pero había un problema grande de presión. A veces Consuelo se levantaba a la madrugada para juntar agua. Y José llegó a poner una canilla directamente en el caño que pasaba bajo tierra por la puerta de su casa. Allí, en un pozo, colocaban el balde y esperaban pacientemente que se llene. Marta y Mary luego subían divertidas el agua hasta el tanque en la terraza. Pero con el agua corriente, y luego el gas natural, cosas hoy simples como una ducha caliente eran algo totalmente novedoso.
Juan José posando en el patio. (1957) El patio a finales de los 60, Una anécdota recuerda a Consuelo comentando las bondades de esta experiencia a su con Bichita en brazos de José cuñado Chesco. “¡No sabe lo lindo que es bañarse con el agua caliente de la ducha! Y las (arriba), y en 1975 (debajo). camisetas con agua caliente quedan más blancas...”, dijo, a lo que el tano preguntó curioso: “¿Perdón, pero usted... se baña con la camiseta puesta?”. Chesco no tuteaba a Consuelo, y si algo lo caracterizaba era que nunca se sabía si hablaba en serio o en broma. Con el paso de las cloacas, el barrio se había “modernizado”. Y el pozo ciego de los Schiavi se dejó de usar. Quedó como un lugar para tirar algunos desperdicios. Y fue escenario del dramático momento que vivió la perrita Bichita, cuando cayó por el pequeño agujero en el patio y casi no la pueden sacar, hacia 1975. De no ser por el lazo que lograron pasarle por el cuello José y su hijo. Marisa, por entonces, estaba embarazada, y el resto de la familia la entretenía para que no se diera cuenta e impresione. Dicen que a la perrita la sacaron casi ahorcada de aquel agujero, y por eso después le quedaron los ojitos saltones.
En los 60, el “1338” de metal, que indicaba la numeración de la casa, fue acompañado El patio de la casa, de festejo en por una placa cuadrada de bronce, que indicaba que María Ester Schiavi era “profesora 1969 y con el primer nieto de José superior de piano, teoría y solfeo”. El living con su piano también sería, por aquellos en 1974. años, el lugar donde Marta buscaría comenzar a independizarse con su peluquería. Mary y Roberto saliendo de Lavalle En aquella casa no solo se festejaron los quince de las Schiavi, bodas, aniversarios y fines 1338 hacia su noche de bodas. de año. Con la llegada de los nietos también hubo cumpleaños con amigos; con títeres y animación de Marta Schiavi. José incluso llegó a dejarse vendar los ojos para ponerle la cola al burro. A veces se colocaba una lona como techo, cubriendo el patio de las hojas de la glicina. Como si fuera poco, la casa tuvo la visita sorpresa de Papá Noel, en 1978. Entró con una gran bolsa, y regalos para los nietos de entonces, Leandro y Javier. Después de algunas fotos, Juan José lo alcanzó en auto hasta la casa de su prima Mirta Schiavi. Allí, el mayor de sus hijos, Leonardo, sembraría la duda sobre la identidad del legendario personaje navideño, porque los bigotes blancos le parecían postizos. Por suerte, no se dio cuenta de que el traje era alquilado.
Consuelo haciéndose La visita de Papá Noel, en 1978. la graciosa y la familia (Se dice que era Marta Schiavi) brindando en el living. (1970) El karting de Javier al lado de Felipe, el Fiat 1500. (1977) El fondo de la casa de Lavalle 1338 y el terreno lateral destacaban por las plantas y flores, con una hiedra que abarcaba gran parte del patio. A Consuelo le encantaban las palntas. Pero los dos lotes iniciales se dividieron allá por 1972, y el que no estaba construído se vendió. Allí se edificaría una casa unos años después. Para entonces, el garage donde habían estacionado a La Gallega quedó cerrado, con portón y todo. Y la camioneta la habían cambiado por Felipe, un Fiat 1500 color verde oscuro. Cuando andaba con poca nafta, José bromeaba diciendo que estaba “pidiendo la mamadera”. Consuelo y José seguirían viviendo ahí hasta unos años después del casamiento de sus hijos. Luego buscarían mudarse más cerca de ellos, hacia el lado oeste de Quilmes. La casa fue vendida, y reformada por los nuevos dueños, pero estructuralmente hoy en día se ve igual. Aunque ya sin la fila de paraísos en su vereda. Esa que José plantó personalmente cuando se mudaron en los años 50.
EL ADIÓS A CHESCO A los 75 años, en su casa de Sarratea 24. Cuando nació Sebastián Schiavi, su mamá a veces lo sacaba un rato al solcito de la vereda. Mauricia Muñoz, que vivía justo enfrente de la casa de ellos, se cruzaba a ver al bebé si los veía en la puerta. También salía Chesco, a distraerse un poco, caminando lentamente con su bastón hasta sentarse sobre la parecita de la casilla del gas. Y disfrutaba también de ver a su sobrino nieto. Chesco ya no andaba bien de salud, y en una de esas charlas en la vereda comentaría, observándo al bebé en brazos de su mamá, que iba a ser una lástima no llegar a verlo caminar. Con tranquilidad y algo de melancolía, presentía lo que le depararía el destino en pocos meses. A principios de 1979, y antes de que Sebastián cumpliera su primer año, Francisco “Chesco” Schiavi fallecía a los 77. Aquél tano pionero, alto (altísimo comparado con María De Domenici), que llegó con su padre para probar la vida en Argentina, sería velado en la galería de aquella casa de Sarratea 24, que él mismo había construído allá por los años 30. El bastón que lo acompañó hasta los últimos días.
Marta y Miguel, anillos y brindis LOS AÑOS 80 en la noche de la cena. En 1981 se casaron Marta Schiavi y Miguel, pero en Paraguay, ya que ella estaba Beso a la salida del restorán legalmente casada y aún no existía el divorcio. Lo hicieron en Asunción, justo como a y despedida desde el Renault 12. principios de siglo lo habían hecho Dolores Segovia y Santiago Vázquez. A su regreso, invitaron a una cena íntima en un restorán para celebrarlo. Marta se iría a vivir a la casa que Miguel estaba terminando de construir en Lomas de Zamora, al lado del hogar de sus padres. También pronto dejaría de trabajar. Al año siguiente comprarían un terreno en una isla del Tigre, que sería durante más de tres décadas su destino de cada fin de semana. Beso a la salida del restorán y despedida desde el Renault 12.
Doña Maura hacia 1980, junto a su hijo y su nieto, en el fondo de Sarratea 25. José, Consuelo y Netta, en el patio de la casa de Norma. A la derecha, una amiga italiana. Pero aquel 1981 fue un año en el que además golpeó la tragedia. Mauricia Muñoz con la familia. Con su llegada, se conocieron finalmente tío y sobrina. El viaje al país sufrió un accidente con un colectivo de la línea 148, cruzando la avenida Calchaquí, lo hizo con una cuñada y una amiga. Pasarían su estadía en casa de Norma. Por aquellos a la altura de la vieja disco Elsieland. Estuvo internada en grave estado en el hospital días, José sorprendería a todos manejando un italiano fluído. Nunca antes lo habían Fiorito, con un destino inevitable. Aquella correntina llegada a Buenos Aires en escuchado hablar en su idioma natal. Aunque claro, él lo había hablado de chiquito. 1946, junto a su pequeño hijo Roberto, falleció a los 76 años. Ese mismo año, la selección italiana llegaba a la final del mundial de fútbol en España, En 1982 vino de visita a la Argentina Netta Dedomenici, hija de Ángela Schiavi. y derrotaba a Alemania. En el living de los Muñoz, José festajaba sonriente la tercera Ángela era la hermana de los Schiavi que había quedado en Italia cuando ellos copa de la historia para Italia, viendo al nuevo campeón en un recientemente estrenado emigraron. Ya había fallecido para entonces y Netta era uno de los pocos lazos directos televisor a color.
Consuelo y José habían continuado viviendo durante los 70 en la calle Lavalle 1138. Pero en 1982, después de 30 años en aquella casa, decidieron mudarse a Quilmes Oeste. A un PH al frente, que por esas cosas del destino estaba en la ya conocida calle Sarratea, pero al 2991. A una cuadra de la avenida Calchaquí. Para esa época, José cambió el Fiat 1500 por un Renault 6 blanco, un modelo un poco más actual, que usaría varios años hasta decidirse a venderlo en los años 90, y ya no manejar más. Desde 1981 se vinieron los nacimientos. Ana Schiavi fue abuela de Ethel, hermana de Sebastián Schiavi. A partir del año siguiente, tuvieron nuevos nietos Consuelo y José. El primero fue Mariano Schiavi, hermano de Leandro, que en enero nacía en Bernal. Dos años después nacía Cintia Muñoz, hermana de Javier. En el 85, Matías Naudziunas. Y durante el 87, Santiago Vázquez se convertía en abuelo de Tamara y Chichí Vázquez era abuela de Marcos. Las mellizas con sus nietos. Arriba, Consuelo con Cintia. Abajo, Ana con Ethel y Seba. En 1982 nace Santiago y Marta con Tamara a upa. Mariano Schiavi. (1987)
Roberto, Mary Ana junto a y sus hijos. sus nietos Ethel (1985) y Sebastián. Consuelo y José con sus nietos Cintia y Matías. Ana y Carmen Vázquez Los cinco nietos de Consuelo y José: de vacaciones. Leandro y Javier con los peques Mariano, Cintia y Matías. (1986)
Después de tantas bienvenidas, la década terminó con otra triste noticia. En 1988 Madre e hija en la comunión se produjo el fallecimiento de María De Domenici, y fue velada en su domicilio, de Sebastián Schiavi. (1988) tal cual había sucedido con su esposo Chesco hacía casi una década atrás. Su hija, Norma Schiavi, continuaría viviendo en aquella vieja casa, que tantos Abajo: algunas de sus últimas recuerdos guardaba entre sus paredes y se mantenía prácticamente igual desde los fotos juntas. años 30, cuando la habían construído los tanos. Al año siguiente, finalmente se casaron por civil Marta Schiavi y Miguel Naudziunas. Con la reciente Ley de Divorcio lograron cumplir su deseo. Miguel y Marta de la mano de Matías, saliendo del registro civil.
SARRATEA Y LA QUINTA El frente de Sarratea 2991. Su living durante una reunión en familia, Consuelo y José vendieron la vieja casa de Lavalle por 250 millones de pesos ley. con mesa extendida. Al fondo, la cocina. Y compraron la nueva vivienda de Sarratea 2991 por 190 millones. Eran años de muchas cifras en los precios, al menos hasta la llegada del plan Austral que cambió la moneda. Con esa diferencia en la venta, el tano cambió el Fiat por el Renault 6. La casa nueva era más o menos igual de tamaño, aunque el patio era un poco más pequeño. Podían lidiar con eso, aunque no imaginaban que muy pronto iban a tener a su disposición todo un terreno vecino libre. No en los papeles, pero eso no importaba. Cuando se mudaron, José notó que la medianera del pequeño patio daba a un lote, con salida a la otra calle, donde se erigía una casa a medio construir. Su frente estaba tapiado, y parecía que hacía tiempo que estaba abandonada. Una lástima desperdiciar tanta tierra, pensó. No tardó en empezar a averiguar en el barrio quién era el dueño. Y se enteró que pertenecía a un tal Manuel. El tano consiguió la dirección y un día se mandó a pedirle permiso para usar el terreno, para plantar. Quería armar una quintita, como había tenido antes. Don Manuel, un español muy simpático, estuvo de acuerdo y se la prestó. La casa del terreno constaba únicamente de paredes de ladrillo y algún contrapiso, no tenía techo, ni aberturas. Así que el tano empezó a plantar todo lo que pudo, en cada rincón donde hubiese tierra. Lo que era el patio de ese proyecto de casa, quedó surcado por verduras de hoja de todo tipo y cañas rodeadas de tomates. Las plantas de zapallo avanzaron sobre todos los ambientes vacíos, con sus enormes hojas. También había plantas más chiquitas, como las de porotos lupines. Y no faltaban las plantas decorativas y de flores, que una vez se animó a vender en un costado de la feria del barrio, adonde llegaba con el Renault 6, abría el baúl y se ponía con las macetas en una mesita plegable. A veces también llevaba jaulitas con pajaritos, que atrapaba con la trampera en su patio.
La construcción Un agujero en la medianera entre el terreno y su casa, permitía a José pasar una abandonada donde manguera para regar. Y estaba a la altura del piso, con una tapa de chapa, para que José armó su quinta, cruce la perra Bichita a hacerle compañía y corretear. Un poco, porque ya estaba hacia 2010, con la viejita. Él entraba por una puerta a la calle Elustondo, que tenía un candado. puerta ya tapiada. A partir de 2015 Pasaba largos ratos en la quinta, y le traía muchos recuerdos. De sus cultivos en el en ese terreno se lote al lado de la casa de Lavalle, o en el fondo de la anterior en la vieja calle Sarratea. construyeron dúplex. Pero, sobre todo, de su infancia en Italia. De ese extenso campo, verde y fructífero, que todavía brillaba con un sol de verano en su mente. Ahora, estaba limitado por paredes, pero si cerraba los ojos casi que se sentía en Pavía. Casi que escuchaba que lo llamaban en italiano, como buscándolo cuando era chico. Cuando murió Bichita, empezó a ir a la quinta solo con la compañía del pucho, o de la pipa. Después, volvía a casa a tomar unos mates con Consuelo. Y a llevarle lo que había podido juntar, para acompañar la comida. Consuelo a veces se quedaba en casa cosiendo. Como en sus épocas de juventud, siempre diestra para la aguja. Si habrá cosido ropa para sus hijos... incluso camisas para José. Sin moldes, directamente apoyaba la tela sobre otras prendas de referencia y las tomaba como guía para cortar. José no dejaba su quinta sin cuidado, pero una vez, se fueron de vacaciones y la confió en manos de sus hijas Mary y Marta. Ese verano crecieron tantos tomates que ellas no sabían qué hacer ya, porque se maduraban rápido. Prepararon dulce, guardaron tomates secos y, por suerte, todavía quedaban un montón por cosechar cuando volvieron sus padres. Don Manuel y su esposa Licha se hicieron amigos, con el tiempo, de Consuelo y José. Los dos matrimonios se apreciaban. José continuó plantando en la quinta hasta sus últimos años, cuando ya iba con el bastón. Siempre, aunque no sea mucho, tenía algo ahí para cuidar y regar. Para despejarse... o para recordar. Esas viejas paredes abandonadas, contenían su pequeño lugar en el mundo.
DÉCADA DEL 90 Firmas de los El año 1990 arrancó con un aniversario. Se organizó en casa de los Schiavi la fiesta invitados por los por las bodas de oro de Consuelo y José, reuniendo a gran cantidad de parientes, 50 años. (1990) incluídos hermanos, hijos, yernos, nueras, sobrinos y los jóvenes descendientes. Hubo emoción, una gran torta, brindis y los infaltables besos. Abajo: Armando y su esposa Carmen, Esa noche solo sería igualada cinco años después, cuando las mellizas Ana y Consuelo al lado Monina y Ana. Vázquez cumplieron sus 80 años. En aquella oportunidad volvieron a reunirse casi todas las hermanas Vázquez y Santiago, el “Nene”. En 1996, llegó el turno de festejar a José sus 80 años, ya que era un año menor que Consuelo, y el living de los Schiavi se llenó otra vez de invitados. Ana y Monina bailando con botellas en la cabeza. Abajo: Carmen y Chichí Vázquez.
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