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BELTZ-Los mitos egipcios (28-1)

Published by Carlos Lo Bianco, 2021-03-02 18:23:47

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LOS MITOS EGIPCIOS tado de modo diferente. Parece haber sido un himno triunfal del dios Seth de cuyo dominio sobre los territorios extranjeros, a los que también pertenece Astarté, pretendían explicar. Las últimas páginas del texto están, empero, completamente destruidas y no admiten ninguna reconstrucción exacta. Es obvio indudablemen- te que se trata de recuerdos históricos de una dominación que puso en peligro la subsistencia de Egipto por medio de exigen- tes tributos de pueblos extranjeros provenientes del mar. Si no quiere aceptarse esta definición histórica queda la posibilidad de una interpretación etiológico-cultural. Según ésta el mar aparece como una fuerza destructora que en unión con la diosa Astarté amenaza la existencia de Egipto. Los dioses que se ajetrean a través del trabajo arduo y de la profusión de nuevas invenciones por satisfacer las exigencias del mar consiguen al fin y al cabo la victoria que logra para ellos Seth con la lucha. 2. En la analogía con los mitos súmero-babilónicos sobre la formación del Universo y la catástrofe del diluvio, el mito de la diosa Astarté encuentra su sentido. La imagen de la entronización del mar describe también, no en último lugar, la formación de los grupos sociales. La organización de los pagos de tributos ata por igual a hombres y a dioses. Por exigencia del mar los hombres explotan las minas, obtienen los metales preciosos, después de lo cual los tributos no deberán ser más cumplidos en bienes alimen- ticios o bienes de producción natural sino por medio del oro más pesado. Los dioses establecidos han intervenido como autores y guías en el desarrollo de la cultura, los hombres son descriptos solamente como esclavos del trabajo. 3. Astarté, que en el mito toma ostensiblemente el partido del mar, es una diosa conocida también en Asia Menor y que para los egipcios representa la divinidad del amor y de los asuntos de guerra. Se la identifica con la diosa Sakhmet, que posee forma de león, cuando acompaña en la lucha al faraón como diosa de la 101

WALTER BELTZ guerra, o bien con la diosa Hathor, cuya figura es la vaca, cuando actúa como diosa del amor. El ruinoso estado del texto no per- mite lamentablemente sacar en limpio ninguna versión definitiva. De la herencia histórico-religiosa comparada de Egipto podría inferirse que Astarté se unió con Seth y ambos se enfrentaron juntos con el mar. A despecho de la vinculación del mito con un culto a Astarté es evidente que los dioses o bien los reyes de Egipto asumen la responsabilidad de las obras realizadas por los campesinos y artesanos egipcios. c) El viaje triunfal de Tefnut Entre los hijos del dios solar Ra se encontraban Shu y Tefnut. Para él ellos eran como el sol y la luna, las coronas del Alto y del Bajo Egipto, el ornamento y la gloria de su imperio. Y Tefnut, la señora de la llama, velaba por que el orden, la seguridad, el derecho y la prosperidad reinaran en el país. Pero un día Ra y Tefnut se enemistaron y ella abandonó enojada el país y se retiró a los desiertos de Nubia en donde hizo de las suyas adoptando la forma de una leona. Entonces el país cayó en la confusión. Los enemigos de Ra vieron la debilidad del país e invadieron sus dominios, lo devas- taron y lanzaron su indignación en contra de los habitantes. Pero Ra era impotente frente a eso y se cuenta que sólo el regreso de Tefnut aportaría al país tranquilidad y prosperidad. Por ello él envió a Shu y a Thot para que hicieran volver a Tefnut a su país. Y éstos se convirtieron en monos y se dirigieron a Nubia para hacer regresar a la diosa. Pero Tefnut se encolerizó cuando se enteró del deseo de Ra. Thot intentó en primer lugar calmar el despecho que la diosa tenía sobre la vida y la muerte por me- dio de vistosos bailes y juegos de prestidigitación. Como estos 102

LOS MITOS EGIPCIOS empeños no fructificaron prefirió contarle la fábula del buitre y del gato montés. Éstos habían jurado una vez ante Ra proteger mutuamente a su prole y nunca intentar devorarla. Pero un día el gato hirió sin querer a un buitrecito de tal modo que éste murió. Y como el buitre, para vengarse del gato, le había comido la cría, Ba lo castigó haciendo que su nidada pereciera miserablemente. Todo esto dejó muy pensativa a Tefnut, quien comprendió que tal vez era más oportuno volver a casa. Y cuando Thot le hubo también dado de la hierba de la vida que ofrece buen humor y amabilidad, estuvo ella dispuesta a prestarle seriamente atención. Entonces, Thot empezó a describir con canciones y poemas la belleza de la patria de los egipcios, la alegría de la familia, la paz en los hogares, la vida multicolor en las calles de la ciudades y en los mercados. Él le llegó al corazón y le hizo cambiar de ánimo hasta que ella comprendió lo necesario que eran para un país el derecho y la justicia y en donde las voluntades pudiesen ejercerse. Así como Ra había hecho justicia durante la disputa entre el buitre y el gato montés, había impuesto la ley y mantenido el orden por doquier en el reino animal. A él, que sabía tomar represalias con todo el mundo, no le permanecía oculta ninguna injusticia. Fue así como Tefnut se dio cuenta de que debía obedecer a Ra y se volvió atrás. Pero ya en camino, cuando las dificultades del viaje amenazaban con rendirla y la hacían titubear en su decisión de regresar, el ingenioso Thot le narró nuevos cuentos y fábulas que le hicieron olvidar todos sus infortunios. Ellos hacían un alto cuando Tefnut evidenciaba cansancio y se levantaban de debajo de la sombra de los árboles cuando Tefnut había recobrado fuerzas. Y Thot siempre estaba junto a ella. Él velaba por su sueño e inclusive le salvó la vida matando a una serpiente cuando ésta se disponía a morderla mientras dormía. El festivo séquito, ya que en ruta se habían unido a la diosa que re- gresaba al lar muchos dioses, alcanzó finalmente Filas, en donde 103

WALTER BELTZ Shu esperaba con suma paciencia a su esposa fraterna. Él mitigó su ira definitivamente. Entonces tomaron ellos un baño purifica- dor y se dirigieron en barca río abajo, recibiendo en todas partes una acogida triunfal por parte de los dioses que se aprestaron de inmediato a construirles una casa en su honor y a organizarles una fiesta en agradecimiento. El divino padre Ra esperaba con gran impaciencia en Heliópo- lis pues ahora se había restituido el orden en el país y la seguridad del mismo estaba garantizada. La paz y la prosperidad reinaban en la casa de los dioses. Las cosechas maduraban nuevamente y los días y las noches transcurrían en armonía. Las fiestas de los dioses se daban en el orden acostumbrado y Ra pudo, imperturbable, continuar su rumbo, acompañado por su hijo y Tefnut en plena concordia, ornamentados con el ojo solar y el ojo lunar, de las coronas del Alto Egipto y del Bajo Egipto. W. Spiegelberg, Der ägyptische Mythos vom Sonnenauge nach dem Leidener Demotischen Papyrus I, Leipzig 1917, pág. 384. 1. El papiro demótico data de la época romana. El mito del re- greso de Tefnut proporciona el modelo para el marco de fondo en el cual el poeta pone en su lugar una sucesión de cantos, cuentos y fábulas de las cuales E. Brunner-Traut restituyó las más bellas en sus Cuentos egipcios antiguos (n 12-23). El relato de un viaje es un esquema muy apreciado por la poesía antigua para almacenar una gran cantidad de fábulas, tradiciones y leyendas. La odisea homérica es uno de los modelos más conocidos. Los evangelios bíblicos apenas le van en zaga. 104

LOS MITOS EGIPCIOS 2. Tefnut, la compañera fraterna del dios Shu, pasa también por ser la hija de Atum. El dogma menfítico sacerdotal la erigió en gemela de Shu. El ser gemelo significa desde el punto de vista de la mitología que se está en la misma categoría. Ambos conforman la primitiva pareja de la creación (ver I c). En Leontópolis se adoró a Tefnut y a Shu bajo la forma del león. Cuando Tefnut aparece en el mito predominantemente como gata –sólo en estado de excitación adquiere la forma original de leona– significa la consecuencia de un desarrollo religioso-histórico. Durante el Nuevo Imperio aparece ella misma como la encarnación de la leonina Sakhmet y de Bastet, la de forma de gato, pasando de ser la hija de Atum a la hija de Ra. En la poesía mítica cosmológica ella se convierte en el ojo so- lar, su esposo Shu es llamado el ojo lunar, en los himnos también barca solar o barca lunar. En el vocabulario de los textos reales ellos son las dos coronas egipcias. 3. El propio mito relata que el orden del universo está alterado y la cultura del país, el calendario de las celebraciones y los cul- tos divinos se hallaban confundidos después de que Tefnut hubo abandonado el territorio. Su regreso ocasiona el restablecimiento del país y la restauración de la cultura. Cuando la siembra y la co- secha están nuevamente reguladas y el calendario concuerda con lo previsto, Ra puede seguir adelante, como antaño, su rumbo. Por ello, el regreso de Tefnut se convierte en una marcha triunfal de los dioses. La falta de armonía en el mundo de los dioses hace impensable para el poeta una armonía en este mundo. Merced a ello este mito cumple la función del mito sumerio de Inana y Enki o del mito hitita de Telepinu. Los hombres en la creación poética egipcia, igual que en estos mitos, no juegan ningún papel. La fábula, en el mito del ojo solar, no es ninguna alegoría según la cual podría imaginarse el desarrollo cultural de Egipto de manera aproximadamente análoga al itinerario de Tefnut. La fábula es 105

WALTER BELTZ egipcia, o sea, conservadora: la desobediencia de Tefnut acarrea desgracia, en cambio la subordinación a la vieja ley de Ra brinda la salvación. d) Thot, el maestro de la sabiduría Y Thot estaba siempre en el séquito de su padre Ra y viajaba con él en su barca a través del horizonte. Él enseñó allá la justicia y la predicó. Así dio él existencia a la paz en la barca de los dioses y sobre la Tierra. Y Ra le transfirió la administración de la justicia cuando los dioses y los hombres se hubieron reproducido tanto que tuvieron la necesidad de regular sus relaciones. De tal modo que dioses y hombres alabaron la sabiduría con la que él había prescripto y establecido los cultos divinos y los sacrificios. Él ha- bía enseñado a los hombres la escritura y el arte de la palabra. Él había dado instrucciones a los funcionarios sobre cómo debían cuidar los templos y palacios de dioses y reyes. Ninguna de sus enseñanzas fue olvidada, ni el arte del oficio del tejido de telas o mimbres, cómo debían ser trazados los límites de los campos y el recorrido de los canales, para hacer de ambos territorios un gran vergel. Y por último también enseñó a los hombres el camino hacia Aminte, el país de la eternidad. Sockel des Gütervorstehers Cheriuf, ÄM Berlin 2293; Äg. Inschriften aus den Königlichen Museen zu Berlin 2, 1913, pág. 39-42. 1. La estatua proviene del período de gobierno del faraón Ame- nofis III. Thot es ciertamente sólo un acompañante de Ra, pero de 106

LOS MITOS EGIPCIOS gran importancia para los egipcios. Los funcionarios individuales son siempre para los ciudadanos normales más importantes que el faraón distante, fuera de su alcance. Para el poeta egipcio de la decimoctava dinastía el jefe del distrito o el administrador de los bienes y el faraón se ubican en un bote como el dios Ra y Thot. 2. La función religiosa de la estatua implica la brevedad hím- nica. Thot sólo es el creador y el garante del arte humano, del saber humano, de la justicia y de la ley de la vida eterna. El arte imperial y el arte de la vida surgen ambos de él. La experiencia histórica del poeta, que la sociedad humana ha alcanzado opor- tunamente a través del modelo original, acuñado por el mando y por la obediencia, permite también que la cultura sea de origen divino. Esta creación poético-religiosa afronta diametralmente el escepticismo que se expresa en la literatura sabia, no religiosa. En los Cantos fúnebres del campesino o en la Conversación del cansado de la vida con su alma el orden del Universo es puesto en duda, la injusticia de la estructura social está acentuada; mas en esta creación poético-religiosa conservadora, Thot y su orden universal es lo mejor de todo lo que pueda concebirse. Por eso Thot, el hermético, es caracterizado también en la literatura gnóstica egipcia como el mesías que por medio de su sabiduría, que él transmite a Hermes Trismegistos, muestra el camino de la salvación. e) Ptah de Menfis Ptah, el hijo de Atum, creó a todos los dioses. Su fuerza era mayor que la de todos los otros dioses. Y, ante todo, él estaba con- tento después de haber organizado el mundo y forjado el lenguaje de los dioses, de haber enseñado las leyes para los oficios divinos 107

WALTER BELTZ y el arte de gobernar y las artesanías y las artes. Él edificó las ciudades y trazó los límites de los distritos. Fijó los hogares para cada dios e hizo construir las capillas destinadas a ellos. Ordenó erigir sus estatuas de madera, metal y piedra en las que ellos pu- diesen morar. Atribuyó a los dioses sus dominios tal como él lo había imaginado y determinó también cuándo y lo que árboles y plantas debían ofrecer como frutos. También se preocupó por los dioses. Cuando Ramsés hubo asumido al trono, Ptah le transfirió fuerzas divinas. E hizo que arribaran las altas y buenas aguas del Nilo para que en cada sitio se pudiese comer en abundancia pues las cosechas maduraron bien. Dejó que el faraón sometiera a todos sus enemigos internos y externos y que sus templos y palacios se engrandecieran. Enton- ces, el soberano alabó al dios y dijo: “Yo soy tu hijo. Tú me has entregado todo lo que has creado. Tú has creado a Egipto. Quiero hacerlo como tú lo has hecho por primera vez. Quiero crear nue- vamente a los dioses que en su momento nacieron de tu cuerpo. He hecho tu casa en Menfis con magnificencia y suntuosidad y la he atendido con sacerdotes, profetas, esclavos, agricultores y pastores. He hecho que te prepararan grandes sacrificios. He marcado a todos los hombres de la Tierra con tu nombre para que te pertenecieran eternamente”. Piedra de Shabaka 53-61; estela de Ramsés II en Abu Simbel, según Breastead, Ancient Records of Egypt III, Chicago 1906, pág. 394-414. 1. Ptah, el dios imperial de forma humana de Menfis, era, en origen, únicamente, el dios de la artesanía, de esa manera le fue atribuida la invención de las artes”. Pero ya en los textos de las 108

LOS MITOS EGIPCIOS pirámides era visto como el dios de la creación. Ptah sustituyó a Atum. Nuevas teorías del dios de la creación son siempre sínto- mas de una nueva concentración del poder. El dios del soberano en ejercicio debe ser no sólo, por ende, el creador del mundo sino también el inventor de todas las artes y el autor de todas las capa- cidades humanas. La existencia y la función de los otros dioses siempre son atribuidas a la expresión de la voluntad del dios prin- cipal. La jerarquía del Estado faraónico aparece como el reflejo del mundo celestial. Ambos textos son componentes de la poesía cortesana. El orden existente no es cuestionado sino justificado como una manifestación divina. 2. Una peculiaridad de la mitología egipcia se hace aquí muy evidente. Al asumir el mando un faraón es equiparado a un nuevo creador del Universo. La entronización y la muerte de un sobera- no significan para los mitógrafos egipcios el comienzo y el fin del mundo. Las esperanzas escatológicas universales son extrañas a la mitología egipcia. La mitología egipcia piensa cíclicamente. El faraón crea cada vez al mundo como lo había hecho Ptah. No solamente la jardine- ría y la agricultura, los oficios religiosos y los templos, sino también los mismos dioses son creados de nuevo. Esto no es tan sorpren- dente. Para el pensamiento egipcio no existe la distinción griega entre inmanencia y trascendencia. Sólo hay un mundo, el existente. 3. El dominio del faraón es universal. Todos los hombres son marcados con el nombre de Ptah y son de su propiedad. Este bautismo es la expresión evidente para el dogma egipcio de que el faraón posee el derecho de reclamar absoluta obediencia en su calidad de substituto o aun representación de Dios. La dimensión de las estatuas de Ramsés II en Abu Simbel hace evidente esta ca- lidad divina. Tales apoteosis no son usuales en la vieja mitología oriental, pues ella conoce, al igual que la mitología grecorromana, únicamente una apoteosis póstuma. 109

WALTER BELTZ f) Salomón y la reina de Saba Cierta vez la reina de Saba visitó al rey Salomón de Judá en Je- rusalén. Y Salomón se creía el más prudente de todos los hombres. Pero la reina de Saba pensaba lo mismo de sí. Cuando Salomón intentó vencer a la reina, y él no pudo evitarlo, dejó caer su anillo hechizado en la copa de vino de la reina que estaba sobre la mesa. Mas la reina percibió esta artimaña y le devolvió su copa sin haber bebido de ella y le propuso medir sus fuerzas de otro modo. Ella prometió someterse a Salomón si él era capaz de acarrear todas las columnas de su palacio sobre las que descansaba todo el saber del universo. Entonces, Salomón convocó a todos sus súbditos encargándole a todos que se las trajeran lo más rápidamente po- sible. Éste fue el espíritu alado, pues ejecutaba todas las cosas en el lapso que un hombre necesita para respirar. Y así ocurrió el milagro. Las columnas aparecieron ya ante los dos soberanos antes todavía de que Salomón hubiera expresado su deseo por completo. Desde ese día Salomón dispuso de todo el saber y de todos los conocimientos del mundo (ver también VI c). Papiro copto P. 8775, H. Junker, Koptische Poesie des 10 Jahr- hunderts, OC-7, pág. 152 ff. 1. Esta leyenda cristiana de Egipto es más vieja que su datación escrita en el papel manuscrito berlinés del siglo x. Habrá de ser aún más vieja que la leyenda islámica inspirada en la sura 27:40. En efecto, allí el trono de la reina es traído por los súbditos para demostrar la superioridad de Salomón. 2. La sabiduría de Salomón y su dominio sobre los espíritus estaba también extendida en la tradición apócrifa judía. Habla en 110

LOS MITOS EGIPCIOS favor de ello su penetración en los escritos coptognósticos de Nag Hammadi que tienen su origen en las postrimerías del siglo iv y durante el siglo v, para atribuir a aquellas tradiciones cristianas que se habían adueñado de los apócrifos judíos al mismo tiempo que los libros del viejo testamento bíblico en el siglo ii. En este corpus escrito se incluye reiteradas veces el topos del omnisapiente Salomón (NHC V, 5; VII, 2 y IX, 3). El topos de la piedra sobre la que están inscriptas “las palabras de las palabras” que seres angelicales traen a todos los hombres, ofrecen la salvación de este mundo, está asimismo incluido en el apocalipsis copto de Adán NHC V, 5; 85,10. En la forma de la gnosis sethiánica este saber será sólo adoptado por la generación carente de monarcas, mientras que la tradición egipcia antigua impuso restricciones al saber del soberano. El egipcio cristiano sentía todavía como su antepasado en el período de los ramesidas. Por el contrario, el poeta gnóstico hizo estallar este modelo. 3. En la poesía mítica cristiana de Egipto, de la literatura cop- ta, la tradición egipcia se perfecciona. El soberano sólo cuenta con la omnisapiencia. El cielo y la Tierra le obedecen. Los extranjeros también están sometidos a su autoridad. El Egipto cristiano, es decir, el copto, conserva así su identidad nacional, los gnósticos egipcios reniegan de ella en favor de un cosmopolitismo trascen- dental. 111

CAPÍTULO VI La llegada del reinado a) La maravillosa historia del nacimiento de los tres príncipes Cuando Keops reinaba en Egipto se aburría a menudo. Sus hi- jos, amigos y funcionarios debían contarle con frecuencia cuentos e historias para hacerle desa­parecer el aburrimiento. Entonces, su hijo Djedefhor un día le contó sobre un tal Djedi que tenía la fama de poder reanimar a los muertos y de conocer el secreto de la cámara de Thot. Para entonces Djedi tenía, en efecto, ciento diez años y siempre contaba con un apetito sano y con fuerzas prodigiosas. Cuando Keops oyó hablar de este hom- bre decidió mandarlo a buscar de inmediato. El encargó a su hijo Djedefhor que trajera al patio de su residencia al taumaturgo. Entonces, Djedefhor emprendió su viaje Nilo arriba con varios barcos hasta la pirámide de Snofru, donde debería atracar para llegar a la morada de Djedi. Pero la última parte del viaje la recorrió en un palanquín, ya que para el hijo de un faraón no era de estilo recorrer un cierto trecho a pie. Tras los saludos respetuosos, Djedefhor invitó al anciano a la residencia de Keops con palabras muy serenas. Éste aceptó la invitación y cumplió la orden de Keops después de que le hubieran concedido un barco especial para sus libros y discípulos, de quienes él no quería sentirse privado y para quienes no había lugar en el barco de Djedefhor. Después de haber llegado a la residencia de Keops, éste, muy impaciente, hizo venir ante sí a ese hombre célebre. Probó los maravillosos poderes del sabio ordenándole hacer volver a la vida 112

LOS MITOS EGIPCIOS a un ganso, a una cigüeña y a un buey, a los que les había hecho cortar la cabeza. Djedi los devolvió a la vida, pero en cambio se rehusó a satisfacer el perverso deseo de Keops de demostrar sus poderes sobrenaturales en un hombre. Luego, por medio de sus palabras logró domar un león y convertirlo en un dócil animal. Y, por último, Keops le pidió a Djedi que le revelara el secreto de la cámara funeraria de Thot pues él estaba a punto de mandar a construir su sepulcro. Cuando hubo escuchado este deseo del faraón, se puso Djedi de pie y dijo a Keops que él no podría satisfacerlo. Ya que esta caja de Heliópolis, que ocultaba los secretos, traería al hijo mayor de Ruddedet que todavía no había nacido. Acto seguido Keops quiso saber quién era esa mujer. Entonces Djedi le manifestó que Rudde- det era la mujer de un sacerdote de Ra de Sakhbu que proyectaba tener tres hijos con Ra. Y Ra predijo que dos de estos niños he- redarían las funciones pastorales del soberano de Egipto y que el otro se convertiría en el sacerdote supremo de Ra en Heliópolis. Entonces, Keops se horrorizó puesto que él esperaba que tras su muerte sus hijos heredaran el trono. Djedi lo consoló y le dijo que los hijos de Ra tan sólo ocuparían el trono después de su nieto. Al haber oído esto Keops ordenó que a partir de ese momento Djedi residiera en el palacio de su hijo Djedefhor y que debía ser tratado como un miembro de la familia real. Y cuando se aproximaban los días del primer mes invernal comenzaron los dolores del parto. Al ver Ra lo difícil que sería el nacimiento de sus divinos hijos, envió a las diosas Isis, Neftis, Heket y Meskhenet con el dios Khnum, a la parturienta para que la asistieran. Éstas adoptaron la forma de bailarinas ambulantes cuando se estaban acercando a la casa de Rawoser en Sakhbu. EÉste permanecía muy preocupado delante de su casa porque no sabía cómo podía ayudar a su mujer. Y las diosas entraron en el cuarto de Ruddedet y cerraron la puerta detrás de sí. Isis se ubicó ante la parturienta, Neftis detrás 113

WALTER BELTZ de ella, y Heket se paró a su lado para apresurar el nacimiento. Entonces, bajo el apotegma de Isis nacieron los tres niños Userkaf, Sahure y Keku. Y ellos traían su letrero dorado con el nombre real y el adorno de la cabeza en lapislázuli cuando salieron del seno materno. Y Meskhenet echó a todos la bendición: “Un rey que ejercerá las funciones soberanas en todo el país”. Y Khnum concedió a todos los niños un cuerpo sano. Después, los dioses se despidieron de Rawoser y le desearon a él y a su esposa mucha felicidad. Y Rawoser les regaló una bolsa de cebada que Khnum debía llevar. Después de un cierto recorrido se dieron cuenta de que no habían ofrecido a los niños ningún regalo de bautismo. En vista de ello crearon tres coronas doradas, las ocultaron en la bolsa y desataron una tempestad que les brindó el pretexto para volver a la casa de Rawoser. Ellos le pidieron que les guardara la bolsa hasta que pudiesen regresar a buscarla después de un cierto tiempo. Ahora aconteció que Ruddedet, después de su purificación, se hiciera cargo del gobierno de su casa. Y en esas circunstancias ella comprobó que en la casa no había más cereales, cuando a la criada se le desplomó la bolsa con cebada que los parteros habían dejado por ahí. Ruddedet hizo que la criada tomara granos de la bolsa porque ella pensaba reponer la cantidad que hubiere utili- zado. Así se le manifestó el secreto de la diosa pues dentro se oía música especial como la ofrecida por el faraón. Y cuando Rudde- det se enteró qué felicidad esperaba a los niños organizó con su esposo una gran fiesta. Pero su criada, castigada por su dueña, se encaminó poco después hacia la residencia de Keops para ponerlo en conocimiento de esta noticia y fue devorada por un cocodrilo cuando se agachó para sacar agua de un pozo. Papiro Westcar, P. 3033, Colección de Papiros de los Mu- seos Estatales de Berlín. A. Erman, Die Märchen des Papyrus 114

LOS MITOS EGIPCIOS Westcar, Berlin 1890; E. Brunner-Traut, Altägyptische Märchen, Düsseldorf-Colonia 1963, Nr. 3. 1. El texto, en su forma original, data del siglo xvii a. de C. y se basa supuestamente en las tradiciones de un viejo modelo de la época de la quinta dinastía. El comienzo y el fin del texto se han perdido y hasta ahora no han podido completarse de una manera que no deje lugar a dudas por hallazgos paralelos. Puede, no obstante, suponerse que todas las investigaciones sobre Keops fracasaron, tanto como las hechas sobre Herodes relativas a la historia del nacimiento de Jesús según el Evangelio de San Mateo. La leyenda del maravilloso nacimiento de los tres príncipes descri- be el cambio de la cuarta hacia la quinta dinastía. Los nombres de los niños que las diosas les asignan son los de los primeros farao- nes de esta nueva dinastía: Userkaf y Sahure. Con el advenimiento de la quinta dinastía toma nuevas fuerzas la expansión del culto de Ra según queda demostrado históricamente. Los nombres de la madre de los niños y de su padre adoptivo no pueden compro- barse por datos históricos. Pertenecen a la leyenda del nacimiento de héroes y reyes. Nuevas dinastías se identifican a menudo con relatos de engendramiento u origen divino. El fundador de una familia es, por lo tanto, la mayor parte de las veces el dios más poderoso y también el creador y señor del mundo. Entre los perso- najes de esas leyendas se encuentra también el profeta milagroso. Este topos es evidentemente de origen oriental. Se halla aún vivo en la secta judía de Qumran que, junto a los dos héroes mesiáni- cos de estirpe sacerdotal y real, hace aparecer a un profeta, Elías, que tiene que atestar las dos figuras mesiánicas. Al topos de tales historias de nacimientos pertenece el creci- miento de los niños en la soledad. La descripción del nacimiento 115

WALTER BELTZ de los niños sigue sin embargo evidentemente prácticas normales durante el parto. La magia, también bajo la forma blanca del bau- tismo y el otorgamiento del nombre, se ha visto siempre extendida durante el parto y la muerte. 2. Los ritos que rodean al nacimiento así como la represen- tación del viaje y la recepción en la corte debieron ser bastante fieles en los detalles, restituyendo de ese modo las costumbres del antiguo Egipto. Para el narrador la fiel restitución de los detalles ofrece el requisito indispensable para que su relato surta efecto y para hacer creíble lo maravilloso, o sea, el origen y el nacimiento de los reyes. Por ello el acontecimiento, en vida de Keops, fue cambiado porque él es para el narrador el prototipo del soberano todopoderoso en la antigüedad. 3. Los mitos reales y las leyendas reales tienen peso en la mi- tología egipcia. Ya los mitos relativos a la creación llegan a su apogeo con la entronización de los faraones. El soberano es el símbolo presente de la trascendencia y del poderío de los dioses. El período de gobierno de un nuevo faraón es entendido, ya desde mucho antes de la vigésima dinastía, como la repetición del acto de la creación. A este topos también pertenece el fenómeno de la profecía, que muestra las circunstancias reinantes en el presente como las previsiones realizadas en el pasado, para atenuar con ello las posibles contradicciones. Esta forma de profecía pertenece al tipo de la profecía palaciega, al arte de vaticinar: a Djedi se lo erige en miembro de la familia real. En Faras, los profetas y adivinos favorables a Tutankamón o los sacerdotes seculares que proclamaban a Ramsés II de Nu- bia como dios, se hallan en la misma tradición que convierten a Thutmosis III, incluso en vida, en un dios y que adjudican a los faraones de la quinta dinastía un origen divino. 116

LOS MITOS EGIPCIOS b) Hatshepsut Un día, Amón convocó a la enéada. Cuando ésta se hubo insta- lado ante el dios, él les anunció su propósito de engendrar a Hats- hepsut para que los dos territorios tuvieran nuevamente un sobe- rano digno. Como todos sus predecesores en el trono faraónico, mantendría los templos y los bosques de los dioses con dignidad y esplendor, y se preocuparía siempre por ofrecer abundantes sacri- ficios. Los dioses se pusieron contentos con eso y aprobaron el plan que Amón les había propuesto. En esas circunstancias, Amón envió al dios Thot, el señor de la sabiduría, en busca de una madre para esta criatura. Thot se marchó y volvió, después de haber encontra- do en la diosa Yahmes, la esposa fraterna del cándido Thutmosis, a la madre ideal. En seguida, Amón se dirigió al palacio real. Él se introdujo bajo la indumentaria del rey. De esa manera pudo pe- netrar en todos los recintos hasta donde se hallaba la reina sin ser reconocido ni molestado. Pero ella se despertó al percibir perfumes y aromas tan exquisitos que emanaban del dios que permanecía junto a ella. Su mirada la dejó embelesada y ella le brindó una muy buena acogida en su lecho. Y el dios hizo con ella todo lo que quiso y la regocijó tanto que ella no sabía cómo hacer para alabar su belleza. Y Amón le predijo que su hija Hatshepsut, que ella alumbraría, sería más tarde reina de ambos territorios de Egipto. Entonces, Amón convocó al dios Khnum y le ordenó que le formara a la niña un cuerpo similar a su cuerpo divino. Khnum obedeció al poderoso dios padre y Heket contribuyó en el naci- miento de la criatura. Cuando Khnum creaba a la niñita, dijo, mientras hacía girar la rueda de la fortuna: “Quiero obsequiarte con el cuerpo de una diosa. Serás perfecta como todos los dioses y recibirás de mí felicidad y salud y las coronas de ambos países y estarás en la cumbre de todos los seres vivientes al ser reina del Alto y del Bajo Egipto”. 117

WALTER BELTZ Y cuando se cumplió el lapso para que se le diera a luz Amón envió al dios Thot a la reina para que le transmitiera su com- placencia y sus deseos de felicidad. Por eso él ensalzó a Yahmes como esposa del dios y como madre de un soberano. Y Khnum y Heket acompañaron a la reina hasta la real casa del nacimiento y le ayudaron en el parto. El mismo Amón, Hathor y Meskhenet se mantenían junto al lecho y la asistieron durante el parto. Y Hathor había venido para recibir al nuevo vástago y para alzarlo ante el dios Amón para que él lo bendijera. Y Amón bendijo a su hija Hatshepsut otorgándole la dignidad real sobre ambos terri- torios y auguró perpetuidad a sus hijos e hijos de sus hijos en el trono. E hizo que nodrizas divinas la cuidaran y criaran hasta que creciera y fuera elevada a la realeza. E. Naville, The Temple of Deir el Bahri II, tablas 47-52. E. Brunner-Traut, Altägyptische Märchen, Nr. 11. 1. Hatshepsut era la esposa fraterna de Thutmosis de la deci- moctava dinastía. Los padres eran Thutmosis I y Yahmes. Tras la muerte de su marido condujo veintidós años el gobierno para su hijo Thutmosis III (1479-1452 a. de C.), y después de un año de regencia revistió todos los títulos reales, obstruyendo de tal modo la posibilidad de que su hijo accediera al trono. El se vengó después de que ella muriera ordenando que todo recuerdo de su madre fuera borrado. Así fue como él hizo desaparecer su nombre de todas las inscripciones y obras o bien hizo reemplazarlo por el de sus antepasados o por el suyo propio. Pero no logró eliminar completamente el recuerdo “de la reina de la paz” (Otto) que ha- bía solemnemente encomiado y recomendado “reconstruir todo lo que hubiere sido destruido”. De esta manera se recuerdan las 118

LOS MITOS EGIPCIOS consecuencias del paso de los hicsos en ambos territorios. En su templo en Bahri, el viaje de sus barcas al país dorado de Punt es descripto y reproducido con lujo de detalles, porque estos viajes eran obviamente extraordinarios. 2. El relato de su nacimiento milagroso fue hecho difundir por la propia reina durante su reinado. Ella debió documentar convenientemente que había sido elegida no sólo como regente sino también como reina. La creación y el nacimiento divinos pertenecen al topos de la poemática cortesana a gloria y honra del soberano que es sólo la forma narrativa del tratamiento oficial del mismo (ver VI c). Ahí los dioses se introducen bajo la forma de animales, seres humanos o ángeles. Para eliminar toda duda narra la reina viviente que su padre era aún un niño, es decir, no apto para la creación cuando el dios fecundó a su madre. La escena no es extraña. Las parejas entre hermanos han sido habi- tuales. El dios bien perfumado despierta asociaciones referidas al arte elevado de la cosmética en el antiguo Egipto que no era, en absoluto, solamente apreciado por el sexo femenino. 3. Los reyes son, por nacimiento, de naturaleza divina. La coronación consumada no es otra cosa que la epifanía acabada del dios. En el Nuevo Testamento, la representación bíblica de la historia del nacimiento de Jesús, en el evangelio de San Lucas, adopta los mismos topos mitológicos que Virgilio en sus églogas reales o que los poetas cortesanos bizantinos. Estas creaciones poéticas pretenden mostrar claramente que la distancia entre un hombre y un soberano es mayor que la existente entre un rey y un dios. Pero esta “relación padre-hijo impone al soberano un compromiso frente al ser que es en último fin de naturaleza más pura y elevada que él mismo” (Otto). Las apoteosis son siempre un intento de desterrar el descontento y la crítica al soberano y a la arbitrariedad del Estado como si fuera una ofensa a la divinidad y de reprimir aquella sabiduría oriental antigua que se ejercitaba en 119

WALTER BELTZ la creencia en dios con gran libertad, y de ver a los reyes y otros potentados terrenales en su momento como hombres omniscien- tes por demás. c) La revelación de Ptah a Ramsés Yo soy tu padre. Te he engendrado entre dioses. Todos tus miembros son dioses. Yo adquirí la forma del carnero, el señor de Menfis, cuando vertí el semen en el seno de tu madre. Te creé como una manifestación de Ra y te elevé entre los otros dioses. Meskhenet te bendijo y las criadas de Path te cuidaron con mucho cariño, a ti, que conllevas mi persona. Hago que tu corazón sea como el mío y no habrá nada que tú no sepas. Tus palabras serán prudentes y tus juicios irreprocha- bles. Te he transferido mis funciones, o sea el dominio sobre el Alto y el Bajo Egipto. Con oro he dado forma a tu cuerpo, a tus huesos con cobre y a tus miembros con hierro. Te doy el Nilo caudaloso y hago que tus territorios crezcan en fuerza y prosperidad en cada sitio y para todos. Los cereales serán en tu país como la arena en la playa. El cielo, la Tierra, el aire y el agua están a tu servicio en todo lo que te puedan ofrecer. Haré que de las montañas te den grandes rocas para monu- mentos y estatuas y de los desiertos piedras preciosas para que con ellas sean eternizados tus nombres. Los pintores te eternizarán y los poetas cantarán en loor a ti. Te cedo los medios y el poder para que nos construyas templos y palacios para mí y a los otros dioses y los conserves y para que celebres fiestas tal como lo hice yo cuando regía el mundo. He hecho de todos los países extranjeros tus súbditos y que todos los pueblos extranjeros te rindan tributo. En los países ex- 120

LOS MITOS EGIPCIOS tranjeros impongo temor y miedo ante ti y cuido de que los gran- des de esos países te envíen sus hijos para que procedas con ellos según te parezca. Tú eres todopoderoso en lo concerniente a la vida y muerte de tus pueblos y los ajenos. También hago que el cielo tiemble ante ti y que el agua así como las montañas se estremezcan ante la sola mención de tu nombre. Los hititas mismos se doblegan voluntariamente ante ti y te envían a manera de prenda de su respeto a su princesa para que puedas gozar de ella. También haré finalmente que se dé el milagro que nadie cono- cía hasta ahora. Los planes de los hititas como los de los egipcios deben apuntar a que tu nombre, rey Ramsés, suene majestuoso y soberbio por la eternidad. Estela de Ramsés II en Abu Simbel, según Breasted, Ancient Records of Egypt III, Chicago, 1906, 394-414. G. Roeder, Urkunden zur Religion des Alten Ägypten, Jena, 1915, págs. 159-163. 1. El texto de la inscripción fue autorizado según la leyenda de la inscripción de Medinet Habu de Ramsés II y Ramsés III. Está concebido en forma de discurso revelador para el soberano. Éste responde sobre esta revelación en la segunda parte del texto (ver V e). Las revelaciones divinas son tipológicamente las mayores pruebas de legitimación. Como en la ordalía mágica del conjuro, en el ritual real de la sentencia divina, debe tener efecto. El texto muestra que el soberano ya no es más poderoso en virtud de su propia plenitud de poderes y de una potencia divina propia sino que el dios Ptah de los Tenes es el “autor de todos los éxitos del soberano” (Roeder). La historia se halla caracterizada como un 121

WALTER BELTZ campo de juego en el que los dioses resuelven sus ocurrencias y caprichos. Es dable pensar, pese a las objeciones que Ramsés III quiso colmar, con el fortalecido realce de la omnipotencia divina administrada por la realeza, aquel vacío real que había sido cau- sado por los faraones débiles de la decimonovena dinastía que sucedieron a Ramsés II. “La entronización del faraón logra que el Nilo crezca y que el orden sea restablecido en el mundo” (Gar- diner). La fuerte autoridad real en Egipto garantizaba el cumpli- miento del trabajo estatal organizado por parte de todo el pueblo. Esto posibilitaba aun en los meses de las inundaciones provocadas por el Nilo la seguridad social de los habitantes cuando en esos meses las condiciones favorables de la posición de las aguas debía ser utilizada para el transporte de los materiales de construcción destinados a templos, palacios e instalaciones funerarias reales. 2. El poder del faraón, resaltado por el mito, está acentuado por la poesía cortesana, entre otros por los versos llamados de Kadesh. La batalla irresoluta entre los hititas y las tropas sirias y de otras naciones de Asia Menor que los secundaban contra los egipcios está dirigida presumiblemente para glorificar el heroico esfuerzo del monarca: “Todos los países se unieron en contra de mí, me hallo completamente solo y nadie más está conmigo. Mis soldados me han abandonado y ninguno de mis guerreros miró alrededor para ver dónde estaba yo. Cuando les grité, ninguno me oyó. Pero yo clamé y me di cuenta de que Amón es mejor para mí que millones de infantes y cientos de miles de guerreros en carruajes” (traducción de Erman). Esta seguridad en sí mis- mo hace ostensible de qué manera el período ramesida intentó ocultar aquella debilidad con este “pathos” barroco, para la cual los historiadores acuñaron el eufemismo “período de la devoción personal”, con el cual se describe un desinterés general en los asuntos políticos y de la sociedad. La experiencia histórica en la que decisiones políticas son tomadas y llevadas a cabo sin consi- 122

LOS MITOS EGIPCIOS deración alguna de la población, llevan a los hombres a privatizar su vida y su religiosidad. A esta tendencia se opone la ideología oficial que, como demuestra el estado de las cosas, sólo ha tenido un efecto superficial. 3. Las escasas percepciones históricas en los textos son parén- tesis históricos necesarios a través de los cuales el himno está liga- do a la historia del soberano. Los tratados entre Ramsés y su co- lega hitita Hattushili III son tradicionales; son hallados en Egipto y en Bogaskoi. Pero ellos no han creado la imagen del Egipto de este faraón, el mismo que ha atribuido sus propios hijos al dios Ptah. El ritual, la forma de la inscripción real, no deja al soberano ningún espacio para presentarse como hombre. La función im- pregna notablemente a la persona. El mito en tanto que creación poética palaciega pone de relieve el presente histórico dentro de una dimensión trascendente. Lo convierte en ahistórico. d) El nacimiento de Cambises Después de que Cambises hubo conquistado Egipto y subido al trono de los faraones, cuéntase en Egipto que él era verdade- ramente egipcio de origen. A los egipcios les resultaba realmente difícil hacerse a la idea de que un soberano extranjero reinara sobre ellos. Cambises había ocupado el país y se había adjudica- do las coronas de ambos Egiptos sin encontrar mayor resistencia después de haber ejecutado al hijo del último faraón y de haber hecho admitir al padre del muchacho en su corte principesca, en donde vivió de la caridad de aquél. Así cuentan algunos pues que Cambises era un hijo de Nitetis quien había sido entregada como esposa a su padre Ciro por el último faraón Apries. Nitetis no era, empero, tal como lo había creído originariamente Ciro, hija de Apries sino hija del faraón derribado por él. Pero Ciro pretendió 123

WALTER BELTZ con este casamiento anudar un lazo de amistad y de paz entre ambos pueblos. De esta unión nació Cambises. El motivo de ri- validad entre los pueblos ha sido asentado, al observar Ciro que Nitetis no era la hija de Apries. Cuando él, después de la muerte de su padre, en calidad de hijo de la mujer preferida, había gana- do preeminencia, aun entre otros hijos de Ciro, tomó la decisión de unificar el reino de su madre con el de su padre y de añadir a su propiedad no sólo la corona persa sino también las de ambos países bañados por el Nilo. Otros en cambio cuentan que Cambises era un hijo natural de Kassandane y de Ciro. Mas una vez Cambises pudo escuchar una conversación entre su madre y una amiga en la que aquélla se quejaba porque Ciro la descuidaba totalmente en favor de su segunda mujer egipcia. Entonces Ciro resolvió que después de su- bir al trono vengaría la ignominia de su madre y que en Egipto lo enrevesaría todo. Por ello trajo él la guerra a Egipto y se apoderó de las coronas roja y blanca. Herodoto, Obras históricas, Libro III, 1-3; Traducción (al ale- mán) de T. Braun, Leipzig, 1958, págs. 215-216. 1. La obra histórica de Herodoto, situada en el siglo v a. de C., transmite oralmente el saber tradicional que le fue dado a co- nocer durante sus viajes. En Egipto, avanzó hasta Elefantina. Él expurgó cuidadosamente todo lo que se le remitía. Él juzga de ma- nera crítica la maravillosa historia del nacimiento de Cambises: “Pero esto no es exacto”. Reconoce la causa de la formación de esta leyenda en la posición adoptada por los narradores egipcios “porque quieren gustosamente ligarse a la casa de Ciro”. Con sus conocimientos sobre historia persa que había adquirido durante sus viajes a través de Persia, corrigió lo referente a Egipto. 2. De la crónica de Herodoto surge que los narradores egipcios intentaban conservar la continuidad de la historia egipcia hacien- 124

LOS MITOS EGIPCIOS do pasar a Cambises por pariente de su faraón. Manetho incluye a los usurpadores persas entre las dinastías egipcias. El saber y la añoranza por una continuidad en su historia abo- nan el terreno en el que florecerán esas leyendas. Por lo menos una madre o una segunda mujer deben contribuir a la decisión. Los restantes nombres de faraones acreditados históricamente en la crónica de Herodoto no sólo sirvieron al narrador egipcio sino también a Herodoto para poner en orden todos los relatos y cuen- tos que circulaban por el país. e) Alejandro de Macedonia Cuando al faraón Nektanebos se le informó que los persas habían rebasado los límites egipcios bajo su rey Artajerjes, se puso a meditar y preguntó a los oráculos sobre el futuro de su país. Pues él era muy versado tanto en magia como en astrono- mía y en matemática. Cuando él hubo considerado el resultado del oráculo, tomó la decisión de no precipitar a su país en la desgracia movilizando sus tropas, sino la de abandonarlo. Es que los dioses le habían hecho saber que ellos guiaban las naves de los persas. Él llevó consigo únicamente sus aparatos astronó- micos y matemáticos, sus libros de magia y el oro. Tanto como le fuera posible llevar. En calidad de adivino egipcio se abrió paso entre las líneas enemigas y llegó a Macedonia. Pero los egipcios oyeron decir a su dios Serapis que el monarca los había abando- nado, pero que en breve volvería transformado en un joven que los liberaría del yugo persa. De esa manera ellos se rindieron voluntariamente a los persas después de haber erigido una efigie en basalto negro del desaparecido Nektanebos a quien perma- necían fieles ateniéndose al oráculo de Serapis. Mientras que Nektanebos intentaba ver en Macedonia a Olimpia, la mujer del 125

WALTER BELTZ rey Filipo, a quien encantaban sus artes. Los egipcios mismos consideraron a los griegos como los maestros de la sabiduría. A manera de prueba de sus artes Olimpia le hizo leer en las estre- llas la fecha de nacimiento de su esposo y el propio destino de ella. Cuando Nektanebos le vaticinó que el dios Amón dejaría embarazada a la reina y que Filipo la conservaría como esposa aun cuando él tuviera que desheredarla, ella se volvió dócil y flexible. Durante la noche siguiente él logró por medio de bebi- das mágicas sumir a la reina en un sueño en el que ella recibiera y estrechara en un abrazo al dios Amón, bajo su figura de carnero. Al otro día la reina lo llamó y le agradeció por todo lo que él le había hecho gozar pues ella había encontrado mucho placer en su visión de ensueño. Ella lo trató en su palacio como a un dios. Mas Nektanebos le prometió que él tomaría sus recaudos para que el dios no se le presentase solamente en sueños sino también en la realidad. A la noche siguiente Nektanebos revistió la forma de una serpiente y se acercó al lecho de la reina, durmió con ella y bendijo su cuerpo: “El que tú has recibido y que ningún mortal podrá vencer. Él siempre saldrá triunfante”. Cuando Olimpia notó que estaba embarazada, le confió sus penas a Nektanebos. Pero éste sabiendo lo que hacer, por medio de un milagro, hizo soñar al lejano rey que el dios Amón había cohabitado con su mujer. Los intérpretes de los sueños, a quienes él interrogó, le explicaron el sueño de tal modo que de ello resulta- ba que el niño de Olimpia sería un niño de origen divino pero que crecería y se desarrollaría para gloria de sus padres. Así regresó a su hogar Filipo lleno de alegría y triunfos y pudo presenciar inclu- sive ante los grandes de su reino cómo Nektanebos se humillaba ante la reina, en la sala, bajo la forma de un dragón. Él le parecía ser el dragón que había abatido a los enemigos de Filipo. Pero el rey también vio a través de la señal de un pájaro que Alejandro moriría siendo aún joven. 126

LOS MITOS EGIPCIOS Cuando el niño hubo de nacer ocurrieron milagros muy ex- traños. Relámpagos y truenos rompieron la armonía del cielo y anunciaban que un grande advendría al mundo. Filipo lo hizo educar con toda solicitud y el niño fue creciendo espléndidamen- te. Su cabellera se asemejaba a la melena de un león, sus ojos eran grandes y radiantes, uno negro y otro azul, y era impetuoso como león y hábil e inteligente como un héroe. Y un día se le ocurrió, ya que Nektanebos leía para su madre en los astros, querer aprender este arte. Con este fin se encontraron ambos al anochecer sobre los muros de la ciudad. Y Nektanebos vio acaso en los astros que su muerte estaba próxima y le dijo a Alejandro, cuando éste se lo preguntó, que su muerte sería a manos de su hijo. Alejandro no habiendo comprendido las sombrías palabras del vidente lo empujó desde lo alto del muro, haciéndolo caer en el foso. Ade- más burlándose encima de que aquél pudiese realmente leer en las estrellas como era evidente que tampoco podía hacerlo en las cosas de la vida diaria. Pero Nektanebos alcanzó a decirle en ese momento que él era su padre y luego exhaló su último aliento. Entonces Alejandro tomó los restos de su padre y los llevó a su casa y les dio sepultura. Y Olimpia le confirmó que Nektanebos era su padre. Llegado a la edad de quince años Alejandro partió por el mun- do y empezó a ejercitarse en el arte de la guerra después de haber domado al corcel salvaje Bucéfalo, que sólo comía carne humana. Después de la muerte de su padre los soldados de éste lo eligieron su sucesor. Con ellos conquistó él las costas del Mediterráneo. Pero una noche sobre la costa de Libia se le presentó en un sueño el dios Serapis y le presagió su fin. Entonces Alejandro ordenó construir allí mismo una ciudad que llevaría su nombre. Y le otorgó riquezas después de que los dioses le hubieran hecho saber por medio de un pájaro prodigioso que la ciudad sería bendecida. De allí se dirigió a Egipto donde le fue dada una cariñosa bien- 127

WALTER BELTZ venida. Y en ese mismo lugar se encontró un día ante la estatua de Nektanebos, que los egipcios habían erigido ya hacía mucho tiempo, y postrándose ante ella declaró en voz alta frente a todo el pueblo que él era su padre. Y de Egipto se trasladó a Siria y Persia y luego hasta el Indo. Historia de Alejandro Magno 1-13, 24-25. Traducción (al ale- mán) de W. Kirsch. Leipzig, 1978. 1. La historia de Alejandro, tal como se expandió en la Edad Media por Europa, se remonta a una versión latina del siglo iv a. de C. Las más antiguas fuentes griegas influyeron ante todo en las ediciones orientales pero se han perdido. Los materiales reu- nidos en las fuentes latinas de Curtius son de épocas distintas y de orígenes diferentes. Es unánime en la investigación pensar que las partes egipcias del libro fueron compuestas precisamente en Egipto. A ellas pertenece la reseña del nacimiento de Alejandro. 2. Históricamente sólo pueden comprobarse los personajes y la fundación de Alejandría. Nektanebos fue el último faraón egipcio de la trigésima dinastía y reinó desde el año 359 hasta el 341. Escapó ante el avance de los persas y desapareció en Nubia. Olimpia y Filipo de Macedonia son los padres reales de Alejan- dro. Únicamente un factor que deja en la oscuridad el fin de la vida de Nektanebos ha conducido a que se lo tomara a él y no a un dios egipcio por el padre mítico de Alejandro. Como en el caso de Cambises (ver VI d) el propósito de la fábula está claro: para el narrador egipcio Alejandro sólo puede ser de estirpe egipcia. Así como para Cambises se trataba de la madre, para Alejandro se trataba del padre. Serapis es la forma helenística del antiguo nombre egipcio Osiris-Apis, aquella figura del panteón egipcio 128

LOS MITOS EGIPCIOS en la cual el dios de forma de toro Apis se hallaba amalgamado, como señor de Menfis, con el ciclo de Osiris. Pero en primer lu- gar, bajo Ptolomeo I, Serapis había sido ya elevado a su categoría de dios imperial egipcio. Para el narrador, el desarrollo histórico era ininteligible. Para él el actual dios del Imperio debía ya tam- bién haber sido el más poderoso dios en la época de Nektane- bos. Mientras debido a su naturaleza él era en primer lugar un dios de las regiones subterráneas, en las postrimerías del imperio egipcio, que estaban demarcadas esencialmente por expectativas apocalípticas, permanecía así y todo muy allegado a la devoción popular. Según datos históricos la fundación de la ciudad de Ale- jandría entre los años 332 y 331 a. de C. es fidedigna. Tanto la descripción de la fundación de la ciudad como la observación de que los egipcios saludaron a Alejandro como libertador debió haber sido transmitida al narrador como un hecho histórico dig- no de credibilidad. Pero estos puntos históricos concretos tienen en el mito las mismas funciones que tales hechos tienen también en otras creaciones poéticas: enmarcan la acción en un punto del espacio y del tiempo. Los milagros, las ordalías y los presagios son ya los topos de la bibliografía, del mito del nacimiento de un héroe divino. 3. La escena de la postración de Alejandro ante la estela de Nektanebos podría ser históricamente cierta y mostrar con qué prudencia el usurpador se dispone a penetrar en los sentimientos de un país anexado. La novela latina de Alejandro también relata justamente que éste se vale también en Persia del ceremonial local para aparecer por doquier como un soberano legítimo. El autor de la novela de Alejandro, que concibió su libro como un modelo para monarcas y en cuya introducción presume, os- tentoso, de preceptor, no ha escogido esta escena sin reflexionar. También pertenece al estilo formal el hecho de que Alejandro entregue a modo de reliquia a su ciudad recién fundada los restos 129

WALTER BELTZ del profeta bíblico Jeremías quien, según el testimonio de la Biblia y de la tradición judía, murió como rehén de los desterrados en Egipto. Aquí Alejandro Magno se humilla ante los instintos na- cionales de un pueblo, aunque cualquier otro emperador podría haberlo hecho. Los mitos se vuelven no sólo en su reducción ética la parte de una antiideología social determinada sino ya también a través de la forma y el aspecto en los que ellos dan nueva vida a las épocas remotas. La novela de Alejandro, que influyó también sobre el Corán y la creación poética árabe, es uno de los últimos documentos de la mitología real egipcia por cuanto que ella mis- ma aproxima al conquistador macedónico a una serie de grandes reyes de ambos países del Nilo, de los cuales el primero era Horus de acuerdo al informe del mito. f) Teodosio y Dionisio Cierta vez Dionisio escribió una carta el emperador Teodosio. Le recordaba el tiempo en que Ciro era patriarca en Constanti- nopla y en el que él ganaba su sustento trabajando junto al empe- rador como peón en una fábrica de ladrillos. Pues bien, Dionisio recordaba a Teodosio el sueño que éste había tenido una vez. En este sueño él se había visto en medio de un campo enorme cercado por muchos rebaños y sus amos. Éstos se habían arrojado a sus pies y lo habían adorado. Un cordero que aún seguía a su madre lo ungió, le puso una suntuosa indumentaria y le entregó una gran espada. Entonces lo ubicaron en un trono y le dieron una gran cantidad de llaves que él mismo pasó a Dionisio, ya que le era imposible tenerlas en la mano. En esa ocasión Dionisio había aclarado el significado del sueño a Teodosio por el cual éste sería elegido emperador y coronado y que, luego, lo nombraría cama- rero imperial. 130

LOS MITOS EGIPCIOS Este sueño pronto se convirtió en realidad. Cuando Dionisio y Teodosio se dirigían en sus ropas de trabajo a la iglesia en la que Ciro iba a rogar por la elección de un nuevo emperador, bajó de los cielos un águila aún más resplandeciente que el sol, escogió a Teodosio de entre el gentío que se hallaba en un ángulo exterior de la iglesia y le colocó encima de la cabeza la corona que había traído consigo en sus garras desde el cielo. Teodosio asumió sus funciones imperiales con dignidad y vi- gor pero poco después olvidaba a su amigo de los tiempos de pobreza. Pero Dionisio no olvidó ni el sueño ni su interpretación y al cabo de algo más de un año se lo hizo recordar al emperador en- viándole la herramienta común que llevaba el nombre de ambos y que él le hizo entregar en el palacio. Entonces, el soberano recordó al camarada de los duros tiempos. Y lo mandó a llamar, desayunó con él y meditó sobre cómo se había hecho realidad la segunda parte del sueño. Tras reflexionar, encontró la solución. Pues pre- cisamente en el mismo instante moría el patriarca Ciro. Y cuando los sacerdotes de la diócesis llegaron para solicitar a Teodosio el nombramiento de un nuevo obispo, Teodosio designó a Dionisio obispo y padre de su Iglesia. Así se cumplieron el sueño y la prome- sa de las escrituras de que se hermanaran el reino y el sacerdocio. Manuscrito en papel copto P. 8774, Berlin, del siglo x, editado por H. Junkers, OC 7, y por A. Erman, AAB 1897. Traducido por G. Roeder, Ägyptische Märchen, pág. 324-326, y E. Brunner- Traut, Altägyptische Märchen, pág. 227-231. 1. El manuscrito del siglo x es más reciente que la propia na- rración. La forma de la novela epistolar es un procedimiento muy 131

WALTER BELTZ antiguo. Lo que se halla fehacientemente garantizado es el go- bierno del emperador Teodosio III (716-717) y del patriarca Ciro (702-712). Dionisio es un personaje de pura invención. 2. La fábula recoge la vieja mitología real según la cual sólo un egipcio puede ser faraón y señor u obispo de los egipcios. Esa fá- bula alcanza un valor especial porque Egipto ya desde el año 641 había sido separado de Bizancio por los conquistadores islámicos árabes. En el cuento perdura el viejo anhelo por la independen- cia nacional que había sido aplastada de nuevo por los invasores árabes. Al mismo tiempo el derecho de investidura imperial en lo concerniente a los obispos está claramente expuesto, el sobera- no nombra al nuevo arzobispo mientras que el clero por su lado participa sólo con ruegos y oraciones. El soberano es un elegido del cielo y por ende se halla por encima de la Iglesia y el clero. La mitología cristiana y el derecho estatal bizantino no enfrentan a la vieja metafísica egipcia de Estado como enemigos. En la antigua mitología real egipcia los nombres de Horus adjudicados a los fa- raones demuestran su incidencia divina; el cuento describe el acto de elección divino a través del águila que desciende de los cielos. 132

CAPÍTULO VII Los grandes dioses a) Amón Canto himnos en su alabanza y en la de su nombre. Ruego por él hasta en las alturas del cielo y en la lejanía de la Tierra. Predico su poder a quienquiera remonte o baje el río. Mortificaos ante él. Hablad de él a vuestro hijo y a vuestra hija, tanto a los mayores como a los pequeños. Predicad su nombre a las nuevas genera- ciones, también a aquellas que todavía no han nacido. Predicad su nombre a los peces del agua y a las aves del cielo. Predicad su nombre a aquél que lo conoce y a aquél que no lo conoce. Tú eres Amón, el señor del silencio, que acude ante el llamado de los necesitados. Clamo por ti en mi tribulación y tú vienes para salvarme. Le das aliento al débil y me salvas en mi indigencia. Tú eres Amón-Ra, el señor de Tebas, el que liberas al que fue arroja- do al Duat. A fe mía tú eres quien acude desde muy lejos cuando alguien te requiere. Dichoso aquel que pueda sentarse ante Amón. Amón redime a los pobres. Él da aliento a todos aquellos a quienes ama y les proporciona una agradable vejez en Occidente, al Oeste de Tebas. Tú eres el único dios que no tiene su igual. Tú eres Ra, el que sube a los cielos, y tú eres Atum, el que creó a la humanidad, quien escucha la súplica del devoto y quien libera al hombre de sus enemigos y opresores y el que traes el Nilo a los pobladores del país. 133

WALTER BELTZ Cada día cuando sale Amón, la humanidad revive con pleni- tud. Y cuando ella lo ve, su corazón renace a la vida. También le da él aire al que está en el huevo y anima a los hombres y a los pájaros, así como también da vida a los ratones en sus ratoneras y a las serpientes y a los escarabajos. Piedra conmemorativa de Nebre, Berlín 23077, según: Ins- cripciones Egipcias de los Museos Reales en Berlín 2, Leipzig, 1913, págs. 158-162; Piedra conmemorativa de Amonemopet, Berlín, 6910, Inscripciones Egipcias 2, 63-71. 1. Ambos monumentos son originarios del final del Imperio Nuevo y pertenecen al modo de vida de los funcionarios de esca- sos recursos. Al respecto alternan plegarias e himnos con textos narrativos biográficos. Para la mitología egipcia es importante que en ambos textos Amón sea venerado aún a fines del Nuevo Imperio como el dios más poderoso. El estar de acuerdo sobre los mayores atributos del dios invocado forma parte del estilo hímnico: éstos son tanto el hecho de ser el creador del mundo y dios misericordioso del presente, como el salvador ante la oscura muerte y el que ayuda a llevar una existencia apacible después de esa muerte. Para el poeta, Amón es Ra, Atum y también Osiris, en una persona. El mundo está lleno de milagros suyos. Por eso todos deben saber ahora y por siempre que Amón es el dios más grande. 2. Desde una óptica histórico-religiosa este conjunto de textos –a los que se agregarán una infinidad de otros testimonios– no marca ninguna fase monolátrica y aun menos una fase monoteís- ta. De los himnos y plegarias no pueden extraerse tales conclusio- nes. Más bien ella da fe sólo en su formalidad de cuáles motivos estaban extendidos en la literatura hímnica de Egipto y también en la del antiguo Oriente. La ap1r3o4ximación a menudo forzada del salmo bíblico 104 con los textos hímnicos egipcios no demuestra

LOS MITOS EGIPCIOS ninguna dependencia literaria sino tan sólo prueba una corriente común de la época. b) Osiris Osiris, señor de la eternidad, rey de los dioses, el que tiene muchos nombres y magníficas formas y un aspecto misterioso en los muchos templos, ¡gloria a ti! En Busiris tiene un Ka glorioso y en Letópolis está lleno de esplendor. Es el señor de la glorificación en el distrito de Busiris y preside las comidas en Heliópolis. A él se lo recuerda en Shuri, él es el señor de Kreret y en el distrito de Menfis. Es el alma y el cuerpo de Ra en Ehnas. Se lo glorifica en Naaret, en Eshnum y en Shashotep. Es el señor eterno de Abydos. Él es el primer dios de ambos territorios. Él es como el alimento y el sustento para los dioses, y el que se transfigura por sobre todas las cosas. Nun vier- te para él las aguas, y para él, el viento del Norte hace remontar las aguas del Nilo. El cielo lo regocija con una perpetua brisa fresca. Para él crecen las plantas y los campos ofrecen sus frutos. A él lo siguen el cielo y las estrellas y para él se abren los pasos hacia el Oeste y hacia el Este. Él es el señor glorificado en el cielo austral y venerado en el boreal. A él están subordinadas las estrellas que no se ponen, las in- cansables estrellas son su morada. Le son preparados platos por orden de Geb y la enéada lo venera. Los habitantes del Duat besan ante él la tierra y los pobladores del mundo subterráneo se incli- nan ante él. Los difuntos se llenan de júbilo cuando lo perciben y los muertos le manifiestan su proskynesis.3 Juntos, ambos terri- torios lo adoran al acercarse él. 3 Prosternación. (N. del T.) 135

WALTER BELTZ Él es el primigenio entre sus hermanos, el mayor en el mundo de los dioses. Imparte la ley en los dos países del Nilo y confiere su trono a su hijo. Su padre Geb lo adora, su madre Nut lo ama. Con suma violencia golpea a sus enemigos, con brazo fuerte mata a sus oponentes. Geb le transfiere el reinado de ambos territorios; su agua, su aire, sus pastos y rebaños, todos los pájaros y la fauna salvaje coloca Geb en sus manos. Es el guía de todos los dioses a quienes él da órdenes. Según la piedra conmemorativa de Amón-mose, decimoctava dinastía, ahora en París. Editada por E. Chabas, Revue archéolo- gique 146, París, 1857, pág. 65 ss. Traducido por Roeder, Urkun- den, pág. 22-26. 1. El himno sobre la estela bastante mutilada –por ejemplo, el nombre del creador está parcialmente destruido– reúne en la persona de Osiris todas las virtudes y propiedades de los dioses de la gran enéada. El estilo hímnico conduce la pluma del poeta, no una metodología teológica, que permitiría entender sólo de modo exclusivo estas afirmaciones. En el preámbulo, casi todas las capitales distritales son mencionadas como sitios de culto de Osiris; su omnipotencia debe ser demostrada a través de muchos santuarios y templos, y la probabilidad histórica habla en favor de esta expansión, pero junto a Osiris se encuentran en todos estos lugares muchos dioses también. Osiris se convirtió en el dios más importante porque para la creencia de los egipcios él era el señor de las regiones subterráneas. 2. En un comienzo, Osiris era supuestamente un dios real, su signo gráfico, por cierto etimológicamente discutible, po- 136

LOS MITOS EGIPCIOS dría significar “asiento del ojo” y como éste, aludir más a una función de dominio que a un papel divino de la fertilidad. Sea como fuere, del dios real de Busiris recibió el cayado y el látigo como símbolos. Más bien su función de dios de la fertilidad la asumió junto al papel más reciente de señor del mundo de los muertos. Geb le dio dominio sobre la Tierra después de haberse convertido dentro del ámbito religioso popular en el dios resucitado “Wennofer”, es decir “el perfecto”. Este proceso de fusión ya había concluido a principios del Imperio Medio. El mito del despedazamiento del cadáver recuerda aquella práctica religiosa de conservar en cada templo una reliquia del dios. Los sepulcros osiríacos de las ciudades en los cuales fueron enterradas por ejemplo diversas partes del cuerpo del dios, entre ellas la columna vertebral en Busiris y la cabeza en Abydos, una pierna en Filas o el miembro viril en Mendes, están relacionados además muy estrechamente con el esquema astro-mitológico en el que pretendían ver repre- sentado a Osiris en la luna y su muerte y resurrección, en sus fases. Un dios que vive y se deja ver en las estrellas no necesita más de su cuerpo. Éste puede conservarse a manera de reliquia sobre la Tierra. 3. (En lo que respecta a la lucha con Seth ver IV a. Sobre el mito de Horus ya se dio cuenta en IV b. La relación entre Isis y Osiris fue descripta ya en IV a.) En lo que hace a Osiris en tanto que rey primigenio se dice en lo sucesivo que el señor siempre vi- viente es concebido como una encarnación de Horus mientras que el soberano muerto se transforma en Osiris. Este mito se popula- riza durante el Imperio Medio. Ahora todo difunto se convierte en Osiris; las vendas de las momias serán blancas porque ése era el color del dios Osiris. 137

WALTER BELTZ c) Horus Isis, que había sido embarazada por Osiris, se acercó de todo corazón a los dioses y díjoles: yo soy Isis, la hermana de Osiris. Su semilla está en mi cuerpo. He recreado su figura en el fruto de mi vientre, en el primer hijo. Él gobernará esta Tierra y aceptará la herencia que su padre recibió de Geb. Él defenderá a Osiris y matará a Seth, el enemigo de su padre. ¡Oh dioses, protegedlo! Entonces, Ra le dijo: ¡Ten mucha esperanza! Tú caminas em- barazada con un niño que proviene del semen de Osiris. Pero mantente alerta pues el enemigo ya se ha puesto de pie, el que ha matado al padre del niño y ahora también quiere atentar contra la vida del que está por nacer. Entonces Isis pidió protección a Ra y a los otros dioses para sí misma y para el niño en su seno. Ra se lo concedió. Los otros dioses le prometieron igualmente su ayuda y asistencia. Después de que el hijo de Isis, Horus, hubo nacido, ella lo crió secretamente para protegerlo de las acechanzas de Seth, su enemigo mortal. Cuando ella observó que él ya era lo bastante fuerte para hacerse cargo de las funciones que ejercía su padre, lo llamó y le ordenó que con el nombre del “halcón que está posado sobre los muros de la morada de dios con un nombre secreto” imponga su poder en el país de su padre y defienda su trono frente a Seth. Entonces, Horus subió al trono de su padre y promulgó lo siguiente: “Yo soy Horus, el halcón, y soy quien está posado sobre los muros de la morada de dios con un nombre secreto. Mi trono se yergue delante del de los antiguos dioses y delante del de Seth, que era el enemigo de mi padre. Cerca de mí no hay ningún dios que pueda llevar a cabo lo que yo he reali- zado. Yo soy Horus, nacido de Isis y protegido por ella. Aplas- taré bajo mis pies al enemigo de mi padre Osiris. Nadie podrá dañarme con blasfemias o invectivas. Extenderé los dominios 138

LOS MITOS EGIPCIOS de mi trono más que todos los hombres y dioses ya que yo soy Horus, el hijo de Isis”. Y se marchó y dispuso los preparativos para la resurrección de su padre Osiris en el más allá. Abrió con la ayuda de Ptah su boca y lo glorificó con la ayuda de Thot. Le devolvió el corazón y la memoria y le preparó en abundancia aquellos manjares que son dignos de un rey. Puso los vientos a sus órdenes y le allanó los caminos. Hizo que él pudiera ejercer su dominio en todas partes como si se tratara del propio Egipto. Botes y navecillas, los pájaros del cielo y el fénix, todos ellos acompañaron a Osiris cuando él emprendió su viaje en la barca de Ra por los océanos celestiales. Aves salvajes y acuáticas le dio él como presa de su apetito de caza. Los dioses y las inquietas estrellas lo acompañaron en su trayecto. Según P. Lacau, Textes religieux égyptiens vol. I, París, 1910, 1-34. Traducido por G. Roeder, Urkunden, pág. 200-213. Ver también IV b. 1. Las partes mitológicas de los textos funerarios del Imperio Medio, sobre los cuales descansa el relato precedente, son más viejas que su aplicación ritual en los textos de los muertos, en las que ofician de explicación de ritos determinados en el culto de los muertos. Como cada difunto ha de convertirse en Osiris, su biografía debe representar la leyenda de ese dios. Horus, el rey, garantiza este camino hacia la salvación. El mito original describe la entronización de Horus. Con la protección y ayuda de su madre Isis y de los otros dioses, Horus logra el poder sobre los mismos dioses y sobre ambos territorios. Ptah, Ra y Amón, así como tam- bién Thot, se hallan a su servicio. Las fuerzas naturales le están subordinadas. La descripción del país y del mandato de su padre 139

WALTER BELTZ corresponde aproximadamente al dominio del faraón. A lo que hay que agregar la descripción de los viajes por agua o por tierra y la caza. Él es quien sacia al país y a los dioses. La prosperidad de los dioses y de los países es un deber real. 2. Horus es por su categoría un dios joven. Su función como dios celestial procede de su condición de señor de los dos terri- torios. La práctica de escribir el nombre del soberano con el nombre de Horus en el interior de la fachada del palacio alude ciertamente a él. El “halcón celestial” podía tener el sol y la luna a manera de ojos y el sol alado podía ser interpretado como un símbolo real. La lucha con su rival Seth (ver IV b), en la cual Horus pierde un ojo, muestra claramente que en este mito también todo gira alrededor de la figura revestida por las dos fuerzas rivales del Alto y Bajo Egipto. En los primeros tiempos egipcios la disputa permanece aún sin solución y Seth retiene el Alto Egipto. Ya en las postrimerías del Antiguo Imperio se afirma la derrota de Seth, quien se convierte en el dios del árido desierto y de los países ex- tranjeros. Se confunde con el mito de Osiris después de que el cul- to de los muertos dominara la religiosidad terrenal de la primera época. Desde una óptica histórico-religiosa Horus, como el Zeus de los griegos, el Baal sirio-fenicio, el bíblico Jehová o el Marduk de los babilonios, marca aquella época de la cultura humana en la que el despotismo antiguo se impone como última modalidad en la formación de la sociedad que fuera indicada como la original. El período ulterior empequeñece las dimensiones históricas del mito y minimiza al dios imperial. La predilección de los mitos por Horus como Harsiese, Horus como hijo de Isis, como el hi- jo Harendotes o Harpócrates, tal como puede comprobarse en las postrimerías, especialmente en la época grecorromana, no ha dejado de contribuir en la preconfiguración mitológica cristiana alrededor de Jesús. 140

LOS MITOS EGIPCIOS 3. Edfu es considerado el último centro de culto a Horus. En Kom Ombo ha sido adorado sobre todo como hijo de Ra (Ha- roeris) y en Heliópolis se halla igualmente dentro del ámbito del culto a Ra. Aquí, ante todo, es venerado como Harakhte, el dios del sol matinal. Desde el punto de vista mitológico, los cuatro hi- jos de Horus, Imset, Hapi, Duamutef y Kebekhsenef, no se hallan integrados. Eran muy importantes como nombres de los cuatro canopes para el entierro de las entrañas de los muertos. A veces eran mencionados en los cuatro rincones de las sepulturas en el Imperio Medio y guardan por lo demás el hígado, los pulmones, el estómago y los órganos genitales del difunto. Por otra parte, Imset tiene cara humana mientras que Hapi tiene cabeza de mo- no, Duamutef cabeza de chacal y Kebekhsenef una de halcón. Los hijos de Horus no indican ninguna relación de parentesco sino que expresan la dependencia de las personas. Así como el virrey o gobernador de Kush se llama “hijo del rey”, los dioses de los muertos Imset, Hapi, Duamutef y Kebekhsenef se llaman también hijos de Horus. El ojo de Horus, que significa ante todo la luna, no es por ende ningún indicio para el mito de un dios extraño Ho- rus, sino que sólo coloca a la luna en una directa dependencia con el dios en mitos e himnos. Cuando al sol y a la luna se los llama ojos de Horus no se está invocando ninguna concepción astro- mitológica sino que es un testimonio del gran poder de Horus. d) Ra, el dios del sol Cada día, al alba, se levanta resplandeciente Ra, el rey de los dioses. Las dos diosas de la justicia derraman ante él el rocío y la enéada se inclina ante su paso. Su padre Nun y su madre Nut se alegran cada vez que él aparece en la barca diaria. En su em- barcación, la tripulación se regocija y Heliópolis, su ciudad, grita 141

WALTER BELTZ de alborozo. Con alegría y esperanza recorre su órbita celestial mientras que sus enemigos deben retroceder ante él. Los hombres están contentos y felices cuando se repite cada día el milagro de su nacimiento. Ra, el señor del cielo y de la Tierra, que hace aparecer a los superiores y a los inferiores, el único dios que surgió en el co- mienzo de los comienzos, el que creó a los países y engendró a los seres humanos, y que también dio protección a los hombres y a los rebaños. Y los hombres y los dioses reconocen en él a Atum y Amón, quien ama la justicia y derrama su bendición sobre los hombres que irradian alegría. Los venerables habitantes del país de Occi- dente saludan con exclamaciones de alegría y júbilo al dios cuan- do al atardecer se pone en el mundo subterráneo para fulgurar allí con el gran dios Osiris y para hacer felices los corazones de los pobladores de su reino. Lo vitorean efusivamente: “Bienvenido, bienvenido, tú que alcanzas la paz. ¡Gloria al señor del cielo, al señor del Oeste! Tu madre Isis te estrecha entre sus brazos cuando te reconoce por su hijo, el señor del temor. El rey del cielo está engalanado. La serpiente frontal está fija a su cabeza y las coronas del Alto y Bajo Egipto se hallan firmes sobre su coronilla”. Ra era todopoderoso en el cielo y sobre la Tierra. Pero Isis era hábil y su corazón era más astuto que el de los hombres y dioses. No había nada en el cielo o sobre la faz de la Tierra que ella no supiese. Sólo ignoraba el nombre secreto del dios Ra. Un día a Ra, ya en su vejez, se le salió de la boca su saliva y cayó a tierra, e Isis salió de prisa tras él. Ella alzó la tierra humedecida por la saliva. De ella formó una serpiente y la colocó sobre el camino que Ra solía transitar para desplazarse entre sus dos territorios. Y cuando Ra se encontraba en medio de su cortejo, la serpiente lo mordió, y él se desmayó y perdió sus fuerzas, puesto que el veneno del ofidio había penetrado en su cuerpo. Entonces el gran dios clamó 142

LOS MITOS EGIPCIOS por ayuda a su séquito y se quejó de su dolor, ya que éste le era extraño, porque le había sido causado por una criatura extraña. Y él se lamentó de “la semilla divina que se volvió dios”, el dios que tenía muchos nombres y cuya persona estaba dentro de cada dios. Pero cuando él había recién nacido, su padre y su madre le pronunciaron su propio nombre, que desde ese momento llevaría oculto en su cuerpo, para que la fuerza de su hechizo no fuera accesible a quienquiera la apeteciere. Y él se lamentó de que no hubiera ningún fuego ni tampoco agua que pudiera caldearlo y aun que quemara su interior o que estremeciera su cuerpo y sus miembros. Y así ordenó él que todos le trajeran sus hijos para que pudieran curarlo con sus conjuros. Entonces llegaron todos los niños, mas no pudieron ayudarlo. Finalmente, llegó Isis y con suma tranquilidad prestó atención cuando Ra contó que en la ruta había sido mordido por una ser- piente cuya presencia no había advertido. E Isis dijo: “Yo voy a ayudarte. Dime tan sólo tu nombre y el veneno te abandonará. El hombre cuyo nombre sea proclamado vivirá”. Entonces Ra comenzó a decir todos sus nombres: “Yo soy el que creó el cielo y la Tierra, el que apiló las montañas, el que trajo las aguas y el que hizo surgir la vaca celestial en el primer mar. Di a mi madre su esposo e hice que Atum naciera tras fecundarse a sí mismo. Creé el cielo y los dos horizontes y coloqué las almas de los dioses en ellos. Hago seguir su rumbo al sol y a la luna, a las estaciones y al Nilo”. Pero el veneno no cesaba de enfurecerse dentro de su cuerpo y de causarle grandes retortijones. Pero Isis no desistía de atormentar a su padre y le dijo que no sanaría porque él todavía no había pronunciado su verdadero nombre. Finalmente Ra, que no podía más de dolor, cedió ante la presión e hizo caso omiso de mantener secreto su nombre. Entonces, el dios se ocultó y su bar- co se encontró vacío. Pero no le bastaba a Isis el haberse apropiado del nombre secreto del dios, sino que por medio de Horus hizo 143

WALTER BELTZ también tomar juramento al dios en el sentido de que renunciara a sus dos ojos. Así Ra se deshacía ahora de todo aquello que lo había hecho grande e invencible. E Isis gritó para que el veneno dejara el cuerpo del dios, permitiendo así que éste sanara. De esta manera Isis se convirtió en poderosa, la princesa de los dioses, la que conocía a Ra por su verdadero nombre. Libro egipcio de los muertos, cap. 15. Papiro mágico de Turín, ZAS 21, 1883, 27-33. Roeder, Urkun- den, págs. 138-144 (para Ra y la lucha con Apofis ver IV c). 1. El papiro mágico de Turín tiene su origen hacia fines del Nuevo Imperio, el párrafo extraído del libro de los muertos se remonta a las tradiciones del Antiguo Imperio. El capítulo 15 ha sido traducido con muchas variantes. En verdad las variantes re- siden sólo en las diferentes formulaciones, en cuanto al contenido no presentan diferencias. Ra aparece como el dios principal. Él reúne en sí todas las funciones de los otros dioses. Los otros dioses sólo son manifestaciones suyas. Este “monoteísmo polifónico” es característico del estilo hímnico. La religión de Egipto no era monoteísta ni monolátrica. El sitio de culto más viejo dedicado a Ra es On, que los griegos denominaron Heliópolis porque vol- vieron a encontrar en Ra a su dios solar Helios. Como Harakhte, se fusionó con Horus, convirtiéndose en el hijo de Isis. Harakhte era el nombre de Horus en su calidad de dios solar en On. Su función fue adoptada por Ra. Atum y Amón sucumbieron a la gran influencia de Ra y terminaron por ser sus manifestaciones. A partir de la cuarta dinastía, uno de los nombres de los faraones es el de “hijo de Ra”. El sol fue visto circunstancialmente como el cuerpo del dios, muy a menudo también como su ojo, pero como 144

LOS MITOS EGIPCIOS estos atributos son todos de origen hímnico, no pueden reducirse sin más a las primeras formas astro-mitológicas de los primeros tiempos. Los santuarios consagrados a Ra se extendieron con rapidez por los dos territorios. La quinta dinastía elevó a Ra a la categoría de dios imperial e impulsó la obra de unificación egipcia con el nuevo dios. Es obvio que la casta sacerdotal de Ra en On era uno de los puntales de esta dinastía. Huellas mitológicas de la propagación de la creencia en Ra se encuentran en los mitos de las luchas que Ra tuvo que sostener. Sin duda éstas se convirtie- ron en fórmulas en los numerosos himnos solares. El sol somete a sus enemigos. Las metáforas son tan claras que contribuyeron significativamente a la expansión del culto de Ra. Los campesinos y pastores egipcios entendieron muy pronto en estos himnos el lenguaje metafórico. 2. En su calidad de dios imperial y de guía del mundo el dios Ra ostenta las insignias reales. Las dos coronas y el capirote de la serpiente adornan su cabeza. Al modo del faraón en su barca, Ra surca los cielos con su barca en medio de su corte. Thot es su visir. Libra las órdenes divinas. Maat, Hu y Si lo aconsejan y observan mientras se desarrolla el viaje por el mundo. Esta imagen mítica corresponde a la idea de que el soberano es el sumo sacerdote solar. Él está bien al corriente del trayecto del barco del dios y por lo tanto puede granjearse la simpatía de Ra para sí y para su pueblo por medio de las plegarias que le consagra cada hora. El soberano, que durante el Imperio Medio entiende ser, íntegro, el “hijo de Ra” y que se sabe entronizado por él, lleva adelante así las decisiones de Maat en ambos territorios. Él vela por los sacrificios realizados en los templos. El faraón, entonces, no es en esencia idéntico al dios, sino similar. A este mismo topos mitológico pertenece también la re- presentación por la cual el dios puede envejecer y retirarse. Nunca desapareció por completo de la memoria de los poetas egipcios el 145

WALTER BELTZ hecho de que los cambios de los dioses imperiales fueran múlti- ples. Al igual que los faraones, los dioses podían también turnarse en el trono. Únicamente un cambio de faraón en el trono, que es descripto de vez en cuando de manera figurada como el fin del mundo, seguido de una nueva creación, en escala divina, no es ninguna catástrofe apocalíptica. (Para Atón como forma especial del culto a Ra ver II d). 3. La manera por la cual Isis usurpa el poder de Ra recuerda el mito sumerio de Inanna y de las tablas “me”, que ella sólo puede arrancar igualmente de las manos de su padre Enki de modo la- dino y solapado. Hasta los dioses en el Olimpo griego no vacilan en castrar a su primer padre para adueñarse del poder. Los mitos no son fábulas moralizantes. Recuerdan fenómenos históricos. Robo, asesinato o violación son sólo cuadros patentes para trans- formaciones históricas eruptivas. Una transformación de este tipo ocurre durante el Nuevo Imperio cuando Isis y Horus en forma progresiva determinan junto a Osiris el horizonte de las expecta- tivas religiosas. El gran dios imperial Ra ha jugado su papel. En su lugar reina ahora la tríada Isis-Horus-Osiris. El viejo dios se ha vuelto incapaz. En el mito se precisa cómo le cae la saliva de la boca y a qué punto ve mal, puesto que no notó la presencia de una serpiente en su camino. En la liturgia, tanto en sus templos como en la poesía, perdura en efecto el recuerdo de un dios bueno y justo. La función mitológica del soberano anciano bueno y justo es por lo demás un bien común en casi todas las religiones orien- tales. En el mito de Ugarit, El, o en la Biblia como el dios padre bondadoso del cristianismo no se diferencian del cuento del rey justo del medioevo en Alemania. Es el silencioso reproche contra todos los señores y déspotas bajo los cuales poetas y sacerdotes debieron quejarse asumiendo la representación de su pueblo. 146

LOS MITOS EGIPCIOS e) Shu y Geb Shu era un buen rey sobre la Tierra, en el cielo y en Duat, sobre las aguas y las montañas. Con sabiduría conducía él sus territo- rios desde el trono de su padre Ra-Harakhte. A diario, durante su monarquía, cuidaba él de los templos y palacios de su padre y de los señores divinos que lo acompañaban. Él preparaba todo con esplendor para la pequeña y para la gran enéada. Por doquier reinaba la alegría y sobre todo en las casas que estaban bien pro- tegidas por paredes seguras. Y las paredes eran necesarias porque los enemigos de Ra habían empezado, después de que Shu hubo sido entronizado en reemplazo de su padre, a invadir sus tierras y a pillar y a destruir casas, templos y palacios. En esta lucha los señores divinos del séquito de Ra socorrieron a Shu y expulsaron a los hijos de Apofis, los enemigos de Ra. Shu era muy poderoso y no había a quien temiera. Pero en ese entonces cayó seriamente enfermo. Sus ojos se turbaron y se cernía la amenaza de perder la vista. En esas circunstancias los criados comenzaron a portarse de manera desvergonzada y los funcionarios dejaron de responder a los deseos de su majestad. Por doquier estallaba en el país el desorden. Y Geb, el hijo de Shu, observó a su madre y la codició. Ahora, cuando Shu, cierto día, hubo dejado el palacio en com- pañía de su séquito y se fue de viaje, la reina se dirigió de su casa a la de su esposo Shu para almorzar. Entonces, se encontró con Geb, quien abusó de ella; todo lo cual provocó un gran tumulto en el palacio, además de haber desencadenado grandes tormen- tas, y durante nueve días el cielo estaba tan oscurecido que nadie abandonaba su casa. A los dioses y a los hombres les era imposible poder ver a su prójimo. Luego apareció Geb y ocupó el trono de su padre Shu, quien se había fugado al cielo. Viajó hacia el Norte y allí cuidó de que 147

WALTER BELTZ se cumpliera la ley. Y lo mismo en el Sur. También fue al templo Yaret para coronar su cabeza con la serpiente estelar de Ra. Pe- ro la serpiente estelar se defendió y mató a la gente de Geb y lo quemó a él mismo con su soplo ardiente. Pero después de que por milagro se curaron sus quemaduras, se unió con la diosa Yaret. A partir de ese momento comenzó a matar a sus enemigos, los que habían conspirado contra él. Y Geb se convirtió en un faraón bueno y grande como su padre Shu. Gobernó sabiamente los dos reinos y prestaba suma atención a la lectura que los sacerdotes hacían de los anales de su padre. Y él obró del mismo modo como su padre había obrado en su tiempo; la enéada lo rodeaba según lo había hecho con su padre y así le aconsejaba sobre lo que tenía que hacer. Y ellos se inspiraron en la atesorada sapiencia y en la rica experiencia que habían aprendido con su padre Shu y el de éste Ra, y del primer padre Atum. Y la cantidad de sitios que Geb había erigido en santuarios dedicados a Ra era incontable. Ya lo había hecho antes que él su padre Shu. Según F. L. Griffith, Tell el Yahudiyeh, Egypt Expl. Fund., Londres 1890, págs. 70-89. Traducción de Roeder, Urkunden, págs. 150-156. 1. Esta inscripción del templo de El-Arish, que hoy se halla en el Museo de Ismailía, remonta a las tradiciones del Imperio Medio. Shu es el primer hijo de Atum en la enéada de On (ver I b), su mujer Tefnut es su hermana, ya que también había sido arrojada por la boca de Atum, después de que éste se hubiera fecundado a sí mismo. Shu es además el señor del viento y de la tempestad, y sobre todo del aire. Se lo representa como una divinidad con las 148

LOS MITOS EGIPCIOS alas desplegadas, que lleva la vida y el aire entre sus manos. Shu y Tefnut son los padres de Geb y Nut. El mito vive de la imagen por la que Shu alzó a Nut al cielo y es, él mismo, el soporte del cielo (ver II d). En el poema anterior Shu envejeció y enfermó y se recluyó en el cielo, o sea Nut, que era su hermana. Su hijo Geb asumió el mando, y es la divinidad de la Tierra en la enéada de On, y su pretensión por el poder se ve realizada. El cohabitó con su propia madre, la esposa del antecesor en el trono. Pero de un modo diferente al de la mitología griega, este hecho no significó para el país una maldición sino, por el contrario, una bendición. El drama de los Atridas no ocurre en la mitología egipcia. No se produce un Edipo egipcio. 2. El mito del cambio de trono de Shu a Geb ilustra de ma- nera patética hasta qué punto se había extendido la mitología faraónica. El reino de los cielos se adelanta al terrenal. Después de que Atum y Ra se hubieron amalgamado, Ra debió ser tam- bién el padre de Shu. Ra entronizó también a Shu como heredero de su reino y lo coronó con la serpiente estelar que Geb obtiene solamente tras un muy largo padecimiento. Del mismo modo que Ra, sus hijos, los viejos dioses de la gran enéada, gobernaron cierta vez a Egipto en calidad de soberanos. Shu protege al país de los ataques de sus enemigos, porque éstos son los enemigos de Ra. Él protege al propio Ra ante sus enemigos mientras lo acompaña en su barca como guardia. Entre un padre y un hijo de estirpe real no hay ninguna diferencia; al contrario de lo que acontece en la mitología griega, que en el mito de la caí- da ejemplar de Faetón recuerda el intento frustrado de cambio de poder, los autores egipcios refieren que la codicia del hijo acarrea prosperidad. En contraste con los mitos griegos y del Antiguo Oriente, la mitología egipcia conoce escasos conflictos sangrientos alrededor de la sucesión monárquica, trátese de la terrenal o de la celestial. 149

CAPÍTULO VIII Las grandes diosas a) Nekhbet de Elkab En la ciudad de Elkab, que antiguamente, como capital del tercer distrito del Alto Egipto, era llamada Nekheb, reinaba Ne- khbet. Ella tomó la defensa de los soberanos del país y los agració con la corona, que era su propio símbolo y seña: la blancura de Nekhen, por cuyo motivo así se llamaba a la reina. La ciudad de Nekhen estaba, pues, muy próxima a la de Nekheb y además en muy estrecha unión desde tiempos remotos. Su afecto por el faraón era tan grande que se la llamaba “la madre del faraón”. De su pecho bebía sabiduría y fuerza y ella se le aparecía como Smithis, la gran vaca salvaje en Elkab, plena de bondad y suavidad. Ambas cosas daba ella generosamente al fa- raón así como también plata y oro y piedras preciosas, ya que ella custodiaba la entrada del camino que conducía a las minas en el límite con el desierto, donde estaba su morada. Ella acompañaba al soberano, en su camino, bajo la forma del buitre y también en el templo y en el palacio, mientras que otras veces ella se mani- festaba bajo la forma humana y sólo a manera de cofia llevaba el cuerpo de buitre. Más tarde, cuando se hubo olvidado que Nekhbet había sido alguna vez la reina regente de un viejo imperio, se creyó que ella era una hermana del todopoderoso dios Ra y en ella se adoró el ojo de Horus que representaba a la luna, o aun el ojo de Horus que representaba al sol, y se le agradecía su nacimiento feliz y su acompañamiento afectuoso en ruta hacia el país de Osiris. Así 150


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